Se buscan padres por contrato

La Diputación relanza el acogimiento especializado de menores tutelados con necesidades complejas. 22 chavales necesitan un hogar

Se buscan padres por contrato
Mikel Fraile
Arantxa Aldaz
ARANTXA ALDAZ

Son padres y madres, pero a la vez deben ejercer como los profesionales que velan por curar las heridas sufridas en la infancia de sus 'hijos', de ahí la dificultad de desdoblarse. Las familias de acogida especializadas forman un reducido grupo de hogares que intentan ser la medicina para los menores tutelados por la Diputación con perfiles especialmente complejos (ser adolescentes, sufrir discapacidad o manifestar trastornos graves del comportamiento, entre otros), lo que les hace tener un encaje difícil en el modelo de acogida voluntario, el más extendido en Gipuzkoa.

Los acogedores especializados –una figura legal de la que el territorio fue pionero– tienen formación y experiencia en educación y en el área de lo social, cobran un sueldo al mes por el cuidado a tiempo completo de esos críos y les proporcionan el cariño del hogar que a ningún menor le debería faltar. La fórmula funciona. El problema es que hay muy pocos candidatos a ejercer esa profesión. A día de hoy, solo once familias desempeñan esa labor en Gipuzkoa.

El programa ha sufrido un retroceso debido a un conflicto administrativo con la Seguridad Social, que entendía que estas familias debían ser contratadas directamente por la empresa gestora –Fundación Eudes en Gipuzkoa– y no ser considerados trabajadores autónomos. La Justicia dio la razón a la institución foral, que relanza ahora el programa y busca familias que encajen en el perfil exigido. «Se trata de conjugar dos realidades: el ejercicio de una profesión y la labor de una familia de acogida», resume Jose Mari Lezana, responsable del programa foral de acogimiento familiar. La necesidad, como ocurre con todos los acogimientos de menores tutelados, es perentoria: 22 niños y niñas esperan en centros forales a encontrar un hogar para intentar «curar esas heridas» emocionales con las que todos, de diferente manera, llegan marcados. En ese complejo camino, las familias están acompañadas por la Fundación Eudes, encargada de valorar a cada candidato y de supervisar el proceso a lo largo de los años. «El objetivo final es la integración del menor en la familia, que sea uno más», expone Marisa Aguirre, directora del programa de acogimiento especializado.

Bakartxo Etxeberria | Acogedora «El primer año costó, pero merece la pena ver cómo reviven estos chavales»

Bakartxo Etxeberria siempre había tenido la «inquietud» de acoger a un menor. Hace cinco años llegó a su vida Aitor, «un hijo más para mí».
Bakartxo Etxeberria siempre había tenido la «inquietud» de acoger a un menor. Hace cinco años llegó a su vida Aitor, «un hijo más para mí». / Mikel Fraile

«Que la gente se anime. Merece la pena ver cómo esos chavales florecen, cómo reviven», atestigua Bakartxo Etxeberria, madre de dos hijas biológicas y de un chaval que ya ha cumplido la mayoría de edad, Aitor, al que acogió hace cinco años. No edulcora la experiencia, sobre todo los inicios con la llegada del menor a su casa. Pero ha logrado completar un camino del que está orgullosa, sobre todo por los progresos que ha hecho el chaval. «Vino con trece años, con dificultades muy potentes –que se ahorra en describir–. Es el mayor de seis hermanos, de una familia muy rota y con mucho sufrimiento. Le costó mucho el primer año. Le costó mucho centrarse y a mí también».

Si la acogida de un menor, como la que hacen las familias voluntarias, nunca resulta un proceso sencillo, poder hacer frente a los problemas que presentan los chavales con necesidades especiales requiere de un «plus» de capacitación técnico y profesional, más allá del afecto. «Soy maestra, terapeuta de pareja y familiar. Estuve trabajando dieciocho años en Proyecto Hombre y también en programas de reinserción. Gracias a esa experiencia supo cómo mantenerse, porque al principio también hubo intentos de agresión», una forma de manifestar el dolor acumulado por una situación de desamparo. «A los siete años empezó a vivir en centros, cada vez de más contención», porque Aitor cada vez se comportaba de forma más agresiva y retraída.

El dato

11
menores se encuentran en la actualidad en hogares de acogida especializados. Otros 22 esperan en centros forales poder encontrar una familia de estas características. Son doce chicos y diez chicas. La mayoría tienen más de 13 años. Ocho de ellos llevan más de tres años esperando ese hogar que les proporcione una crianza terapéutica en el calor de una familia.

Bakartxo siempre había tenido «la inquietud» de querer acoger a un menor en su casa, pero su pareja no lo tenía tan claro. La separación matrimonial propició la decisión. Cuando se sintió preparada, descolgó el teléfono y llamó a la Diputación. La Fundación Eudes, responsable del programa, se puso en contacto con ella para la valoración de su perfil y resultó ser una candidata ideal.

«El cambio le vino bien». Pasó a estar en un centro a vivir en una familia, en un municipio alejado de su entorno habitual. «En el colegio Antoniano de Zarautz se volcaron, increíble», quiere agradecer Bakartxo, que en general se ha encontrado siempre con la mano tendida de todos a quienes explicaba la situación compleja del chaval. Recuerda el día en que le dio la llave de casa. «Fue muy importante para él. Nunca había podido traer a un amigo a una casa, porque no la tenía. Es empezar a normalizar su vida», añade.

