«Nunca olvidaremos lo que los vascos están haciendo por nosotros»

Los refugiados acogidos en Chíos agradecen la labor de los voluntarios guipuzcoanos de las asociaciones Zaporeak y Salvamento Marítimo Humanitario

Varios refugiados que viven en el campo de Souda cargan sus dispositivos móviles/
Varios refugiados que viven en el campo de Souda cargan sus dispositivos móviles
AINHOA MÚGICA

La llegada de refugiados a la isla griega de Chíos, desde la cercana costa de Turquía, sigue siendo incesante a pesar de la crudeza del invierno. No hay día, ni noche, que no aparezca una embarcación más o menos repleta de personas de cualquier edad. Esta semana han desembarcado 110 personas en la isla. La presencia de voluntarios de la asociación guipuzcoana Zaporeak y de la ONG Salvamento Marítimo, en cooperación con otros grupos que trabajan en Chíos, se ha convertido en un salvavidas de urgencia para numerosos refugiados que agradecen la oportunidad de sobrevivir dignamente en el campamento de acogida de Souda.

Los voluntarios de Zaporeak aterrizaron en esta isla griega hace once meses. Desde un primer momento se encargaron del reparto de comida en varios campos de refugiados distribuidos por la isla. Ahora centran su actividad en el de Souda. Un recinto de libre acceso, que está ubicado en el centro histórico de la capital. Allí viven aproximadamente 1.200 refugiados, distribuidos en contenedores metálicos que utilizan a modo de vivienda. Los habitantes de este espacio son en su mayoría hombres que han viajado solos, mientras ACNUR procura, en la medida de lo posible, realojar a familias, mujeres y niños en pisos tutelados, repartidos por la ciudad.

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El reparto de la comida, cocinada por los voluntarios de Zaporeak, se completa cada día poco antes de las dos de la tarde en la entrada del campamento, que está situado junto al mar. Los ocho voluntarios que se encargan de repartir las diferentes raciones de alimentos intentan ser puntuales para evitar el nerviosismo o las aglomeraciones en las colas que se forman. Los días de viento, pero sobre todo de lluvia, aumenta la dificultad para que el reparto se produzca evitando golpes y empujones. Cada refugiado acude a recoger su bandeja, muchas veces empapado en agua o tiritando de frío, pero siempre dando las gracias. Recurren a su idioma nativo, pronunciando la palabra Shukran, o se atreven a hacerlo en euskera, con un peculiar eskerrik asko. Recientemente, la organización Norwegian Refugee Council, que colabora económicamente con Zaporeak, ha realizado una encuesta entre los refugiados acogidos en Chíos, cuyo resultado muestra que el 73% se muestra satisfecho con la comida elaborada por la asociación guipuzcoana.

La vida cotidiana en un campamento de acogida deja atrás una estela de sufrimiento en unos países de origen en los que sobrevivir es una aventura casi imposible, que empuja a la desesperación de emprender una huida sin rumbo, sin esperanza, con mucho miedo y también con resignación. La sombra de la muerte se convierte en constante compañero de viaje hasta la llegada a un campamento de acogida. No piden nada, solo necesitan algo de humanidad.

Moger Kazouki. Refugiado Sirio

«Me torturaron y tengo las piernas repletas de heridas»

Moger Kazouki es de Alepo, tiene veinticuatro años y es el mayor de cinco hermanos. Cuando comenzó la guerra en Siria era estudiante de filología inglesa en la universidad. Estuvo en prisión un año por manifestarse en contra del régimen de Bashar al-Ásad. «Me torturaron. Tengo las piernas repletas de quemaduras y cicatrices. Hace seis meses salí de la cárcel porque mi familia pagó 6.000 euros de fianza» asegura este joven sirio que desea rencontrarse con su madre y hermanos que viven en Rotterdam. Moger está tramitando el asilo político y su deseo es viajar hasta Alemania. «Mi sueño es poder tener un trabajo, reencontrarme con mi prometida, que en la actualidad vive en Siria, y formar una familia junto a ella» revela Kazouki con una sonrisa. Llegó a Chíos el 7 de octubre y, a pesar de su delicada situaciónl, es una de las personas más alegres y dicharacheras del campo de Souda. En cuanto tiene ocasión invita a voluntarios de Zaporeak a fumar sisha o a beber una Coca Cola en su vivienda habilitada en un contenedor metálico. «La comida que preparan está deliciosa y se nota que está hecha con cariño y mimo» señala este refugiado sirio que ha hecho muchos amigos guipuzcoanos.

