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1964 | Olor a tortilla de patatas y vino en el paseo de los Fueros

Recordaban las romerías en que corría la bota de vino. / FONDO MARÍN / PASCUAL MARÍN
Recordaban las romerías en que corría la bota de vino. / FONDO MARÍN / PASCUAL MARÍN

Había visitantes que comían en mesas plegables o el suelo en puntos céntricos, «como en el monte en día de romería» |

Hace unos días comentamos la estampa romera del paseo de los Fueros, en el que diversos grupos de familiares y amigos, sentados en el suelo, comían tranquilamente sobre papeles con las cazuelas humeantes en el centro. La estampa, ayer, tuvo traslado de lugar y se situó en la misma plaza de Zaragoza, rodeada de varios hoteles, como ustedes saben» (DV, 7 de julio de 1964).

¿Y qué hacían aquellos practicantes del picnic en plena ciudad que horrorizaban hace 55 años? «Los comensales sacaron su mesita de viaje, le pusieron un mantel, pusieron ensalada y demás y lo pasaron muy bien. Lo que ignoramos es si les llamaron la atención. Esperamos que la escena no tendrá continuidad en lo sucesivo».

Comían en la calle nada discretamente, eso sí, con mantel en su mesa de camping. Nos llama la atención la estampa 'romera' y buscamos su precedente en el paseo de los Fueros. La encontramos detallada en la edición del diario del 30-VI-1964.

«Desde hace algún tiempo, el paseo de los Fueros tiene asignada una misión: la de garaje o zona de aparcamiento para autobuses. Si esta misión nos parece bien, advertida su necesidad y por no tener otro lugar más apropiado para ello, pues fácil contar medio centenar de vehículos cualquier domingo del año, y hasta pasado el centenar cuando repican a fiesta grande o en cualquier domingo de verano, no nos parece nada bien que los visitantes dispongan de dicho lugar como de cualquier campa en la montaña en día de romería».

«Antes de ahora hemos escrito que en el paseo de los Fueros se come y se deja en el suelo los residuos de los bocadillos. Si el comerse un bocadillo nos parece muy bien, el tirar al suelo los residuos nos hacía considerarlo como una falta de educación (...)».

«Pero la estampa del domingo ya no nos pareció nada bien. A nuestra ciudad arribaron numerosos autobuses, repletos de viajeros, que llegaron a pasar la jornada aprovechando que al siguiente día era fiesta. Llegó la hora de la comida y el paseo de los Fueros se convirtió en el merendero del barrio. Vimos, sentados en el suelo, en un grupo, hasta catorce personas dando cuenta de la obligada tortilla de patatas, mientras esperaban unas cazuelas con pollos asados y cestos de frutas para completar el almuerzo».

«En otros puntos del paseo, grupos de ocho, seis, cuatro personas, repitiendo la misma escena y con parecidos menús. La estampa podrá tener o no importancia en los tiempos en que vivimos, pero no dice nada en favor de nuestra ciudad, pues con aire de romería ofrece una sensación campera que nosotros no tenemos, por la sencilla razón de que esta no es una ciudad a la que se puede venir con la pretensión de extender el mantel en un céntrico lugar y despachar un almuerzo, sentados en el suelo, mientras corre la bota de vino».

Y terminaban quejándose de que «no pasó un guardia municipal que les indicara que aquel no era sitio para sentarse en el suelo» o que, si pasó algún agente «hizo la vista gorda para no amargarles una hora tan importante del día».