Bill Clinton, marginado en la campaña por la ola del #MeToo

Bill Clinton. /Efe
Bill Clinton. / Efe

Por primera vez en un cuarto de siglo, el Partido Demócrata no cuenta con el expresidente para auparle hasta la victoria

MERCEDES GALLEGOCorresponsal en Nueva York (EE UU)

En sus últimos días en la Casa Blanca Bill Clinton estaba irritado, de mal humor. Meses después, cuando alguien le preguntó que es lo que más echaba de menos de su vida como presidente confesó sin tapujos: «Que toquen el himno nacional cuando entro en una sala».

Si George W. Bush pareció respirar aliviado cuando volvió a su rancho de Crawford a pintar cuadros, Clinton no pudo superar su dependencia del clamor de masas. En estos días el síndrome de abstinencia debe ser fuerte, pero a los 72 años al expresidente le ha tocado por fin confrontar sus pecados con las mujeres.

Barack Obama, Joe Biden y hasta Oprah Winfrey se pasean en estos últimos días de la campaña por los escenarios de su elección en el mapa político, pero a Bill Clinton no se le ha visto en ninguno. Es la primera vez en más de un cuarto de siglo que la campaña electoral demócrata no cuenta con él para auparle hasta la victoria. Hubo un tiempo en que se le consideraba el niño de oro, capaz de convertir en ganador a todo el que tocase con su carisma y su capacidad intelectual para masticar datos complejos y escupirlos perfertamente digeridos para todos los públicos. No había quién saliera de uno de sus mítines sin sentir admiración por el animal político que ha caído devorado en la era del #MeToo por sus propios pecados.

Podía haberse redimido, pero en junio pasado eligió orgullosamente decir que no tenía nada por lo que pedirle perdón a Monica Lewinsky. Irónicamente el título de la novela que promocionaba con aquella entrevista era 'El Presidente está desaparecido'. Todavía su esposa, que quiso ser adalid de las mujeres y romper el techo de cristal que las separa del poder, le acompañó en ese viaje al ostracismo hace un mes cuando negó que el affair con la becaria supusiera un abuso de poder por el que debería haber dimitido. «Absolutamente no. Ella era adulta», atajó Hillary Clinton, para decepción de muchas de sus seguidoras.

La mujer que más cerca ha estado de ser presidenta, después de sacar en las elecciones de 2016 tres millones de votos más que Donald Trump, debería haber sido la estrella natural de esta campaña legislativa y la invitada más codiciada, particularmente en los distritos que ganó, pero sólo se ha dejado ver en un mitin, el de Donna Shalla en Florida, quien trabajase con ella en el Departamento de Estado. Su presencia es tóxica, hasta en Arkansas, el estado donde Bill Clinton fue gobernador y ganó las elecciones en ocho ocasiones. Allí el congresista Clarke Tucker, que defiende su asiento en las urnas, disculpó su ausencia ante The New York Times con el argumento de que «las elecciones son sobre el futuro». El rotativo observó que el expresidente está «en el purgatorio político».

Tucker y sus correligionarios prefieren hablar de un Partido Demócrata renovado en el que presumiblemente la formación y la sociedad estadounidense han dejado atrás a los Clinton, pero ellos todavía no lo saben. Ambos empezarán el día 18 una gira organizada por Live Nation que durará hasta mayo con la que recuperar la atención perdida y obsequiar a sus seguidores con una conversación cándida en los principales teatros de EE UU y Canadá. La propia Hillary pareció sondear el terreno sobre sus posibilidades electorales el viernes de la semana pasada durante una entrevista pública con Recode, en la que evitó descartar que vuelva a presentarse a las elecciones en 2020 e insistió en que le encantaría ser presidenta. Hay adicciones más poderosas que cualquier humillación. El poder y los baños de masas siempre irán mano a mano con los Clinton. Lo que falta por saber es si el país está listo para caminar sin ellos o si esto es la pausa que ellos creen.

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