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La primera etapa del Camino Ignaciano

La primera etapa del Camino Ignaciano

Una nueva peregrinación no tan masificada como la ruta tradicional jacobea

IGNACIO VILLAMERIEL

El peregrino está sentado en la recepción de un hotel. Mira distraídamente el techo y deja volar libre la imaginación, que salta como una torpe mariposa moribunda. Es un hombre joven, alto, delgado, y lleva ya varias horas sin hablar, varias horas que no tiene con quién hablar.

En el hotel todo es silencio. El peregrino se levanta, pasea por la recepción, ojea unos libros en una estantería. Ante un mapa de la península se para, ambas manos en los bolsillos del pantalón.

Habla despacio, muy despacio consigo mismo, en voz baja: el Camino Ignaciano. Debe ser un buen sitio para andar. Empezaría la caminata en la verde Euskadi, para cruzar el desierto de los Monegros bajo un sol de plomo, y terminaría en los riscos de Manresa. Etapas ni cortas ni largas. Veinte o veinticinco kilómetros al día ya es una buena marcha, es pasarse las mañanas en el camino.

Después, sobre el terreno, todos estos proyectos son papel mojado y las cosas salen, como pasa siempre, por donde pueden. El peregrino se distrae un segundo y toma, de la estantería, el primer libro que alcanza: Henry David Thoreau. Elige un poema al azar y recita en voz alta.

«Fui a los bosques porque deseaba vivir en la meditación, afrontar únicamente los hechos esenciales de la vida, y ver si podía aprender lo que ella había de enseñarme, y no sucediera que, estando próximo a morir, descubriera que no había vivido».

El peregrino sonríe. Tiene los ojos semicerrados, como de estar soñando. Se queda un rato en silencio, pensando muy confuso. Es ya muy tarde. Se cansa de golpe, piensa que ya sólo falta empezar, que quizás esté dándole demasiadas vueltas a un viaje que quiere hacer a la que salga. Al fin y al cabo, si lo que buscase fuese ir a tiro fijo bien se podría decantar por el sobredimensionado Camino de Santiago, pero busca una peregrinación no tan masificada como la ruta tradicional jacobea.

Sin embargo, es consciente de que ello tiene sus pros y sus contras. En primer lugar no se encontrará con muchos otros peregrinos por el camino y, por eso mismo, las infraestructuras existentes son aún escasas. El presupuesto, por tanto, será necesariamente mayor.

El camino de Loyola

A los pocos días, se levanta a la última noche. Se viste en medio del silencio. Una hora antes de la salida del bus baja las escaleras de su casa. El único ruido que se oye a esas horas por la calle es el sonar de sus botas. El sol aparece sobre el horizonte al dejar San Sebastián. En menos de una hora llegará a Azpeitia, y de ahí, enfilando la recta de la basílica de Loyola y dejando el macizo del Izarraitz a su derecha se perfilará la silueta del ‘Vaticano pequeño’.

Ante él, se para un instante. Como aún es pronto permanece cerrado. Sin embargo, el Uranga, más madrugador, ya ha abierto sus puertas. El peregrino se percata entonces de que sigue en ayunas, y recuerda que su padre le dijo una vez que «no conviene hacer las cosas en hipoglucemia». Lo cual, ahora, constituye la excusa perfecta para meterse un buen chocolate con churros entre pecho y espalda. Al fin y al cabo, piensa, no sólo de fe vive el hombre y, por otro lado, el peso de la mochila no se puede llevar sin el gobierno de las tripas. Esa debería ser, quizá, la primera premisa de cualquier peregrinación.

Mientras da cuenta del último churro, el peregrino se pregunta si esperar a que abra la basílica o empezar a andar cuanto antes. Por delante le quedan 650 kilómetros así que no es cuestión de remolonear ya desde el primer día. Paga por tanto la cuenta, se ajusta la mochila a la espada, y parte solo y a pie, a imitación de aquel otro peregrino que casi 500 años atrás hizo lo propio, en ese mismo lugar.

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