«Nos violaron y pegaron. Tuvimos que cruzar en patera»

Un grupo de migrantes procedentes de Togo y Guinea Conakri el martes por la noche en la frontera. «Nuestra idea es ir a Toulouse», relatan. /reportaje fotográfico: lobo altuna
Un grupo de migrantes procedentes de Togo y Guinea Conakri el martes por la noche en la frontera. «Nuestra idea es ir a Toulouse», relatan. / reportaje fotográfico: lobo altuna

Migrantes en tránsito esperan en Irun el momento en el que burlar los controles policiales para continuar su viaje por Francia. Algunos ya ni tienen claro su destino

Elena Viñas
ELENA VIÑAS

Desde hace una semana, Romeo merodea las cercanías de la frontera dispuesto a cruzar a Francia. Lo ha intentado ya en dos ocasiones, pero la policía gala lo descubrió y acabó de nuevo en Irun. Reza para que la tercera sea la definitiva. Entretanto, el Paseo Colón, la plaza Urdanibia y otras calles del centro de la ciudad se han convertido en la última morada de un viaje que inició hace algo más de tres años, cuando abandonó su país natal, Costa de Marfil, decidido a alcanzar Europa, ese lugar en el que los sueños de prosperidad prometen materializarse. Su viaje, cargado de sinsabores, aún no ha acabado. De hecho, ahora ya ni siquiera tiene claro cuál es su destino final.

«Cuando abandoné mi casa, quería ir a Dinamarca, pero ya no sé si prefiero quedarme en Francia o llegar hasta Holanda. Me gustaría encontrar un trabajo y empezar una nueva vida ya documentado», confiesa este joven de apenas 23 años de edad, que se vio obligado a dejar atrás su hogar como consecuencia de los problemas relacionados con la religión que tenía con su familia y con el negocio de compra-venta de ropa que regentaban. Atravesar el continente africano le llevó la mayor parte de esos 38 meses de odisea que se tradujeron en jornadas de espera sin hacer nada en estaciones de autobús, en pequeños empleos de albañilería y hasta en un secuestro por el que se vio obligado a pagar su propio rescate para ser liberado.

Lakaxita. Romeo comparte su historia con los voluntarios de SOS Racismo con los que cada tarde se encuentra en Lakaxita, un antiguo gaztetxe situado en la calle Anaka. El edificio de tres alturas se ha convertido en lugar de reunión y comedor improvisado para cenas. Cada día llegan nuevos migrantes que son asesorados antes de reanudar su periplo.

En el jardín de casa, bajo los grafitis que visten sus paredes, las historias de los recién llegados se entrelazan. La mayor parte de ellas repiten un mismo guion, en el que solo varían los personajes. La de Romeo es calcada a la de otros veinteañeros que le rodean, pero él no pierde la sonrisa ni siquiera cuando relata los más duros capítulos de su historia personal. Algunos de ellos los ilustra con las fotografías que atesora en su teléfono móvil. «Esta es de cuando la policía marroquí me pegó y me abrió un pie. Me llegaron a atrapar diecinueve veces. Siempre ocurría lo mismo. Me pegaban y me abandonaban en algún lugar lejano, en medio del desierto. Era un calvario», recuerda.

Con ese triste récord, las dos veces que le ha detenido la policía francesa no le harán desistir de su empeño por llegar «al otro lado». Asegura que las suyas han sido devoluciones 'en caliente', sin abogados ni asesoría de ningún tipo. «La primera vez me pillaron en la estación del tren de Hendaia. Me pidieron los papeles y al ver que los únicos que tenía eran de España, los que me hicieron en Algeciras, me dijeron que volviera a Irun y que pidiera asilo allí. La segunda vez me cogieron cerca de Baiona. Me metieron en un coche blanco y me trajeron de vuelta», explica.

