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Los dos niños juegan en un parque bajo la mirada de sus padres. I.MONTERO

«Hay un niño que encaja en vuestra familia»

Nekane Casquero y Luis Dávila acogieron a Ekain recién nacido y desde entonces han formado un hogar lleno de cariño y cuidado para sus dos hijos

Domingo, 23 de noviembre 2025

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No habían oído hablar del acogimiento familiar. Nunca. Y, sin embargo, la vida empezó a girar para Nekane Casquero y Luis Dávila un día cualquiera, en una simple conversación. «Hasta entonces no sabía exactamente ni lo que era. Una vez, con unas amigas… en una conversación de lo más normal, surgió el tema», recuerda Nekane. Alguien mencionó que «una conocida había traído a una niña en acogimiento familiar» y algo, una vibración leve y silenciosa, se instaló en su pecho: «Algo se despertó en mí y ya me empezó a interesar».

No fue una revelación en absoluto. Más bien un destello que se mantuvo a la espera. Un presentimiento de que, en algún lugar, había un niño al que todavía no conocían, pero que quizá estaba destinado a que le cobijaran. Cuando llegó a casa y se lo dijo a Luis, no necesitó rodeos. «Fui directa y le dije: 'quiero hacer esto'». Y esa frase necesitó poco contexto, apenas explicaciones. Él lo sintió igual. «Una vez puestos fue todo muy rodado. Como muy claro: lo queríamos hacer y punto».

Comenzaron entonces un camino formal de charlas, pruebas psicológicas, entrevistas, cuestionarios, idoneidades, procedimientos que exigían introspección y una honestidad que, a veces, dolía. «Fuimos a la aventura realmente, sabiendo poco o prácticamente nada. La primera charla fue solo para enterarnos de qué iba esto y poco a poco fuimos enlazando una cosa con otra», recuerda Dávila. Cada paso les dejaba expuestos a la misma pregunta: ¿estaban realmente preparados para algo así? Y aunque la duda regresaba a menudo, también lo hacía la creciente certeza que les repetía que aquel era su camino, que tenían espacio emocional, vital, para acoger en su familia a alguien más.

Ya tenían a Mara -entonces cinco años-. «Quisimos, eso sí, que fuera menor que nuestra hija biológica», explica él. Hasta que un día sonó el teléfono. Recuerdan la frase exacta -se la saben como un mantra- que pronunciaron al otro lado de la línea: «Tenemos a un niño que encaja en vuestro perfil. Tiene siete días y tenéis que ir al hospital a recogerle dentro de dos». Luis todavía lo recuerda como un temblor. «Ese quizás haya sido el momento más increíble de todo el proceso». Nekane asiente: «Nos desbordó». Y así empezaron a preparar la casa, imaginar un rostro diminuto, sentir cómo la vida se llena de preguntas y la piel, de poros de ternura. Apenas podían creer que, en dos días, recogerían en brazos a alguien que todavía no conocían, pero que ya, de alguna manera, era miembro de su familia.

Llegada a la familia

Ekain tenía solo siete días cuando llegó a la familia. Los primeros días fueron un regreso a una música que creían olvidada, al llanto que corrompe la noche, a biberones a deshoras, a paseos lentos para calmar un temblor diminuto, a susurros que buscan acunar. Desde el principio quisieron que Ekain creciera sin sombras. «Nunca le hemos ocultado nada, al contrario. Él sabe desde el principio quién es. Es más, tiene una vez al mes visitas con su madre biológica», cuenta Luis. Para ellos, que creciera sabiendo su historia era una forma de amor. Una forma de decirle que no se le oculta nada, que no hay ningún secreto para él y que caminan de la mano.

El acogimiento de Ekain es permanente. Vivirá con ellos hasta los dieciocho años. Después, decidirá -como cualquier joven- si quiere quedarse o no. «Mi hija Mara también puede decidir si a los 18 se va de casa o se queda viviendo con nosotros», comenta Luis. Y Nekane sonríe. En su hogar, las decisiones son iguales para todos. También las oportunidades.

La educación de Ekain ha sido la misma que la de su hermana. En el día a día de ambos ha habido rutinas claras, cariño -mucho-, cuidados, límites, celebraciones y aprendizajes compartidos. «El tiempo que ha estado con nosotros, fíjate, le recibimos a los días de haber nacido, ha sido una experiencia de lo más enriquecedora», explica Nekane.

Compartir experiencias

A quienes se plantean acoger, Casquero y Dávila no les prometen un camino sencillo -«en absoluto lo es»-, pero sí uno profundamente transformador. «Animo a todo el mundo a experimentarlo. Un niño está siempre mejor dentro de una familia que en un piso tutelado. Por muy bien que se les cuide, lo que necesitan es una familia», alega Nekane.

Hoy Ekain tiene nueve años. Su risa cruza las habitaciones como una ráfaga brillante. Sus preguntas llenan la casa de vida. Su curiosidad la mantiene despierta. Cada mañana, cada tarde, cada noche se construye una familia más sólida en la que no faltan abrazos inesperados, juegos desordenados, miradas que se entienden sin palabras, el rumor alegre de dos hermanos que crecieron juntos y que se saben necesarios el uno para el otro.

Para Nekane y Luis, Ekain no es 'un niño acogido'. Es parte de su biografía. Llegó con siete y, desde entonces, cada gesto suyo les ha enseñado algo sobre el amor, la paciencia y la entrega. «Nueve años con nosotros, y no cambiamos ni un solo día... es algo irreemplazable… una experiencia que nos ha cambiado», declaran ambos progenitores. «Nosotros también hemos crecido con él. Es nuestra familia, y estamos muy agradecidos de haberle conocido».

En el Encuentro de Familias de Acogida de Gipuzkoa compartieron su historia con la esperanza de inspirar a otros. Porque abrir una casa es un gesto sencillo en apariencia, pero capaz de transformar vidas enteras. La suya lo demuestra.

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