«Lourdes, tienes una hija preciosa»

La errenteriarra Naiara Arteaga Zubillaga narra una vida de superación. Nació sin brazos y una pierna. Un relato en homenaje a su familia y sobre todo a su madre, fallecida en 2015. «Quiero animar a la gente a vivir, a sonreír».

Arizmendi
Arantxa Aldaz
ARANTXA ALDAZ

La única condición que pone Naiara Arteaga Zubillaga para el reportaje es que todo el mundo se seque las lágrimas después de llorar. Esa filosofía de vida de superación, quizá simplemente aceptando lo irreparable, ha tenido que aplicarla desde que nació, sin los dos brazos y sin una pierna. A sus padres se lo comunicaron al nacer, un 13 de diciembre de 1983. En ninguna revisión médica anterior les avisaron del problema congénito con el que iba a nacer la primera de sus hijas -a los cinco años llegó Leire-. Su madre le contó que el ginecólogo sí ponía «caras raras» en las ecografías, pero jamás les comentó nada. «Fue un shock para ellos. Normal. Me esperaban llenos de ilusión y amor. Eran jóvenes y no tenían ni idea de lo que estaba por llegar». Su madre, a la que practicaron una cesárea, tardó una semana en ir a conocerla. «Lourdes, tienes una hija preciosa», cuenta Naiara que le decía cada médico o enfermera que entraba a la habitación del hospital. Lourdes, su ama, nunca se permitió el lujo de hundirse en la rabia, la impotencia y la tristeza. Y una vez recuperada de la operación y de aquel primer impacto, empezó a luchar «con todas sus fuerzas durante toda su vida», igual que su padre, Juanjo, al que recuerda metiendo horas y horas en el trabajo para poder llevar un sueldo a casa y que su madre pudiera dedicarse al cuidado de Naiara.

Tras el «shock» inicial, sus padres lucharon contra todo. «Inténtalo siempre», le decía su ama

Hoy esta errenteriarra es una mujer «fuerte y luchadora», se describe ella misma sin complejos pero sin heroicidad alguna. Su historia extraordinaria, llena de recovecos que son imposibles de transmitir en unas líneas, es un canto a la vida. «Quiero demostrar que se puede tener una vida completa con diversidad funcional, que se puede hacer de todo, que no tenemos que quedarnos en casa. Quiero animar a la gente a vivir, a sonreír», un relato emocional que ha empezado a narrar en un canal de Youtube en homenaje a su familia y amigos, pero sobre todo a su madre, que falleció a causa de un cáncer de mama en 2015.

Ese fue «el peor año» de la vida de Naiara. De nuevo se vio obligada a elegir entre el lamento o la valentía. Y volvió a asumir que lo único que podía hacer era seguir para adelante. «Siento que ella me da fuerzas. Si yo soy así es gracias a mi madre, que siempre me animaba: 'Inténtalo siempre'», rebelde ante cualquier dificultad. «Se peleó contra el mundo por mí», le agradece.

Naiara cuando era pequeña junto a sus padres
Naiara cuando era pequeña junto a sus padres

«Mi mano-pie»

Para quien no conoce a Naiara resulta impresionante verla desenvolverse en la rutina. Pintarse los labios con su «mano-pie», como le llama, o contestar con la lengua en el teclado del móvil a un whatsapp. Durante muchos años practicó natación y llegó a estar clasificada para las paraolimpiadas. Está acostumbrada a las miradas y prefiere que le pregunten a bocajarro cualquier duda, antes de ser objeto de habladurías. «Normalidad ante todo», esgrime haciendo gala del lema con el que ha bautizado su canal de Youtube 'Yoquieroyopuedonai'. Sube vídeos casi a diario y se lo toma como un trabajo. Le gustaría que su historia ayudara a otros y ya está por ejemplo en contacto con un colegio para poder dar charlas a los chavales. Su carácter facilita que todo el mundo que se tome el tiempo de hablar con ella acabe seducido por su persona.

Sus primeros recuerdos de infancia están asociados a las consultas médicas y a los incontables viajes al hospital madrileño Ramón y Cajal. A los dos años le operaron por primera vez. Le estiraron la pierna, porque nació con la extensión doblada para dentro. Escayola, hierros... «Todo salió bien», pero fue la primera de más de una docena de intervenciones. Las imágenes que le grabaron los médicos en las que aparece probándose unas prótesis de hierro en los brazos y en la pierna reflejan la dureza de su infancia que, pese a todo, califica de «muy feliz». No parece una actitud para congraciarse. Sus amigos dicen que tiene «un don». «Es un ejemplo para todos nosotros por su capacidad de superar barreras», refleja Mikel, compañero desde el instituto.

Tuvo una infancia «muy feliz», pese a las incontables consultas médicas y operaciones

El primer día de ikastola fue diferente para todos. «Me miraban todos con la boca abierta». Pero nunca se sintió rechazada. Al contrario. Esos mismos alumnos le han acompañado durante muchos años de su vida. Uno de los primeros días de clase, cuenta, la profesora les dio una lección. «Les contó que yo pintaba con el pie. Se quedaron alucinando. Y ella les dijo que todos íbamos a hacer lo mismo. Se sentaron todos en el suelo, se quitaron los zapatos y empezaron a pintar. Tengo ese recuerdo grabado como si fuera ayer».

Una mujer «fuerte y luchadora». Naiara aplica el consejo que le dio su madre y pelea cada obstáculo. «Normalidad ante todo», defiende con su carácter alegre, pese a todas las dificultades desde que nació. Hoy vive en Canarias junto a su pareja.

Fiel a ese carácter inconformista y sin ataduras, nunca se movió a gusto con las prótesis que le iban probando. «Me sentía muy robocop, y nunca las quise para hacer bonito, sino para que me ayudasen a tener mejor calidad de vida. Y no era el caso». Decidió retirárselas a los 19 años, después de una adolescencia en la que «pasó por un pequeño bache», al verse diferente al resto y una cabeza «llena de preguntas», pero que superó como ha hecho con todo.

Para seguir con esa vida extraordinaria, hace ya casi diez años se instaló en Canarias, donde ahora vive con su novio, Yojan, «la luz que lo ilumina todo». Quieren tener hijos. «Quiero ser madre. Y sé que, aunque necesite ayuda externa, podré hacerlo». De lo único que se lamenta es de no poder tener una mejor calidad de vida por cuestión de dinero. «La desgracia es que todas las mejoras cuestan dinero. Obras para adaptar la casa, una silla mejor, o unas prótesis más modernas y ligeras», que si las encontrara estaría encantada de poder probar. Cobra una pensión y estuvo trabajando durante un par de años en un zoológico de Fuerteventura como administrativa, pero no ha vuelto a encontrar trabajo. «Los prejuicios existen. Desde que te ven en la entrevista...». En la calle, también se siente a veces menospreciada por miradas de incomprensión. «Cuando voy a un bar, la primera palabra siempre se la dicen a mi acompañante. O por ejemplo, si tienen que adecuar la mesa, les preguntan a ellos si con ese espacio es suficiente, en lugar de preguntármelo a mí. Es curioso. Parezco invisible». Señala a la silla de ruedas en la que se mueve y a punto está de llorar, pero de la risa, la que se mofa muchas veces de esas circunstancias insignificantes, la que ha hecho posible su historia extraordinaria, la que aplica el consejo materno: «Inténtalo siempre».

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