A la República Dominicana le llueven los muertos

A la República Dominicana le llueven los muertos

El Gobierno caribeño niega vínculos en el fallecimiento de diez turistas de EE UU en 13 meses. Hoteleros ven una guerra sucia comercial

ICÍAR OCHOA DE OLANO

Pongan un país caribeño dependiente del turismo y al menos una decena de visitantes muertos en poco más de un año en el mismo escenario: alguno de los ostentosos complejos hosteleros 'Todo incluido' -nunca mejor dicho- que hay distribuidos por toda la isla. Pongan que, en todos los casos, los cadáveres estaban libres de signos externos de violencia; y que todos los difuntos tenían pasaporte de Estados Unidos. Podría tratarse de un suculento guion para una novela policíaca, o también de una estadística más o menos razonable. Solo en 2018, la mitad de la Española dio la bienvenida a 6,5 millones de extranjeros ávidos de mar turquesa, ron y palmeras. Sin embargo, una melodía de intriga se empeña en sonar de fondo. Alguien podría estar interesado en construir un enigma en torno a los decesos, deslizan a este periódico fuentes del sector hostelero con presencia en la isla, que prefieren parapetarse en el anonimato. La música, sugieren, vendría del país de origen de los fallecidos, principal emisor de los turistas que eligen Dominicana para disfrutar de sus vacaciones, donde estos sucesos se han convertido en un serial adictivo. El efecto de los pesticidas, alcohol adulterado, mala manipulación de los alimentos... Las especulaciones para explicar la funesta secuencia se multiplican y ninguna deja en buen lugar a la excolonia española.

El sector

6,5
millones de persona visitaron la isla caribeña en 2018. La gran mayoría, más de dos millones, procedía de Estados Unidos. En un año histórico, recibió además a 1,3 millones de cruceristas. Los ingresos por el turismo le reportaron 6.700 millones de euros.
País seguro
Según el Departamento de Estado de EE UU, Dominicana ocupa el puesto 58 de 70 en un 'ranking' que cuantifica el número de turistas estadounidenses muertos por cada 100.000 visitantes a destinos de todo el mundo.

Lejos de diluirse, la «crisis» turística, como la han bautizado ya algunos medios de comunicación estadounidenses, amenaza con seguir engordando. El último norteamericano en caer, en extrañas circunstancias, ni siquiera ha sido enterrado aún. Falleció el pasado lunes «tras enfermar repentinamente», según relató la prensa de su país, a su regreso a casa después de alojarse unos días en el Boca Chica Resort, cerca de Santo Domingo. Vittorio Caruso, de 56 años y titular de una pizzeria en Long Island, Nueva York, perdió la vida por una «insuficiencia respiratoria y cardíaca tras un largo historial de problemas de salud relacionados con esta patología», aseguró ayer la Fiscalía General del país caribeño, citando un informe de la autopsia preliminar.

El penúltimo caso es de principios de este mes. El 10 de junio, Amir Allen viajó a Dominicana para reunirse con su padre, pero cuando se bajó del avión se enteró de que a Joseph Allen, 55 años y vecino de Nueva Jersey, le había llegado la hora en su habitación del Terra Linda Resort, en Sosua. Al parecer, por un paro cardíaco. Pocos días antes, Leyla Cox, de 53 años y domiciliada en Staten Island, dejaba de respirar en su habitación del Excellence Resorts, en Punta Cana.

Fernando J. García Ministro dominicano de Turismo «No hay misterio de ningún tipo con respecto a estos fallecimientos»

Desde junio de 2018, se han registrado otras muertes que parecían estar relacionadas con problemas cardíacos: Mark Hurlbut, un texano de 62 años; John Corcoran, del que apenas se tienen más datos; David Harrison, 45 años, de Maryland; y Robert Wallace, californiano de 67 años, ambos hospedados en el Hotel&Casino Punta Cana, aunque en distintos meses. La familia de este último contó que se sintió indispuesto después de tomar un botellín de licor del minibar. Otros viajeros estadounidenses que enfermaron a su vuelta a casa dijeron que habían percibido un olor químico extraño e intenso en sus habitaciones que les provocó mareos y náuseas durante varios días.

Cadena española afectada

Dos complejos de Bahía Príncipe, cadena perteneciente al grupo español Piñeiro, también han sido escenario, muy recientemente, de otros tres desenlaces fatales. El primero ocurrió el 25 de mayo cuando, a las dos horas de llegar al hotel con su marido para celebrar su décimo aniversario de boda, Miranda Schaup-Werner, de 41 años, se sintió indispuesta y murió. El segundo se produjo cinco días más tarde. Un empleado de otro establecimiento hallaba los cuerpos inertes de la pareja de Maryland formada por Cynthia Ann Day, de 49 años, y Edward Nathaniel Holmes, de 63, en el suelo de su habitación.

La cadena emitió un comunicado en el que desvinculaba por completo ambo sucesos y en el que, citando a fuentes de la investigación, exponía que Schaup-Werner sufrió un infarto y que, «a falta de los informes forenses», los cadáveres de Holmes y Say presentaban cuadros de edema pulmonar. El FBI ya ha enviado allí a varios agentes para investigar el caso.

Entretanto, el Gobierno dominicano intenta como puede sofocar la inquietud generada en un país que emplea a más de 300.000 personas en el sector turístico. «No hay misterio de ningún tipo con respecto a ninguna de estas muertes», zanjó el ministro de Turismo, Fernando Javier García, al tiempo que aseguraba que las autopsias han revelado ya la muerte por «causas naturales» en cinco casos. El resto estaría a punto de ofrecer resultados concluyentes. «Queremos que la verdad prevalezca -enfatizó-. No hay nada que ocultar». Al menos, en su tejado. Hosteleros con plaza en la isla aprecian todos los síntomas de una guerra sucia comercial, ahora que la Administración Trump ha enfilado la carrera para su reelección en las elecciones de 2020 y necesita hacer economía y patria.