«Trabajar en un banco es como vender crecepelos; necesitas ser un charlatán»

Jesús María Cañas trabajó 33 años en la banca hasta su jubilación. Disfrutó los buenos tiempos. Sufrió los malos

Jesús María Cañas no se muerde la lengua cuando habla de su trabajo. /LUSA
Jesús María Cañas no se muerde la lengua cuando habla de su trabajo. / LUSA
JAVIER GUILLENEASan Sebastián

Hubo un tiempo en el que trabajar en un banco no solo era una actividad envidiada sino que también estaba bien visto. Buenos sueldos, tardes libres y créditos casi sin intereses eran tres razones poderosas que despertaron incontables vocaciones hacia el mundo de las finanzas. «Yo era feliz en el banco cuando entré. El trabajo era cómodo y estaba muy bien pagado. Además la gente te apreciaba porque les solucionabas los problemas».

El donostiarra Jesús María Cañas, 'Txus', comenzó a trabajar en 1981 en un banco. Con los años llegó a ser director de una sucursal en Trintxerpe, donde conoció los buenos tiempos: «había años en los que daba créditos a manta. Todas las visitas eran para pedir dinero». Y también los malos, «cuando te venía llorando un cliente con su mujer y los niños».

Historias

El atraco.
Entraron dos individuos en el banco. Uno, con pasamontañas. El otro, a cara descubierta. «A mí me sonaba de vista, de verle por el barrio», dice 'Txus'. Los atracadores no tardaron en ser detenidos.
El vigilante.
Cuando cerraba el banco, el vigilante sacaba la pistola delante de todos los empleados, apuntaba al aire y decía '¡pum¡ muerto'.

'Txus' tiene ahora 60 años y se prejubiló hace tres. Ya no se muerde la lengua. Es su condición de pensionista la que le permite desahogarse; porque lo suyo es un desahogo. Al primer atisbo de pregunta empieza a hablar a borbotones de la banca que ha sustituido a la tradicional, la que conocía por su nombre a los clientes y hasta los atracadores sonaban de vista a los empleados. En la nueva banca, asegura, »están todos machacados».

«Tener labia»

El proceso es bastante conocido. Con la crisis económica y el cierre del grifo de los créditos todos los bancos se vieron obligados a ser cada vez más agresivos para mantener sus beneficios. Comenzaron a sacar al mercado productos de riesgo como fondos de inversiones, aportaciones subordinadas o las tristemente famosas preferentes. «Eran productos difíciles de entender por el cliente y, además, si se lo explicabas todo no se vendía», admite 'Txus'.

Los empleados de banca se convirtieron de la noche a la mañana en vendedores de ofertas casi milagrosas y altamente beneficiosas para los compradores. «Por ejemplo, si el banco saca un fondo, te manda el folleto, te lo lees y si eres gracioso te compran ese fondo, no hay más. Si vas a vender seguros de vida te dan un cursillo no presencial y listo. Es como vender crecepelos, necesitas tener labia, ser un charlatán. La dinámica es vender sí o sí».

No hay término medio. Se trata de cumplir con los objetivos fijados por las altas instancias de las instituciones financieras. En la nueva banca quien no vende está condenado al fracaso. Y si vende puede que también; depende de lo que hagan las sucursales de los alrededores. La consigna es colocar el producto. «Tú no puedes opinar, lo tienes que vender te guste o no. Muchos comerciales ni siquiera creen en el producto que ofrecen a sus clientes», afirma Jesús María Cañas.

No creen pero no tienen más remedio que disimular y enfrentarse a la disyuntiva de revelar o no toda la letra pequeña al cliente porque, como dice 'Txus', «si dices que una preferente es a perpetuidad, ¿a quién se la vas a vender?». «Si no vendes, cada día vas a casa y le das vueltas a lo que no has hecho. Te pones a pensar en qué explicación vas a dar a la mañana siguiente en la videoconferencia, sabes que el banco no se plantea que tu objetivo no se puede cumplir». La presión continua lleva a muchos a la disyuntiva de «hacerlo bien o mal». Hay quien no duda. «Siempre hay alguien que vende más y no se sabe por qué. Igual es que engaña».

Esta carrera constante hacia el paraíso de los beneficios tiene sus consecuencias sobre unos empleados que «trabajan de ocho de la mañana a siete de la tarde y continúan trabajando en casa». «La presión del banco no acaba nunca. Da igual que hayas sido el mejor comercial alguna vez, lo que se mide es lo último que haces». El resultado es que «hay directores que vuelcan su rabia sobre sus compañeros y estos sobre otros», en una cadena en la que «todos machacan a todos». En este ambiente no es de extrañar que, según 'Txus', abunden las depresiones. «Hay directores que han pedido la baja y están con psicólogos, pero por cada uno que coge una baja hay otros dos que no se atreven a hacerlo».

Antes de empezar a trabajar en Trintxerpe Jesús María Cañas estaba muy ligado al barrio, a cuyo equipo de fútbol ha entrenado durante muchos años. Era más conocido por el deporte que por la banca hasta que la crisis comenzó a hacerse notar. «Muchos de mis clientes empezaron a tener dificultades para pagar. Hasta ese momento los directores hacían lo que les daba la gana pero eso había cambiado. Yo conocía a aquellas personas y no podía solucionar sus problemas, por eso pedí el traslado. No aguantaba más».

Lo destinaron a una sucursal de Irun, donde se dedicó hasta la jubilación a la tranquilidad de la gerencia de empresas. Atrás quedaron los tiempos en los que las tripulaciones de los barcos hacían cola en la ventanilla para cobrar en metálico su salario y en los que bastaba con dar un par de detalles para que la Policía supiera quién había sido el que les había atracado esa vez. Todos se conocían en el barrio.

Los atracos

«Un día de Santo Tomás estábamos con el bocata de txistorra en el archivo cuando un tío con un abrigo austriaco marrón llamó a la puerta. Cuando le abrí sacó una recortada y detrás apareció un hombre pequeño con un pasamontañas». Lo curioso del caso es que mientras uno ocultaba su rostro como un auténtico profesional, el de la escopeta iba a cara descubierta. «A mí me sonaba de vista, de verle por el barrio», afirma 'Txus'. Por supuesto, no tardaron mucho en ser detenidos.

Otro día el atracador entró tan rápido que nadie se percató y tuvo que golpear una mesa para que se fijaran en él. En esa ocasión pudo ocurrir una tragedia porque el encargado de la caja se quedó bloqueado cuando el ladrón le ordenó que abriera la puerta. «Yo le decía que abriera, que le iba a matar, pero él no se movía. Cuando lo hizo, el otro le metió dentro y le dio una paliza».

Tras los atracos llegaron los vigilantes, algunos más peligrosos que los propios atracadores. «Tuvimos uno que cuando cerraba el banco sacaba la pistola delante de nosotros, apuntaba al aire y decía '¡pum!, muerto'».

Nada fuera de lo normal en aquellos tiempos. En todo caso, nada que le quitara el sueño. «Los días que me atracaban estaba tenso pero podía dormir», recuerda 'Txus'. El cambio llegó después, cuando la banca mudó de rostro. «Dejé de dormir», dice.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos