«Veo imágenes del 'Aquarius' y me sigo preguntando cómo conseguí llegar vivo»

Ali Kalil, de 35 años, y su hijo Kalil, de 7, ayer en San Sebastián./JOSÉ MARI LÓPEZ
Ali Kalil, de 35 años, y su hijo Kalil, de 7, ayer en San Sebastián. / JOSÉ MARI LÓPEZ

Huyeron de Siria hace 5 años y ahora tratan de rehacer su vida en el territorio, donde se sienten «bien acogidos» Ahmad, Ali Kalil y Amira relatan a DV su odisea hasta llegar a Gipuzkoa

Estrella Vallejo
ESTRELLA VALLEJOSAN SEBASTIÁN.

Palabras como 'tragedia', 'drama' o 'miedo' han ido perdiendo fuerza, quizás de tanto utilizarlas, para describir la intensidad y la dureza de las vivencias de las miles de personas refugiadas que se han visto obligadas a huir de sus hogares. La atención de las últimas semanas se centra en el 'Aquarius' y los otros dos barcos de la Marina italiana que trasladan a 630 inmigrantes rescatados en aguas del Mediterráneo central y que ya han desembarcado en Valencia. No obstante, el buen tiempo obliga a vigilar de cerca el Estrecho y el Mar de Alborán, donde se han rescatado hasta mil imigrantes en 48 horas.

Las imágenes de los botes a la deriva estremecen y aterran a cualquiera. Qué decir tiene si además la persona que observa esas escenas viaja en el tiempo a través de ellas hasta el momento en el que se ataba algo parecido a un chaleco salvavidas para subirse a un pseudo bote que le permitiría cruzar de Turquía a Grecia. Ahmad piensa en el 'Aquarius' y menea la cabeza. «Veo esas imágenes y me sigo preguntando cómo conseguí llegar vivo», confiesa.

Este sirio llegó a Gipuzkoa en 2016. Ha aprendido castellano con cierta celeridad y ayuda a traducir las palabras de su compatriota Ali Kalil, que apenas lleva once meses en Villabona. «Es duro ver lo que están viviendo esas personas», añade el sirio en la línea de lo que cuenta posteriormente Amira (nombre falso). Ella tiene 20 años y se siente incapaz de mantener la mirada fija en el televisor cuando emiten esas imágenes. «No puedo, lo siento, pero haber vivido eso es muy duro y si lo veo me paso la noche llorando». Son tres historias de las miles que existen, pero que contribuyen a no mirar hacia otro lado ante el drama -otra vez- que viven las personas refugiadas.

Ahmad: «Pagué 850 euros por cruzar a Grecia en un bote muy pequeño con otras 45 personas más a bordo»

Ahmad tiene 34 años y nació en la ciudad siria de Deir ez-zor, donde desde que empezara la guerra han fallecido cerca de 4.000 personas, en su mayoría civiles. Por suerte, este joven, su hermano y su madre, Maha, de 75 años, forman parte de las 160.000 residentes que se vieron obligados a huir y pudieron hacerlo.

Echa la vista atrás y recuerda las primeras revueltas en su ciudad, cuando su familia todavía regentaba un restaurante. Las manifestaciones y concentraciones para reivindicar una vida mejor se fueron enturbiando hasta que una persona falleció. «Fue el primero de muchos», dice. El ambiente en su ciudad natal era cada vez más tenso hasta que una mañana de un sábado de 2012 «sobre las nueve», el estruendo de una bomba le hizo saltar de la cama. «El ruido fue tan fuerte que llegué hasta la ventana de un bote y vi una nube de humo inmensa. Toda mi familia y yo bajamos corriendo y nos escondimos en el sótano de casa. Pasamos mucho, mucho miedo». Lo siguiente que recuerda es ver «40 tanques por las calles avisando por un altavoz que teníamos treinta minutos para abandonar la ciudad».

Ali Kalil: «Me siento muy afortunado de haber podido llegar hasta aquí junto a mi familia»

Cogieron el coche, y tras pasar a recoger a su hermana, emprendieron rumbo a Damasco. «Por el camino había muchísimos coches, autobuses y gente andando, porque no tenían cómo desplazarse». En la capital siria vivió hasta 2016, pero la carestía de la ciudad - «mi salario era de 70 euros al mes y el alquiler del piso rondaba los 120»- les obligó a emprender una nueva partida, hacia Turquía.