El contacto con la familia biológica se mantuvo en parte. «Con sus hermanos, sobre todo con los chicos, queda con frecuencia. Se llaman, se mandan whatsapps, van al cine». Con la familia materna la relación se perdió, pero sí mantuvo los lazos con el padre, con visitas supervisadas cada quince días. Enseguida asumió los nuevos roles. «Al año de estar en casa ya decía que yo era su madre. Y para mí es un hijo más», se sincera Bakartxo. El aprendizaje ha sido mutuo. «Suena raro de entender, pero si algo he aprendido con Aitor es a no hablar. A estar, simplemente. Que no llegase a una casa vacía. He sido muy fiel a cubrir sus vacíos».

Del vértigo de aquella primera acogida hace cinco años ha pasado a otra situación desconocida para ambos. Aitor ha cumplido la mayoría de edad y, legalmente, dejará de estar bajo amparo de la Diputación. Tiene un año y medio de prórroga para ir construyendo su camino hacia la emancipación, un futuro en el que Bakartxo estará «sí o sí» a su lado. También está siendo acompañado por los profesionales de la Fundación Eudes. «Ni yo quiero perder el vínculo ni Aitor quiere perderlo. Ya me está preguntando si vendrá a comer a casa. ¡Por supuesto! Yo quiero seguir siendo un referente como lo soy para mis hijas, que ya son mayores». Tiene siete nietos, uno de ellos en acogimiento familiar, porque a sus hijas también les ha inoculado la preocupación por los derechos de la infancia más desprotegida.

José Antonio González | Acogedor «Somos su aita y su ama, y a la vez tiene que haber una parte de objetividad»

José Antonio González y su mujer dejaron su vida en Madrid para instalarse en Gipuzkoa y ejercer de familia de acogida especializada.
José Antonio González y su mujer dejaron su vida en Madrid para instalarse en Gipuzkoa y ejercer de familia de acogida especializada. / Mikel Fraile

José Antonio González encontró en el programa de acogimiento especializado de Gipuzkoa lo que él y su mujer llevaban años buscando sin éxito: poder desarrollar su trabajo y a la vez dedicarse a la protección de menores desprotegidos. Integradores sociales de profesión, tienen dos hijos adoptados, uno de ellos tras un proceso de acogida. Por eso, cuando hace años vieron un reportaje en 'Informe Semanal' en el que se exponía la experiencia inédita de Gipuzkoa con el modelo de acogimiento especializado, decidieron cambiar de vida y venirse a vivir de Madrid a Donostia. Mandó el currículum y fueron seleccionados como familia acogedora especializada. Al poco tiempo llegó a su nueva casa la pequeña Nora. «Fue primero un acogimiento urgente –que puede prolongarse hasta los seis meses–, pero las circunstancias que fueron surgiendo llevaron a un modelo de acogida permanente». La cría fue diagnosticada de una discapacidad y además la valoración de los servicios sociales sobre su familia biológica tampoco recomendaba el regreso a su entorno. Hasta hoy.

José Antonio cuenta que, dada la particularidad de su caso, la adaptación a esos cambios ha ido moldeando la relación y la acogida. Dice que la clave es precisamente saber ponderar esas dos funciones, la de ser su familia pero también su profesional de referencia. «Somos su aita y su ama. Pero tiene que haber una parte de objetividad porque te haces cargo de un caso, se establecen unos objetivos de trabajo, hay que redactar informes periódicos, y también hay una familia biológica con la que trabajamos, cosa que con el acogimiento voluntario no es así –de esa parte se encargan directamente los servicios sociales y no el acogedor–».

Qué es

Acogimiento especializado
Se diferencia de la acogida voluntaria por el perfil de los menores –con necesidades y circunstancias especiales– y el de los acogedores –que tienen que ser profesionales con formación en educación o trabajo social–.Pueden ser personas solas o en pareja.
Las familias de acogida especializada son contratadas por la Diputación, bajo la figura de autónomos. Cobran un sueldo bruto de 3.000 euros al mes y reciben una ayuda de 1.200 euros para los gastos de manutención, ropa, ocio... de los menores.
Contrato
Las personas interesadas pueden ponerse en contacto con la Fundación Eudes, en el teléfono 943466116 (de lunes a viernes, de 08.00 a 15.00 horas) y en el mail pafp@fundacioneudes.eu

Tanto José Antonio como Bakartxo dejan claro que esta fórmula de acogimiento no se sostiene únicamente por un interés económico. Cobran un sueldo bruto de 3.000 euros al mes, del que para empezar tienen que descontar la cuota de autónomas –el mínimo son 300 euros–, y otros gastos. Y también reciben una ayuda foral de 1.200 euros al mes para cubrir los gastos de alimentación, ropa, tiempo libre de los menores... «Pero solo por dinero las familias no aguantarían mucho. Hay un interés profesional de poder realizar un trabajo de intervención social con menores desprotegidos. Es un programa útil, que beneficia a los menores que necesitan estar en familias para que les aporten esa crianza terapéutica» y puedan ser, al fin y al cabo, niños y niñas, sin más adjetivos.

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