«Para nosotros nadie está muerto hasta que nos digan lo contrario»

Joseba Garmendia y su compañero vieron la muerte de cerca mientras buscaban un fantasma

Joseba Garmendia, sobre la cesta del camión escala, en el exterior del parque de bomberos del Bidasoa. /FLOREN PORTU
Joseba Garmendia, sobre la cesta del camión escala, en el exterior del parque de bomberos del Bidasoa. / FLOREN PORTU
JAVIER GUILLENEASan Sebastián

Joseba Garmendia y su compañero vieron la muerte de cerca mientras buscaban un fantasma. El 20 de enero de 2015 entraron en un edificio en llamas de Azkoitia con la misión de rescatar a un hombre que, según decían, había quedado atrapado en la cuarta planta del inmueble. No se sabía si el hombre estaba vivo o no, pero eso a ellos no les importaba. Los bomberos tienen una especie de ley no escrita. «Para nosotros una persona no ha muerto hasta que nos digan lo contrario».

La casa era de madera, las llamas adquirieron muy pronto proporciones considerables y se extendieron a otros edificios. Aquello era un infierno que se agrandaba ante los dos bomberos del parque de Azpeitia que en lo alto de una escala se preparaban para saltar al tercer piso. «Ves las llamas y no dices nada, te tienes que meter dentro, para eso nos han formado», recuerda Joseba.

Historias

El incendio.
Saltaron al tercer piso y subieron al cuarto. Todo estaba en llamas. Caían cascotes a su alrededor. «En esos momentos tragas la poca saliva que te queda».
El retrete.
Tuvieron aque acudir a un domicilio para rescatar la dentadura postiza que se le había caído a un hombre en el retrete y había quedado atascada

Tiene 35 años, es de Urretxu y en la actualidad está destinado en el parque del Bidasoa, donde Joseba, bombero foral y de vocación desde 2008, se prepara para hablar del miedo, de la tensión constante y también del compañerismo. De un trabajo para el que hace falta mucho más que correr cien metros en poco tiempo. «La selección es durísima».

La cita es a las cuatro de la tarde pero ha faltado poco para que el encuentro no se haya producido. No hace mucho los miembros del retén han tenido que salir para rescatar a dos mujeres atrapadas en sus coches tras una colisión. El siniestro se ha producido no muy lejos, en Gaintxurizketa y, por fortuna, las dos accidentadas han sido rescatadas con vida.

«Confianza ciega»

Mientras una de las mujeres era liberada de la jaula de hierros en la que se había convertido su coche, uno de los bomberos que intervenían la habló para tranquilizarla. «Llámame Joseba», le dijo. No hizo falta más. A partir de ese momento ella no dejó de pronunciar su nombre. Cuando fue trasladada a una ambulancia, la herida aún tuvo fuerzas para decir: «Joseba, mi bolso».

En teoría es Joseba el único que va a hablar sobre su profesión, pero pronto se ve que va a ser imposible. En la sala donde se reúnen durante las horas de espera se junta el resto del grupo: Manu, Sergio, Unai, Aitor y Álex. Todos toman baza en la conversación aunque ceden el protagonismo a su compañero. Quizá sea una impresión errónea, pero da la sensación de que a veces se comportan como si fueran una sola persona.

En realidad están entrenados para eso, para actuar como un equipo sin fisuras. Saben que de ello depende su vida. «Yo sé que el compañero que tengo al lado no me va a fallar, que si va a hacer un nudo para sujetarme lo va a hacer. La confianza entre nosotros es ciega», afirma Joseba mientras sus compañeros asienten.

«No mitifiques nuestro trabajo, nosotros somos obreros», insiste Joseba que, espoleado por el resto del grupo, prosigue con el relato de lo que pasó en Azkoitia. Lo que cuenta no se supo en su día porque no trascendió. Tampoco es que fuera una gran aventura. Simplemente, dice Joseba, se trató de «una situación peligrosa».

Los dos bomberos saltaron desde la escala al balcón del tercer piso y se encaminaron hacia las escaleras para ascender hasta la cuarta planta en busca del hombre desaparecido. Llevaban consigo botellas de oxígeno, cada una de media hora de autonomía, y una manguera. «La llamamos la línea de la vida porque entramos con ella y es ella la que nos saca, como las migas de pan de Hansel y Gretel».

Pronto comprobaron que aquello era peligroso. A su alrededor caían cascotes pero siguieron adelante fieles a otra ley no escrita de su trabajo: «los bomberos nunca retrocedemos. Damos la vuelta y seguimos avanzando». Derribaron dos puertas y llegaron a la cuarta planta. «Desde fuera nuestros compañeros vieron que la situación se ponía mal y nos llamaron por la radio, pero no la oímos. Entonces pusieron las sirenas para avisarnos de que había mucho peligro, es un código que tenemos».

Poco después el techo se desplomó a tres metros de los bomberos. Fue esa la distancia que les separó de la muerte. «En esos momentos tragas la poca saliva que tienes, retrocedes, llamas para decir que estás bien y sigues trabajando, tienes que seguir buscando porque, aunque la persona esté muerta, hay que sacarla. Nosotros tenemos que actuar como si estuviera con vida», insiste.

Hasta la última gota

En esta ocasión no fue ni lo uno ni lo otro, porque en la casa no había nadie. Eso lo supo Joseba más tarde, cuando se esforzaba por cumplir otra ley no escrita que le enseñó un viejo instructor: «cuando vienes de un fuego tienes que beber agua sin parar hasta echar la última meada».

«Ese día tuve que cambiar tres botellas de aire, lo que es una salvajada porque a la segunda botella te entra un bajón tremendo», recuerda Joseba. «El traje que llevamos –explica– tiene cuatro capas y una de ellas es impermeable, lo que te hace sudar a chorros». Sus compañeros asienten. Después de su reciente actuación en Gaintxurizketa cada uno ha bebido una botella de agua de litro y medio.

Esta salida ha sido la primera de una jornada que empieza a las dos de la tarde y dura 24 horas. Todos los días hacen un mínimo de dos prácticas, revisan a fondo cada vehículo para evitar sorpresas y adaptan los retrovisores, los asientos y todo lo que se mueva a la altura de sus nuevos ocupantes. En cualquier momento puede sonar una sirena que les conduzca a destinos tan diversos como una casa o un monte en llamas, un enjambre de abejas, un cuerpo destrozado dentro de un coche, un gato en un árbol o, como le ocurrió una vez, un retrete. «Hace tiempo tuvimos que rescatar en Irun una dentadura postiza que se le había caído a un hombre en el retrete y se había quedado atascada. No sé qué hizo después con ella, me imagino que la limpió y se la puso».

Joseba conoce más historias pero prefiere no contarlas para que nadie tome una indiscreción como excusa para no llamar a los bomberos. Bastante tienen con los que piensan que les van a cobrar. «Aunque no es cierto, hay mucha gente que cree que tiene que pagarnos, algunos esperan antes de llamar porque piensan que les va a costar dinero y cuando lo hacen ya es tarde. Nosotros no cobramos, es importante que se sepa eso. Que no les dé vergüenza, que llamen sin dudarlo, por favor. Si no es nada nos volvemos, pero ya estamos en camino».