«Es el momento de contar los abusos que sufrí de mi abuelo; callarlo te hace más daño»
Tras tres décadas de silencio y más de 150 sesiones de terapia en los últimos cuatro años, la beasaindarra Olatz Telleria Gotor ultima su recuperación y denuncia que su abuelo la agredió cuando era niña
Oskar Ortiz de Guinea
San Sebastián
Martes, 18 de noviembre 2025, 00:00
Más de treinta años ha callado Olatz Telleria Gotor su sentimiento de culpabilidad por aquello que recuerda haber sufrido de pequeña, un día que con 12 años se quedó a solas con su abuelo. Durante más de tres décadas, esta beasaindarra de 49 años no fue «capaz de ponerle nombre» a 'aquello'. Fue algo «desagradable» que ella ha mantenido en silencio y por lo que se ha culpabilizado siempre ya que, aunque era una niña, no supo «cómo pararlo». Hoy, tras «una odisea» de 162 sesiones de terapia durante los últimos cuatro años es consciente de que aquel día en casa de sus abuelos fue objeto de abusos sexuales y es capaz de verbalizarlo. De hecho, necesita contarlo como parte de un proceso de recuperación que afronta ya su recta final. Sorprendida aún por «lo que cuesta contar este tipo de hechos» que «se intentan llevar en silencio», hace público su testimonio en el Día Mundial para la Prevención del Abuso Sexual Infantil, que se conmemora mañana. «Es importante visibilizar este tema. Según estudios, uno de cada cinco menores sufre o ha sufrido abusos sexuales. En una gela de 20 alumnos, saldrían cuatro víctimas. Por eso, conviene informar a los niños y niñas sobre esto, hay que hablar con ellos y explicarles, porque es algo que sucede demasiadas veces».
Y una sola vez puede marcar una vida entera, como en el caso de Olatz Telleria. Antes de rumiarlo en silencio, esta beasaindarra, vecina de Zegama, llegó a compartir dos veces su episodio de abusos. La primera vez, cuando en primero de BUP obtuvo cinco suspensos. Como hasta entonces siempre había sacado buenas notas, su hermana mayor le preguntó a qué se debía su bajón académico. «La verdad es que no recuerdo nada de lo que pasó después de lo de mi abuelo pero, no sé por qué, aquel día se lo conté a mi hermana. Ella se quedó en 'shock'. Al día siguiente me dijo que no había dormido nada. Me sentí hasta mal, '¿para qué le he tenido que decir nada?', pensé. Ella -que luego ha sido un gran apoyo para Olatz- se lo contó a mi hermano, y dos días después me comentaron que era mejor no decir nada». Tal vez fuera «lo más normal» para evitar el escándalo familiar. Porque, como muchas veces sucede en este tipo de situaciones, «cuando el abusador está dentro de la familia, lo complica todo».
Dos cursos después, en una excursión a Salamanca con el instituto, un grupo de alumnos y alumnas comenzaron a compartir confesiones sentados en las camas de una habitación. «No sé de qué hablábamos, pero yo lo solté. Me puse fatal ahí, estaba temblando. También estaba quien hoy es mi marido, que aún lo recuerda. Nunca más lo he comentado hasta ahora».
Durante varios años, Olatz siguió teniendo que coincidir con su abuelo, que tenía «70 años» cuando sucedieron los hechos que ahora denuncia su nieta. «Esta persona, el padre de mi madre, seguía viva. Vivía en Ordizia, así que estaba cerca, íbamos de vacaciones con él. Aunque el recuerdo de aquello yo lo tenía guardado en algún lugar de mi mente y no era algo que recordara a diario, su presencia me resultaba desagradable, me incomodaba. Una vez escuché a una víctima decir que el abuso sexual es como un incienso, que lo impregna todo. Y es verdad, porque cualquier detalle, te recuerda lo que te pasó», fruto del estrés postraumático.
«Hay que explicar a las niñas y niños qué son los abusos sexuales porque sucede demasiadas veces»
Cuando su abuelo murió en 2000, «yo tenía 24 años y pensé que ya está, aquello se ha acabado. Al poco nos fuimos a vivir a Zegama, nacieron los niños... He tenido una vida bastante funcional». ¿Una vida infeliz?, le preguntamos. «Una vida funcional», insiste. «Cuando leía o veía un reportaje sobre abusos sexuales, se me removía todo el cuerpo. Alguna vez, me daban hasta ganas de vomitar. Pero tenía una familia, un trabajo, y de algún modo sabía que tenía que seguir adelante».
«Perdí el control»
«Yo sé lo que viví aquel día -ahonda-, pero era algo que lo tenía guardado en algún sitio dentro de mi cabeza y creía controlado». Sin embargo, un hecho tan habitual en cualquier familia como dejar a su hija pequeña con sus abuelos -sola sin sus hermanos mayores, que tenían otros horarios en el instituto- fue la chispa que despertó a sus demonios. «Yo no tenía el más mínimo motivo para sospechar de mi suegro, al contrario: fue una persona que siempre estuvo ahí para apoyarnos», introduce Olatz. Pero cuando la pequeña tenía 12 años, la misma edad que ella aquel día que su abuela se fue a la compra y se quedó sola en casa con su abuelo, su mente lanzó un misil que fue a hacer diana en el punto donde dormitaba aquello a lo que era incapaz de ponerle nombre.
