«La transición ecológica generará cuatro empleos por cada uno que destruya»

El secretario de Estado defiende la necesidad de una «complicidad social» para que la sociedad cambie sus patrones

G. L. SAN SEBASTIÁN.

La cuestión económica no tarda en salir a la palestra cuando se aborda cualquier arista de la transición ecológica, para bien y para mal.

- Para los más escépticos, ¿pueden ser los datos económicos los que hagan que se sumen a la lucha contra el cambio climático?

- Así es. Los cálculos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) apuntan a que por cada empleo destruido en los sectores convencionales que se van a ver afectados por la transición ecológica, se generarán cuatro nuevos empleos.

- ¿Cómo se lo explica a quienes viven de las minas de carbón allí por su tierra, en Asturias?

- Claro, no todas las sustituciones se van a producir en los mismos sitios en los que se destruyen. Las instituciones tienen que implementar la capacidad de conducir la generación de empleo allí donde más vulnerabilidad se genera en relación con los empleos que van a ser sustituidos.

- ¿Cómo?

- Si no hay un proceso de normativización del acompañamiento de lo que se llama una transición justa, la transición se va a hacer igual, pero se hará por parte de agentes que no tienen la encomienda de velar por el interés general o el beneficio social. Por eso es importante establecer un mecanismo de transición justa democráticamente gestionado desde la Administración.

- ¿Cuándo veremos de forma palpable esa sustitución de empleos?

- El mecanismo ideal es que los nuevos empleos se generen antes de que sustituyan a los otros. Los territorios sometidos a procesos de reindustrialización, como Asturias o Euskadi, saben cómo se han producido los cambios con anterioridad. De manera traumática. El único problema que tenemos ahora es que vamos tarde.

- ¿Aunque se acometa la transición de manera urgente?

- Hay países que ya han anticipado sus políticas de cambio y no se van a detener. Son lugares que tienen sectores productivos que compiten con los de nuestro país y eso significa que tendrán más capacidad para competir con aquellos otros que se han ido quedando atrás sencillamente porque la transición no se ha acometido en su entorno.

- Lo pone usted muy crudo.

- Es que si no hay anticipación, no habrá éxito en el empleo. No hay alternativa. El cambio climático amenaza nuestro modelo económico y de desarrollo. Es necesario poner en marcha mecanismos de adaptación. No se puede elegir entre embarcarse en la tarea de lucha contra el cambio o renunciar a ella. El cambio climático está aquí y ha venido para quedarse. Quien no tenga capacidad de adaptación, perderá.

- ¿Qué está haciendo el Gobierno para facilitar esa transición?

- Elaboramos la ley de cambio climático y transición energética y un plan de transición justa para garantizar la cohesión social y territorial en el contexto de la transición ecológica. Busca recoger medidas concretas que den soporte a trabajadores que se puedan ver afectados por el avance hacia una economía baja en emisiones. Incluye la inversión en innovación, las tecnologías verdes y la formación en sectores con perspectiva de futuro. Pero más allá de eso, el gran reto es conseguir una amplia complicidad social. Se trata de dar señales claras a todos los actores y asegurar que la lucha se convierte en un vector transversal en la acción política, económica y social. La transición energética debe llevar implícita la transición social.

- O sea, que debemos cambiar el chip cuanto antes...

- Históricamente se ha enseñado un patrón que implica que mayor consumo es equivalente a mayor calidad de vida. Con lo cual, ahora trasladar que debe renunciar a eso que hasta ahora ha venido identificando como elemento de calidad de vida requiere de un proceso de revisión total de patrones. Para eso una de las primeras cosas es modificar sustancialmente el mensaje que se traslada desde el sector industrial.

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