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Unax Uralde camina por las calles de Hernani, donde estudió y fue acosado por sus compañeros de clase. Lobo Altuna
Día Internacional contra el Acoso Escolar

«Sufrí ocho años de acoso escolar»

El hernaniarra Unax Uralde da la cara por el Día Contra el Acoso Escolar y revela el calvario que sufrió por parte de sus compañeros. «Me insultaban día y noche por redes sociales y tiraron mi ropa al váter para reírse de mí»

Viernes, 7 de noviembre 2025, 00:11

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Con tan solo ocho años, Unax Uralde sentía que «era un estorbo para todos». Nada más lejos de la realidad. El hernaniarra simplemente era un niño algo tímido, reservado y «quizás más infantil que el resto». A ojos de sus compañeros de clase, estos rasgos de su personalidad bastaron para hacer de él un blanco fácil de insultos, golpes y acoso escolar de manera continuada durante casi una década. A medida que los chavales crecían, también se cebaban más con él. El aislamiento en clase parecía no ser suficiente y «comenzaron a crear grupos por redes sociales que utilizaban para meterse conmigo y burlarse. Me metían en esos grupos y yo lo leía todo: se reían de mí y me insultaban, día y noche. Usaban fotos mías para crear 'memes' y 'stickers' de Whatsapp», cuenta a día de hoy, con la mayoría de edad recién cumplida pero con la serenidad y madurez de quien ha tenido que crecer antes de tiempo. Unax, con la herida ya curada pero con «una cicatriz para toda la vida» da la cara con motivo del Día Internacional contra el Acoso Escolar, conmemorado ayer. «Es algo que no se olvida. He aprendido a vivir con ello y a no echarme la culpa», reflexiona. «Me gustaría que quien se sienta identificado sea consciente de que siempre va a haber alguien, tus padres o tu familia, dispuesto a escucharte y ayudarte. De todo se sale», asegura. Él es el mejor ejemplo de ello.

El reciente suicidio de Sandra Peña, menor de edad sevillana que sufrió acoso por sus compañeros de clase, ha vuelto a poner sobre la mesa el debate del bullying y la responsabilidad de los centros escolares. Y bien sea por rabia o dolor ante dicha tragedia, Unax se armó de valor para relatar su historia en una carta al director publicada por El Diario Vasco este domingo. «Si hoy cuento esto es por Sandra Peña y por frenar lo que nunca debió pasar».

En un principio, al hernaniarra le costó ser consciente de lo que estaba pasando. Cursaba 2º de Primaria y buscaba excusas a por qué sus compañeros de clase «me dejaban de lado. Yo iba al colegio y estaba solo. En clase, en los recreos...». Nunca entendió la razón, y ahora tampoco busca hacerlo. Su clase estaba formada por una treintena de alumnos, pero «era yo contra todos. O mejor dicho, todos contra mí», rectifica. Y es que aunque no todos participaran activamente en los insultos y las burlas, la indiferencia hace casi el mismo daño. «Han pasado varios años desde que dejé ese colegio y hace poco recibí un mensaje de una excompañera. Me dijo que sentía mucho todo lo que había pasado. 'Yo no quería hacerte daño, pero si no me unía a ellos -los acosadores- me iban a dejar a mí de lado', decía».

Pasaban los años y el acoso comenzó a escalar, a medida que los chavales iban creciendo hasta que «comenzaron a golpearme». Pero lo que marcó un antes y un después fue cuando los insultos comenzaron a involucrar a su familia. «Mi ama me venía a recoger después de clase y le chillaban cosas sobre mí». Fuera del colegio tampoco le daban tregua. Se apuntó a fútbol como deporte extraescolar, pero seguía en contacto con la misma gente que le acosaba dentro de clase y por teléfono. «Lo pasaba mal. A veces le mentía a mi aita y le decía que no podía a ir a entrenar porque tenía que estudiar. Realmente no quería ir». Una tarde, al terminar el entrenamiento, entró al vestuario para cambiarse a irse a casa, pero se dio cuenta de que «habían metido toda mi ropa al váter». Este episodio fue el detonante y Unax terminó dejando el fútbol.

