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Quisieron extender los tamarindos a otras zonas

Los tamarices, que no tamarindos, típica imagen donostiarra. / KUTXATEKA / FOTOCAR / VICENTE MARTÍN
Los tamarices, que no tamarindos, típica imagen donostiarra. / KUTXATEKA / FOTOCAR / VICENTE MARTÍN

1944 Mientras los tamarices contaban con entusiastas partidarios, otros advertían de que estaban enfermos |

Hace 75 años se llegó a hablar en San Sebastián de la idea de extender los típicos tamarindos (ya saben, en realidad tamarices) del paseo de La Concha al Boulevard y la Avenida de la Libertad. Los icónicos tamarindos hubieran tomado los principales espacios donostiarras.

No ocurrió así, pero dio pie a la publicación de un artículo en la sección 'Tribuna donostiarra' de EL DIARIO VASCO el 16 de marzo de 1944, firmado por J.V., que reflejaba la visión que entonces se tenía sobre los árboles de la ciudad y sus problemas. Con él, y con sus terribles noticias sobre el estado de salud de los tamarindos, les dejo.

«Los rumores llegados a mis oídos estos días acerca del resurgimiento del malhadado proyecto de derribar el arbolado de la Alameda para sustituírlo por tamarindos, y hacer otro tanto con los de la Avenida, parece que no tienen fundamento, según noticias de buen origen (...)».

«Hoy sólo quiero ocuparme de los tamarindos, de los que algunos son tan entusiastas que no querrían otros en nuestros paseos. Aunque esta exageración la he combatido alguna vez, no solo porque en muchos sitios no pueden producir los efectos de grandiosidad y de perspectiva, ni de frescura tampoco (...), sino por la monotonía que daría tanta repetición. Resultarían los paseos 'standarizados'».

«Pero hoy voy más lejos, sintiendo con ello romper la ilusión de sus partidarios, entre los que no me excluyo, salvando las reservas indicadas. Y todavía lo siento más por los propios arbolillos, tan indicados en algunos sitios, y tan bonitos siempre con su grácil follaje y alegre colorido que se resuelve en doradas tonalidades a través de un largo otoño. Pero es que hace años que he hecho un descubrimiento en el que no quedan bien parados. Así pues, yo me atrevo a rechazarlos. ¿Por qué? No precisamente por falta de atractivos (...) sino por carencia de un buen certificado de salud».

«Todos (los tamarindos) arrastran una vejez prematura hereditaria. Un noventa por ciento están ya completamente caducos, y en vano se esfuerzan por mostrar una aparente vitalidad, apoyados algunos en una inútil ortopedia, y rellenos todos con una argamasa que les aumenta el peso, sin músculos para soportarlo (...)».

Resistir el salitre

«Pasen, pasen revista los que no se hayan fijado, a lo largo de toda La Concha y Alderdi-eder. Da pena verlos. Se puede ofrecer cinco duros por cada uno medianamente sano, a cambio de una peseta por cada enfermo».

«Es una pena, pero ante la evidencia, yo me iría preocupando de buscarles sustitutos. Árboles bonitos, y mucho más, los hay. Lo que hace falta es que resistan bien el salitre del mar (...)».

«Y ya que de árboles hablo, llamo la atención del Ayuntamiento por el abandono en que se encuentran los del Castillo. Aquí son olmos los desahuciados. Estos olmos de pomposa fronda están también heridos de muerte. Por lo tanto, prepárense otras especies para su paulatina renovación».