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China escora la balanza

China escora la balanza

El agresivo proteccionismo de Trump empuja a Europa a los brazos del gigante asiático. Aún es pronto para saber si este nuevo 'amigo' comercial, al que muchos acusan de ventajista, supone una oportunidad o una amenaza

ZIGOR ALDAMA

Oportunidad o amenaza. Amigo o enemigo. En los análisis que se hacen de la China actual abundan los antónimos. La mesura y los claroscuros no tienen cabida, porque la segunda potencia mundial provoca tanta admiración como miedo. Es un hecho que tradicionalmente ha polarizado un debate secuestrado por 'lamemaos' - como en el mundillo se conoce informalmente a los occidentales que defienden a muerte el régimen chino- y sinófobos que en demasiadas ocasiones basan sus argumentos en intereses económicos o políticos propios.

No hay mejor terreno que el económico para certificarlo: quienes buscan abrirse camino en la segunda potencia mundial alaban el incontestable desarrollo del país y exigen un aumento de los intercambios con el gigante asiático esgrimiendo la riqueza que propiciarán; quienes sufren la competencia de las pujantes empresas comunistas o temen perder su empleo subrayan el carácter dictatorial de su régimen y exigen que se frene su expansión neocolonial por el mundo.

La Cámara de Comercio Europea en China es una de las pocas instituciones que parecen buscar un término medio. Al fin y al cabo, representa a empresas que tienen intereses tanto en el gigante asiático como en sus propios lugares de origen. Así, sus responsables reconocen la oportunidad que brinda un mercado de 1.400 millones de personas en el que la capacidad adquisitiva crece sin parar, y consideran que las inversiones chinas pueden servir para rescatar empresas europeas en apuros y para dinamizar el mercado.

«Las firmas europeas se encuentran en China en clara desventaja» Carlo d'Andrea, Empresario

«Es una oportunidad clave para los intereses de España y sus empresas» Carlos Sentís, Consultor

«El recelo crece por el mundo de forma proporcional al poder de China» Chiang Jeongwen, ProfesoR

«El mercado se globaliza, pero los derechos sociales no» Luis Galán, Consultor

Pero también muestran su preocupación por las barreras que Pekín impone a las empresas extranjeras que quieren hacer negocio en el mercado local y por el claro control que el Gobierno ejerce tanto en las empresas estatales -las de mayor tamaño del país- como en las privadas. «Al final, todas ellas están al servicio de los planes que se diseñan y ejecutan en el seno del Partido Comunista, que también tiene el control del poder judicial», explica el vicepresidente de la Cámara, Carlo D'Andrea.

Falta de reciprocidad

Para el directivo, abogado de profesión, la clave de las relaciones que China mantiene con el resto del mundo está en una reciprocidad que ahora mismo brilla por su ausencia. «Es injusto que las empresas chinas puedan hacer negocios en Europa con las mismas reglas que el resto de compañías europeas, mientras que las empresas europeas se encuentran en una clara desventaja frente a sus homólogas locales en el mercado chino por las restricciones que se imponen», explica D'andrea. El italiano reconoce que la segunda potencia mundial ha avanzado considerablemente en las reformas económicas desde que se abrió al mundo, hace ahora 40 años, pero critica que esas reformas se hayan estancado y que «los discursos del presidente Xi Jinping no se traduzcan en hechos».

Mientras la siempre comedida Unión Europea aprueba la creación de una comisión que investigue las inversiones extranjeras -y las vete si lo cree conveniente-, esta falta de reciprocidad es una de las principales razones con las que Donald Trump justifica la guerra comercial que ha iniciado con China, y que desde el sábado se encuentra en una tregua de tres meses. El presidente estadounidense añade que el país comunista roba propiedad intelectual y obliga a la transferencia de la misma, y que el plan 'Made in China 2025', ideado para convertir al país en una potencia mundial en innovación, excluye a las empresas extranjeras.

Comercio

Déficit crónico
El desequilibrio es más que evidente en las inversiones entre uno y otro país, a favor del asiático. Entre 2015 y 2017, España ha invertido en China 508 millones de euros, mientras que China ha invertido en España 2.693 millones.
El dato
19.404millones de euros fue el déficil comercial de España con China el pasado año. Nuestro país importó del gigante asiático productos y servicios por valor de 25.662 millones de euros, y le exportó por 6.258 millones de euros. La brecha ha continuado aumentando entre enero y septiembre de este año, porque las importaciones crecieron un 2,8% y las exportaciones solo lo hicieron un 1,8%.
Productos cárnicos
Es lo que más vende España a China, y representan el 8,2% del total de nuestras exportaciones. No obstante, los productos agroalimentarios han perdido peso.
Productos textiles
Es lo que más compra España en China; suponen el 22,7% de las importaciones. Sin embargo, los productos industriales y la tecnología son los que más crecen.