Mohamed Wazzaz. Refugiado Sirio

«Quiero llegar a Holanda, pero desearía volver a Siria»

Mohamed Wazzaz es de Idlib, una ciudad ubicada a sesenta kilómetros de Alepo, en el norte de Siria. Trabajaba como comercial vendiendo productos de belleza en el Líbano y en su país de origen, antes de que estallara la guerra. Wazzaz cuenta que «Vendí un terreno agrícola para poder viajar a Turquía en busca de refugio. Durante tres años viví en hoteles, no tenía permiso de trabajo y poco a poco me fui quedando sin dinero». El 11 de septiembre cruzó en balsa el estrecho que separa Chíos de la costa de Turquía en una travesía que duró tres horas. Los traficantes le cobraron por su pasaje 600 euros. Una tarifa que ha descendido en los últimos meses considerablemente, ya que hace un año se pagaban 1.000 euros por trayecto. «Quiero llegar a Holanda. Aunque mi sueño es poder volver algún día a Siria», cuenta este refugiado de 47 años y soltero. Agradece la buena voluntad de Zaporeak al repartir comida a diario entre los refugiados del campo de Souda. «Me parece encomiable la labor que hace este grupo. En un futuro me gustaría poder compensar de alguna manera el esfuerzo que muchos voluntarios están haciendo para intentar ayudarnos» asegura Mohamed, que vive con otros cinco hombres de diferentes nacionalidades compartiendo uno de los contenedores metálicos instalados en el campo de Souda.

Abdo Almnam Feyad. Refugiado Sirio

«Pagué 500 euros por mi pasaje en una balsa»

Abdo es de Alepo, tiene 22 años y llegó a Chíos en el mes de agosto. «Pagué 500 euros por mi pasaje en una balsa donde viajaba en compañía de otros veinte refugiados. Mi sueño es llegar a Alemania pero de momento me encuentro en Chíos esperando una solución que aún no llega» confiesa este joven. «Es admirable la presencia de voluntarios que se están implicando con este problema. Me gusta la comida que hacen los voluntarios de Zaporeak, aunque echo de menos la comida tradicional Siria» puntualiza Abdo.

Muhammed Al Jassem. Refugiado Sirio

«Quiero ir a Euskadi después de conocer la hospitalidad de los vascos»

Muhammed es de Dier Ez Zor, tiene 26 años y llegó a Chíos el 30 de marzo. A lo largo de estos meses ha hecho muy buenos amigos entre los voluntarios de Zaporeak. «Todos los que vienen a ayudar se están portando muy bien con nosotros. La comida es muy variada, incluyen en el menú carne halal, verdura y lácteos» destaca Muhammed. Cuando llegó a Europa su sueño era viajar hasta la ciudad alemana de Hamburgo, pero sus planes han cambiado. «Ahora deseo llegar a Euskadi porque he podido comprobar en primera persona la hospitalidad y la bondad de la sociedad vasca», apunta este refugiado sirio. Además añade que «cuando acabe la guerra y pueda volver a mi país, las puertas de mi casa estarán abiertas a los ciudadanos vascos. Nunca olvidaré lo que estáis haciendo por mí y algún día me gustaría devolver a la sociedad guipuzcoana lo que está haciendo por mí».

Alkiem Abdullah. Refugiado Sirio

«He hecho grandes amigos entre los voluntarios guipuzcoanos»

Abdullah tiene 25 años y es de Palmira. Trabajaba como enfermero en un hospital de su ciudad pero la guerra le obligó a huir a Turquía. El 20 de marzo cruzó en balsa hasta Chíos. «Colaboré con la ONG guipuzcoana Salvamento Marítimo, que se encargaba de ayudar a los botes a arribar a la costa, y más tarde a desempeñar tareas sanitarias. He hecho grandes amigos entre los voluntarios de las dos organizaciones guipuzcoanas que trabajan en esta zona» apunta este ciudadano sirio. Abdullah destaca que la comida que elaboran los integrantes de Zaporeak es deliciosa, aunque reconoce que «mi su plato favorito es el pollo al curry».

Sidigee. Refugiada Afgana

«Soñamos con llegar a Inglaterra, donde vive un familiar»

Sidigee es de Kabul y viajó a Chíos en compañía de sus tres hijos de 13, 7 y 3 años de edad y de su sobrino de veinte. Hace siete meses que llegó a la isla y desde entonces vive en uno de los contenedores metálicos instalados en el campo de Souda. «Soñamos con llegar a Inglaterra donde vive un familiar» apunta esta refugiada afgana. Todos los integrantes de la familia agradecen la comida que Zaporeak les proporciona a diario y el esfuerzo que la asociación guipuzcoana hace por complacer sus gustos «ya que cada día mejoran los menús introduciendo platos con especies y picante».

 

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