Y entonces, la «vida funcional» que había llevado a cabo, con su marido, sus tres hijos, su trabajo, su familia, sus amigas..., saltó por los aires. «Perdí el control por completo», subraya. «Me agobiaba mucho por cualquier cosa. Si mi hija mayor se retrasaba diez minutos a la hora de llegar a casa, me ponía muy nerviosa; también empecé a pensar mal de mi suegro, pero al mismo tiempo no quería decirle nada a la cría, tampoco comentarlo con mi marido... Lo pasé fatal. Me encerré en casa, dejé de hacer vida social, no podía ya ni ir a trabajar». Coincidió en un momento vital en el que había comenzado a practicar yoga, disciplina en la que «se mira mucho a tu interior», y se vio atropellada por sus tormentos. El médico de cabecera le dio la baja laboral. Cuando al año fue derivada a una inspección laboral, «me atendió un médico, que sin escucharme ni nada, me despachó en dos minutos: me dijo que si no había mejorado en un año ya no iba a mejorar, y me dio el alta».
«Preguntarte cómo en aquel momento no supiste decirle que no, me impedía verme como víctima»
Dar con el origen de su trauma, ponerle nombre y apellido, tuvo mucho de casualidad. Su desasosiego se reflejaba también a la hora de sentarse a comer, lo que la condujo a la consulta de la nutricionista a la que acudía su hija mayor cuando se hizo vegetariana. Y cuando la experta en alimentación se sentó con Olatz, pronto detectó «que el problema con la comida era lo de menos. Así que me derivó a un compañero suyo que para mí ha sido un ángel, el psicólogo Kike Esnaola», quien no puede evitar esbozar una sonrisa al escuchar, a su lado, el relato de su paciente.
En la clínica de psicología, Olatz Telleria «al principio tenía claro que no iba a contar nada», pero experimentó un tobogán de emociones desde el dolor y la angustia, y entendió que «había llegado el momento de contarlo porque callarlo solo te hace más daño». Recorrió así un laberinto complejo hasta identificar el origen de su pesar: nombre, abuso; apellidos, sexual infantil. Sentada en el diván, también pudo aclarar conceptos que tenía confundidos en su diccionario. «Yo siempre me he sentido culpable por no haberlo evitado aquello. Como muchas veces pasa, el agresor se ocupa bien de responsabilizarte y echarte a ti la culpa, te dice que 'será nuestro secreto'. A mí mi abuelo me pidió permiso, pero no recuerdo qué le respondí ni qué hice. No pude pararlo. Y el hecho de sentirte culpable, de preguntarte cómo en aquel momento no supiste decir que no, me impedía verme como víctima. Y si no te sientes víctima, no tienes forma de recuperarte. ¿Cómo te vas a recuperar de algo de lo que no te sientes víctima sino culpable? Y tampoco lo podía contar a la familia. Así que callaba».
Contarlo en casa
Según avanzaban las sesiones, Olatz fue comprendiendo algunos detalles de su personalidad, como por qué el olor a cloro de las piscinas, tan vinculado al trabajo de su abuelo, le resultaba desagradable. Finalmente, hace algo más de un año, el proceso de sanación de la mano de Kike Esnaola aconsejaron comenzar a compartir lo que sufrió de niña, como si exteriorizarlo fuera a sacarle también su pesar más íntimo. «Se lo conté a mi marido y hermanos, luego a mis hijos, y después fui con mis hermanos donde la ama. Para ella fue un 'shock' pero me creyó. Todos me han creído y me están dando un apoyo fundamental para superar esto». Su madre, incluso, se cambió el orden de apellidos para que Olatz pudiera poner de segundo el Gotor de su abuela materna en lugar del Iturrioz de su abuelo.
Con el resto de primos y tíos -nietos e hijos de su aitona-, ha sido más complejo. «Nadie ha cuestionado mi credibilidad», pero «el problema ha venido cuando yo he pensado que, debíamos hacer algo simbólico como familia, y entienden que el abuelo ya falleció, y no es el momento de remover nada. En el caso de Patxi Ezkiaga -el escritor y profesor de La Salle que fue acusado de abusos sexuales a los años de su muerte-, el pueblo de Legorreta le retiró los honores ya fallecido. Y yo pienso que debo hacer público lo que me hizo mi abuelo cuando era una niña. Quiero que mi testimonio, a través de este reportaje o mediante charlas en colegios o donde sea -la beasaindarra ha realizado un curso de posgrado de experta en intervención de víctimas de violencia sexual-, sirva para algo, para sensibilizar a toda esa gente», una de cada cinco personas según estudios, «que han sufrido abusos, que denuncien. Que no se callen ni se sientan culpables».
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