«La meteorología ha quedado en manos de la tecnología»
La histórica delegada de Aemet acaba de jubilarse, después de trabajar 23 años en Euskadi: «Aquí, desde luego, no te aburres»
Carlos Benito
Domingo, 30 de noviembre 2025, 01:00
Justo en el momento de hacer los retratos, empieza a chispear. «Vaya, ¡ahora llueve!», se queja el fotógrafo. Y Margarita Martín se siente obligada a ... puntualizar: «Es llovizna». La histórica delegada de Aemet en Euskadi se acaba de jubilar, pero está claro que sigue viviendo con pasión la meteorología, esa ciencia a la que se ha dedicado profesionalmente durante 41 años. Tampoco ha cambiado el tono tajante de sus opiniones y valoraciones, a veces controvertidas, y lo cierto es que su diagnóstico del presente está impregnado de desengaño: «La meteorología ha quedado en manos de la tecnología. Vivimos un desprecio sistemático por el ser humano, sustituido de forma progresiva por sistemas automáticos o máquinas», lamenta.
Ella empezó como observadora meteorológica a mediados de los 80, en su Zaragoza natal. Y, como ocurría en tantas parcelas del mundo, se encontró entre hombres. «Fui la única mujer en Zaragoza. Me presenté en el centro meteorológico y me mandaron al aeropuerto para formarme. El meteorólogo que había allí llegaba, dejaba la chaqueta y un portafolios en su mesa y desaparecía. No hacía nada, solo cobraba, porque no había hecho las oposiciones a un trabajo, sino a un puesto. Me cogió toda la ola de frío del 85, con la nieve hasta la rodilla, y cada hora había que ir a los aparatos de observación, a 700 metros de la oficina. Yo creo que me obligaron a ir allí para ver si abandonaba, pero volví. Al cabo de tres o cuatro días, veo que el meteorólogo abre un cajón pequeñito, saca un trapo y me dice: 'Puede usted ir haciendo prácticas de limpieza'. Se lo tiré a la cara y dijeron que era 'una observadora levantisca'», relata.
– Eso ha mejorado, ¿no?
– Se tolera que la mujer trabaje con el hombre codo a codo o por debajo, pero no que sea jefa. Ya no te sacan el trapo, pero la marginación sigue existiendo: de las diecisiete delegadas territoriales de Aemet, éramos mujeres tres, y ahora son dos.
«Sacó un trapo y me dijo: 'Puede usted ir haciendo prácticas de limpieza'. Se lo tiré a la cara»
La otra evolución que cuestiona Martín es la tecnológica. A los profanos nos suena contraintuitivo, pero ella sostiene que la observación manual daba mejores resultados: «Era mucho más precisa, porque había varios pluviómetros, pluviógrafos, termómetros, hidrógrafos, barómetros... Ahora, si hay una estación automática, solo es una, sin ningún control de lo que mide. La predicción era más difícil, con un satélite que daba una imagen cada media hora, pero eso se compensaba con que la gente era estable en su puesto y adquiría un conocimiento del clima local. Hoy, los modelos no pueden predecir un fenómeno limitado en el tiempo y en el espacio, como la dana de Valencia». En 1987, ella transmitió la primera 'situación 3', el nivel más alto de alerta: «Cayeron 915 litros en Gandía. Yo estaba entonces en Palma de Mallorca, sola con el observador, que se suponía que sabía menos que yo, pero era mentira, porque me tocó un observador mallorquín muy mayor que me dijo que aquella imagen del Meteosat no le gustaba nada. Y di el aviso, antes no se había hecho nunca».
14 años en Barcelona
Trabajó catorce años en Barcelona y se trasladó a Euskadi en 2002, huyendo de una difícil situación personal. ¿Es una tierra motivante desde un punto de vista meteorológico? «A mí me atraía mucho, porque siempre me interesó la meteorología marítima más que la terrestre. ¿Por qué? Porque fallábamos: pronosticabas viento de una dirección y algún amigo que navegaba te decía que no soplaba de ahí. Es el mayor desafío, porque hay muy poquitos datos del océano. Yo aquí he aprendido mucho de meteorología marítima. Y aquí, desde luego, no te aburres: las galernas, por ejemplo, son un fenómeno curioso. Son de aquí, del Cantábrico, aunque parece que en algunas zonas de la costa de Estados Unidos se dan fenómenos parecidos». Del mismo modo que las agencias registran con celo las efemérides, esos momentos en los que el tiempo se comporta de manera exagerada, también los profesionales suelen jalonar sus recuerdos con eventos meteorológicos. «Nada más llegar pasó lo del Prestige. Luego, me acuerdo del terrible verano del 2003, cuando se alcanzaron los 43 grados en Amurrio. Recuerdo las nevadas del 2005...».
Islandia o el Congo
– Por cierto, ahora que podrá pasear más... ¿cuál es su tiempo favorito?
– Yo lo que tengo es un tiempo detestado, ¡no me gusta el calor! Cuando nací, vivíamos en el Principado de Andorra, y en el 56 hubo unas heladas históricas, con 32 bajo cero. Mi madre me sacaba a la calle cuando la temperatura subía a menos 20. Y ya ves, luego siempre he odiado profundamente el calor.
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