Acusado desequilibrio

Pero, sobre todo, la principal razón de la guerra comercial reside en la asimetría de las relaciones que China mantiene no solo con Estados Unidos sino con la mayoría de países: la balanza comercial está demasiado escorada hacia Oriente. España es un buen ejemplo: el comercio bilateral ha pasado de cien millones de dólares en 1979 a los 30.000 millones del año pasado. Pero nosotros compramos a China mucho más de lo que China adquiere en España. De hecho, el Instituto Español de Comercio Exterior (Icex) considera que esta relación bilateral está caracterizada por un «déficit crónico» que, además, continúa creciendo: el año pasado ese déficit aumentó un 2,3% y China exportó a España 19.404 millones de euros más de lo que las empresas españolas vendieron a China.

Esto explica que los trenes de la ruta que desde hace unos meses une Madrid y la ciudad china de Yiwu vengan cargados, pero regresen vacíos. A pesar de ello, Carlos Sentís, director de la consultoría especializada en relaciones con China Henkuai, está convencido de que España debe continuar mejorando las relaciones con el régimen que fundó Mao Zedong. «Es una oportunidad clave para los intereses de España, sus empresas y su sociedad, por el enorme potencial de crecimiento de la inversión, los intereses comerciales y la captación de turistas chinos», afirma.

Acuerdos como el que El Corte Inglés cerró con Alibaba la semana pasada demuestran que, en ciertas ocasiones, las empresas chinas pueden desplazar a sus competidoras americanas y que China es el único país capaz de plantar cara a la hegemoníaestadounidense. Las dos empresas han decidido desarrollar juntas el negocio en el ciberespacio, de forma que la cadena española tenga un acceso más fácil al mercado oriental y el gigante chino pueda establecerse en algunos de sus espacios físicos en España.

Sentís incide en que este creciente atractivo de China viene determinado por «el fortalecimiento de las clases medias y altas y el cambio de modelo de desarrollo hacia uno de expansión de la demanda liderado por el Gobierno». Pero es precisamente ese liderazgo gubernamental el que provoca suspicacias por todo el mundo. De hecho, la mayoría de los países europeos, incluida España, han decidido no sumarse al plan de la Nueva Ruta de la Seda, el ambicioso proyecto que el presidente Xi Jinping ha ideado para vertebrar el mundo rompiendo con los esquemas de los antiguos poderes coloniales.

Su visión incluye milmillonarias inversiones en infraestructuras y préstamos al desarrollo, pero la UE critica que se conceden y gestionan de forma opaca. En algunos países del Tercer Mundo, esos créditos blandos no se pueden devolver y crean una dependencia de China que se traduce en una deuda política que Pekín puede cobrarse en organismos internacionales. El Congreso Mundial Uigur, una organización que defiende los intereses de la etnia musulmana que habita la región de Xinjiang, denuncia que el aumento del poder económico de Pekín silencia a los países que, de otra forma, levantarían la voz contra la violación de los derechos humanos que se produce allí.

La potencia emergente

Chiang Jeongwen, profesor de la prestigiosa China-Europe International Business School (CEIBS), reconoce que «el recelo y el sentimiento antichino crece por el mundo de forma proporcional al poder de China», que ya no se siente tan 'blando' como los líderes comunistas quieren hacer creer. De hecho, el gigante asiático invierte cada vez más en su Ejército, planta cara con sus tropas allí donde reclama para sí territorios en disputa con otros países, y posee ya incluso una base militar en Yibuti. Por todo ello, los detractores de la Nueva Ruta de la Seda ven en el proyecto la punta de lanza de un nuevo colonialismo económico con características chinas.

Sentís rechaza esa idea: «A diferencia de otros países que defienden sus derechos a costa de los demás, China aporta valor a los socios que quieran acompañarle en su desarrollo futuro. Los valores que promulga son de unión, de conectividad, de intercambio cultural y de desarrollo común hacia un mundo más pacífico». Por eso, el empresario considera que la decisión de España de no particular en la Nueva Ruta de la Seda es un error.

Luis Galán, director de la consultoría 2Open, comparte una opinión similar. «Deberían fomentarse las relaciones comerciales y de inversión porque una mayor relación comercial supone una optimización de recursos y eficiencias, así como una forma de colaborar los seres humanos unos con otros», asegura. También considera que estas relaciones sirven para «igualar las condiciones de vida a uno y otro lado de fronteras», aunque es consciente de que los países buscan «defender sus privilegios». De hecho, Galán es más crítico con el sistema que gobierna el mundo que con China. «El mercado se globaliza, pero los derechos sociales no», apostilla.

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