En la costa turca, tuvieron que abonar 850 euros cada uno para subir al bote. «Eran de plástico y muy pequeños, pero aún así nos metieron a 45 personas». Fue entonces cuando Ahmad se vio cara a cara con el mar y fue consciente de dónde se encontraba. «El trayecto fue muy duro, con mucho miedo. Duró dos horas, pero se hicieron como dos años. Cada vez que lo pienso no sé cómo llegamos vivos», reitera.

Ya en el país heleno, reconoce su suerte al poder pasar los tres meses que estuvieron allí en un hotel en lugar de en los asentamientos. De todas formas, «me acercaba al puerto todos los días para ayudar a la gente», indica.

Amira: «Vivir eso es muy duro y no puedo ver imágenes del 'Aquarius' porque me paso llorando toda la noche»

Gracias a Naciones Unidas consiguió llegar a Madrid y de allí fue derivado a Lasarte-Oria, donde reside desde hace dos años. Ha realizado un curso de auxiliar administrativo y su próximo reto es empezar con el euskera y perfeccionar el castellano para encontrar un trabajo. Volver a Siria sigue siendo el sueño de Ahmad y su familia, pero por el momento no es una opción.«El 75% de mi ciudad está destruida» y aquí se siente feliz. «Nos han acogido muy bien y la gente es muy amable», subraya.

De Alepo a Beirut

Ali Kalil, de 35 años, podría considerarse -con muchas comillas- de los afortunados. No tuvo que hacer desplazamientos a pie durante semanas ni jugarse la vida cruzando el mar Egeo. Pero por nada más. Vivió en Alepo hasta que la guerra les obligó a huir en 2013. «Par proteger a mi familia», metió a su mujer Laila, y a sus tres hijos, Fatima, Kalil y Mezgin en un autobús rumbo Damasco, para después desplazarse en coche hasta Líbano, donde permanecieron 3 años.

Consiguió un trabajo en una huerta y «el terrateniente nos permitió vivir en la caseta que tenía sobre el terreno». Pero tenían clara una cosa: «Teníamos que salir de allí, aunque para ello debíamos esperar a la llamada de Naciones Unidas», señala. No les fue fácil mantener la esperanza, pero esa llamada finalmente llegó. Hace once meses que abandonaron Beirut y un avión les derivó a Madrid donde la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) les destinó finalmente a Villabona. Es un hombre de pocas palabras, pero se le ve sincero cuando confiesa que «me siento afortunado por haber llegado hasta aquí junto a toda mi familia», en referencia a todos los niños que viajan solos en el Aquarius.

Una odisea embarazada

La historia de esta joven siria estremece. Prefiere conservar en secreto su identidad por lo que en adelante será Amira. Su historia también arranca en una ciudad cercana a Alepo, cuando en 2012, además de ser testigo del inicio de la guerra, una bomba se llevó a su padre. Ella tenía 14 años y aquello, remarca, cambió su vida y la de su familia.

Aguantaron durante tres años, hasta que se mudaron a otra localidad cercana. «Pero no teníamos casa, no había agua, comida ni electricidad y no estábamos seguros con las bombas cayendo todo el rato...». Aquella situación extrema les obligó a tomar una decisión y emprender el camino a pie hacia Turquía. La dureza de aquellos meses la recuerda perfectamente.

«Era febrero y hacía muchísimo frío. Tuvimos que andar mucho por las montañas y fue muy duro, porque además estaba embarazada de seis meses». A las exigencias físicas que le requería el trayecto se sumaba la inseguridad «por las bombas y porque la policía turca no nos quería dejar entrar», relata.

Pero una vez que llegaron a la costa de Turquía, se relajó. «El momento del bote también fue duro y daba miedo porque eran muy pequeños, pero nada iba a a ser peor que lo que ya había vivido. Solo el hecho de pensar que ya estaba en un país en el que no había bombas ya me hacía estar tranquila», dice con un castellano bastante claro.

Tras permanecer varios meses en Grecia, hace dos años que fue destinada a Gipuzkoa. Acaba de terminar el programa preparado por Cruz Roja para facilitar la integración de las personas refugiadas. «Primero hice un curso para aprender castellano y las costumbres de aquí, y después me enseñaron conceptos para poder trabajar», explica al tiempo que reivindica que «encontrar trabajo para personas como yo es muy importante para sentirnos seguras y parte de esta sociedad».

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