«Me encerré en casa»

Unax recurrió a su familia. Su mayor apoyo fueron sus aitas, quienes desde el primer momento fueron conscientes del bullying que estaba sufriendo su hijo. Es más, a esa edad, el joven hacía uso del teléfono de sus padres y ellos mismos leyeron todos los insultos que su hijo recibía a través de grupos de Whatsapp o Snapchat. «Me decían que yo no era el culpable y que, al contrario, quienes perpetuaban el acoso tenían la culpa».

Desde un primer momento, sus aitas se pusieron en contacto con el colegio pero, para su desgracia, el centró decidió mirar a otro lado. «Callar y fingir que no pasaba nada, supongo que para no ensuciar su imagen», critica duramente hoy Unax. Y así, siguieron pasando los años. Los insultos, las burlas y los comportamientos crueles se acumulaban y el dolor, crecía. «El niño que yo era se rompía un poco más. Quería pensar que era un juego, que era normal... Hasta que con el tiempo te das cuenta de que no es un juego».

La mentalidad del hernaniarra ante todo este acoso fue clara. «Yo soy un chico muy tranquilo y llegó un momento en el que me daba igual lo que me dijeran. Dejé de plantarles cara y de buscarles. Me daba igual que me dejaran de lado, que no contaran conmigo para hacer planes. Me encerré en casa y dejé de obsesionarme con la idea de tener amigos. Pensaba 'cuando tengan que llegar llegarán. Es mejor estar solo que estar mal acompañado'». Pero cuando empezaron a usar imágenes suyas como 'memes' o 'stickers' por redes sociales, la frustración y el dolor de toda una familia escaló, y sus padres amenazaron con denunciar a los chavales involucrados. El colegio reaccionó y advertieron a los acosadores de que podrían llevar a cabo expulsiones por su comportamiento. «No fue hasta ese momento, que sintieron ese miedo, que la cosa no se calmó», cuenta. «Algunos de ellos tenían problemas fuera del colegio y ya no les compensaba meterse conmigo porque su situación podía empeorar más»

De repente, empezó la Educación Secundaria Obligatoria (ESO). La situación estaba, aparentemente, bajo control. Y después de cinco años desde que la familia contactara con el colegio para que ayudaran a su hijo, el propio centro activó el protocolo de acoso escolar. Esta vez no hizo falta que nadie pidiera socorro. «Ese día se cancelaron las clases y durante todo el día recibimos charlas sobre el bullying», recuerda. Es más, al ser la víctima de esta prolongada historia de acoso escolar, sus profesores le dieron la opción de elegir si «quedarme en clase y escuchar lo que tenían que decir o irme. Decidí quedarme». Tampoco tiene reparo en decir que «yo miraba a mis compañeros y me daba cuenta de que no les interesaba lo que les estaban explicando. Les daba igual».

Al mismo tiempo, Unax comenzó a construir su vida. Poco a poco. «Huí del pueblo. Empecé a practicar remo en Orio -este mayo se proclamó campeón de Gipuzkoa y en junio, subcampeón de Euskadi- y estudié Bachillerato en Donostia. Tengo una buena cuadrilla en la que cuentan conmigo para planes, cenas, viajes o salir de fiesta», sonríe. Es lo que cualquier chaval merece, por mucho que Unax en un momento no fuera consciente de ello, porque «de pequeño me sentía un estorbo para los demás». Hace un año también se animó y se apuntó a una academia de teatro, algo que le ha ayudado a «perder la vergüenza y a ser más valiente». Ahora es actor y se sube a los escenarios. Los ojos están puestos en él, pero ya no le señalan ni se ríen de él.

«Acontecimientos como el suicidio de Sandra Peña, la menor de Sevilla, demuestran lo importante que es pedir ayuda y contar lo que te está pasando. Porque el bullying mata. Yo no necesito un arrepentimiento de las personas que me hicieron daño. No me llevaría a ningún lado. He aprendido a vivir con ese dolor y con esta cicatriz que siempre llevaré conmigo. Nunca lo voy a olvidar».

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