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1954 | Acordeón y baile a lo suelto en las animadas romerías de Loyola

De romería en 1932. / FONDO MARÍN / PASCUAL MARÍN
De romería en 1932. / FONDO MARÍN / PASCUAL MARÍN

Mikel G. Gurpegui
MIKEL G. GURPEGUI

Evocamos hoy viejas romerías. Como las que recordaba Javier Gaytán de Ayala en un artículo publicado en DV el 30 de mayo de 1954 echaba la vista atrás, hacia las romerías de su juventud.

«Yo recuerdo, ahora, la clásica -una de las primeras del año- que se celebraba en esta época del año, en tierras y campos del simpático Loyola, a orillas de nuestro río, romería que se repetía domingo a domingo, y que precedía a la grande, que era la de los San Juanes». Las romerías loiolatarras celebradas en la «risueña» época del final de la primavera se celebraban en un campo que «como regocijado, se cubría de verde hierba, fresca».

«Habían sonado ya las tres de la tarde. (...) La larga fila de carruajes, al bordillo de la Avenida, esperaba los clientes retrasados. Los cocheros al pescante, látigo enhiesto».

«- ¡A Loyola... a Loyola! ¡A dos reales!... ¡A Loyola!...».

«Había también quien llegaba a la plaza del popular barrio (...) embarcado en botes y, mas clásicamente, en areneras gabarras, dispuestas convenientemente con bancos y banderolas, guirnaldas floridas y farolillos de colores».

«Llegados a Loyola, el acordeón lo llenaba todo... La cerveza empezaba, entonces, a desplazar a la sidra, e incluso a la más plebeya 'cizarra', más pastueña y dulzona... Los balcones de la plaza, repletos de bellezas donostiarras que presenciaban, emperegiladas y dignas, la fiesta popular, mostrando, en verdad, envidia de las neskas que bailaban... 'hasta erreventar'... El 'humazo' del aceite nos hacía toser y lagrimear, a más y mejor. No había churros, que es invento creo que importado por los simpáticos riojanos. Se compraban bocartas, tortillas como de cemento, shangurros, lapas y carraquelas; y riquísimas lampernas, que ni siquiera se llamaban percebes (...)».

«Había ya desaparecido el clásico 'shashi-damboliñ', sustituido por el ruidoso acordeón (...) pero el canto y el baile a lo suelto eran irremplazables, y recibidos con gritos y aplausos de satisfacción por todos los romeros».