TESTIMONIOS

A Lakaxita llega Mohamed huyendo de ese mismo destino. «Estaba intentando pasar a Hendaia en Topo con un amigo cuando han llegado unos agentes. He echado a correr de vuelta a un vagón, pero a mi amigo lo han detenido», señala con una mezcla a partes iguales de miedo y preocupación. Los voluntarios de la ONG tratan de tranquilizar al chico, que podría pasar perfectamente por un adolescente. «Aquí no te pasará nada. Vamos a ir a un sitio en el que podrás cenar, ducharte y dormir. A tu amigo le dejarán dentro de unas horas en Irun», le dicen.

Antiguo hospital. Los voluntarios de SOS Racismo se organizan para trasladar a la más de una veintena de migrantes que, en el momento de hacer este reportaje, se han dado cita en Lakaxita hasta el edificio del antiguo hospital de la plaza Urdanibia. El Ayuntamiento de Irun ha decidido abrir el recurso del frío para permitirles pernoctar en la estancia provista de 24 camas. En el inmueble también pueden ducharse y comer. Por primera vez se les va a servir esta noche una cena. De la coordinación de esta ayuda se ocupa Cruz Roja. Sus voluntarios les reciben y les animan a ocupar una de las literas dispuestas.

Awa es la primera en tumbarse. La joven, nacida en Costa de Marfil, dice tener 18 años, aunque su rostro aniñado parece contradecir sus palabras. «Salí en 2017 de mi país y quiero llegar a París, donde me está esperando mi madre», declara sin soltar su teléfono móvil, con el que repasa su perfil en la red social Instagram. Admite que el viaje para alcanzar el Estrecho fue «duro», pero «lo más difícil» aún estaba por llegar. «Cruzar el mar fue una odisea», manifiesta bajando la mirada y negándose a recordar aquella experiencia. «Por suerte, ahora viajo acompañada de un amigo», respira aliviada.

En la litera de al lado descansa Mohamed, quien también pernoctará en este local. La preocupación que se reflejaba en su rostro apenas una hora antes ha dado paso a un gesto de tranquilidad tras haberse reencontrado con su compañero detenido. «Mañana nos van a dar ropa nueva y pensaremos cómo volver a pasar la frontera. Mi familia está en un pueblo de Francia y quiero reunirme con ella. Todos los días llamo a mi madre para contarle que estoy bien y que cada vez estoy más cerca», declara.

Puente de Santiago. La noche cae y al abrigo de la oscuridad, un grupo de subsaharianos se sitúa en uno de los extremos del puente, bajo la señal que indica las direcciones que pueden tomar, toda una metáfora de la encrucijada de caminos en la que se halla su existencia. «Llevamos dos semanas y nuestra idea es ir a Toulouse», cuenta el que parece ser el líder de la media docena de migrantes procedentes de Togo y Guinea Conakri, cuyos viajes «de huida» hacia un futuro digno alcanzan entre uno y dos años. «En nuestros países no teníamos nada, ni trabajo ni nada», se lamentan.

A ellos se suman de repente dos jóvenes vestidas de negro de pies a cabeza, cubiertas con capucha, portando una bolsa de plástico del mismo color con todas sus pertenencias dentro. Parecen dos sombras en la noche. Piden utilizar un teléfono móvil. «Necesitamos ayuda», afirman. Y como gesto por el pequeño favor, responden contando su historia. «Somos hermanas. Nacimos en Camerún y queremos ir hasta Toulouse. Llevamos dos semanas ya en Irun. Vinimos desde Bilbao, aunque el viaje hasta España fue una tortura», confiesa la más joven.

La rabia que acumula tras dos años de desventuras se traduce en palabras. «Tuvimos que cruzar el desierto a pie. En Marruecos encontramos trabajo, pero nuestro patrón nos violó. Cuando intentábamos pasar la frontera, la policía marroquí nos pegaba. Al final, tuvimos que cruzar el mar en patera. Las mujeres de nuestro pueblo estamos acostumbradas a salir a pescar, así que sabemos remar. Pero fue duro, muy duro», admiten. Ambas se pierden en la oscuridad, al otro lado del puente. Al móvil que acaban de utilizar llegan mensajes de whatsapp avisándoles de que hasta dentro de dos horas no podrán pasar a buscarlas. Parece que una amiga está dispuesta a ayudarles en el país burlando a la policía, pero las chicas ya han seguido su camino en solitario.

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