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Historias de Gipuzkoa

El mar como destino manifiesto de Gipuzkoa: la nao San Juan y los navegantes que unieron tres continentes

La reconstrucción del barco ballenero recuerda que de este pequeño territorio salieron Elcano, Urdaneta y Legazpi, artífices de la primera globalización marítima del siglo XVI

Martes, 11 de noviembre 2025, 00:05

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El viernes pasado se botó, después de diez años de trabajo, el casco de la nao ballenera San Juan que el astillero histórico Albaola ha reconstruido en ese tiempo. Falta aún bastante para aparejar y que esté «a son de mar» ese navío. Es decir: listo con todos sus mástiles, aparejos, jarcias y velamen y con tambuchos, botes… asegurados y anclas y carga bien estibadas y trincadas antes de zarpar. Todo lo cual hará de él finalmente esa reproducción perfecta de un barco ballenero como los utilizados por los guipuzcoanos hace quinientos años.

Sin duda la nao San Juan va a ser un buen medio de recordar ese episodio formidable de la vida pasada de aquellos antiguos navegantes. No eran cosa menor, en efecto, las odiseas transatlánticas en las que participaron ese antepasados que incluso han merecido por ello una calle dedicada en San Sebastián a esa memoria que ahora se ve reforzada con la inmensa mole de madera que flota ya sobre la bahía de Pasajes, de la que salieron tantas expediciones a la caza de ballenas durante siglos. Hasta que el negocio dejó de ser rentable.

Botadura de la nao San Juan el pasado viernes. EP

Mientras llegaba ese día muchos guipuzcoanos arriesgaron sus capitales, unos, y sus vidas, los otros, para ir a cazar a aquellos leviatanes de los que se obtenían grandes beneficios y, sobre todo, algo tan fundamental en un mundo sin electricidad como la iluminación por medio de las toneladas de aceite que se extraían de aquellos grandes cetáceos cazados en latitudes heladas que requerían equipos especiales a los hombres enrolados en esos viajes a Terranova, a la costa del actual Canadá... donde se encontraron los restos que han inspirado la hazaña, tampoco menor, de reconstruir uno de esos barcos como la nao San Juan.

Aun así y todo la impresionante silueta que flota desde el viernes pasado en las aguas pasaitarras, es tan solo el reflejo de una hazaña todavía mayor que aquellas cacerías de ballenas. Porque, aunque los libros de Historia poca, o ninguna, justicia han hecho a esos hechos, lo cierto es que un pequeño territorio como el guipuzcoano hizo más, mucho más, que limitarse a lanzar expediciones balleneras en mares casi desconocidos, helados y sumamente peligrosos.

Un gran prodigio náutico: la gran ruta hacia Oriente

Pese a las palabras del lehendakari Pradales en el acto de la botadura de la nao San Juan, suele ser raro que en la Historia guipuzcoana, vasca y en su derivada española se hilen los hechos de modo que sucesos aislados como las naos balleneras, el descubrimiento de América, la expedición de Magallanes culminada por Elcano…, adquieran un sentido pleno como el que habitualmente se da a los hechos de otros navegantes europeos de la época como Jacques Cartier, John Cabot o Walter Raleigh.

Retrato de Juan Sebastián Elcano por Ignacio Zuloaga (1921). Palacio de la Diputacion Foral en San Sebastian

Algo hasta cierto punto lógico -aunque injusto- porque realmente es difícil admitir, o incluso suponer, que una de las provincias más pequeñas de Europa pueda reclamar ningún protagonismo en esa gran Historia de la Era de los Descubrimientos. Sin embargo los hechos, que son lo único que importa a la Historia, dicen justo lo contrario.

Estos empiezan en los Fueros guipuzcoanos, y, en general, en la mayor parte de la documentación generada por el gobierno provincial desde el siglo XVI. Ahí siempre se clamaba que los privilegios forales estaban bien justificados por ser la tierra guipuzcoana, áspera, poco fértil, montuosa…

Unas quejas que pueden sonar a vana retórica, a pretexto para obtener más y más concesiones de la corona, pero lo cierto es que la Geografía, a simple vista, viene a corroborar esas afirmaciones. Y, tras la Geografía, la Historia, otra vez, justifica esas palabras que se repiten como una fórmula que, aun así, no tiene nada de retórica o de vacío ritual.

Para los guipuzcoanos del siglo XVI era completamente cierto, más allá de la letra del Fuero, que el mar es la gran, a veces única, alternativa a una tierra en la que no se pueden cultivar grandes extensiones de olivos, de vides, de cereales... o criar grandes cabañas de ganado para producir leche, carne, lana, cueros…

Así el comercio y la navegación son tan imprescindibles a muchos de ellos como lo eran para las grandes repúblicas marítimas como Génova o Venecia.

Fue así como en apenas unos pocos años de ese siglo XVI, en el que comienza la Era de los Descubrimientos, serán precisamente tres guipuzcoanos los que, lanzados a ese mar desconocido, temible, en naos no muy distintas a la San Juan, culminarán una hazaña aun mayor que cazar ballenas, abriendo una de las mayores rutas mundiales anteriores a la Era industrial y a sus modernos métodos de navegación.

El primero de los tres es el getariarra Juan Sebastián Elcano. Un modelo casi perfecto de esos guipuzcoanos que tienen que buscar su fortuna lejos de esa tierra montuosa, poco fértil, a la que se refieren los Fueros de la provincia. Es así como esos avatares difíciles lo llevan a la expedición de Magallanes buscando la ruta segura a las Islas de las Especias. Una aventura marítima formidable que, a su vez, hace de él el primer comandante naval, tras la muerte de Magallanes, que consigue culminar la vuelta al Mundo.

Andrés de Urdaneta, según una pintura de Antonio Valverde

De esa primera expedición derivan otras, como la de Loaisa. En ella destaca Andrés de Urdaneta, el segundo guipuzcoano que por medio de cálculos náuticos minuciosos descubrirá -polémicas aparte con Alonso de Arellano- el modo en el que cruzar con seguridad el nuevo océano descubierto tras las primeras expediciones por tierra y mar, haciendo así posible unir desde entonces a tres continentes: Asia, América y Europa. Creando de ese modo un flujo de riqueza impresionante, que arrojaba unos astronómicos porcentajes de beneficio cada vez que se descargaba una flota que hubiera transportado en sus bodegas mercancía traída desde Asia merced a la ruta del Tornaviaje establecida por Andrés de Urdaneta.

Estatua erigida en Zumarraga en honor a Miguel Lopez de Legazpi. Esculpida por Aniceto Marinas (1897). Lobo Altuna

Algo que tampoco habría sido viable de no ser por un tercer guipuzcoano de ese mismo siglo XVI: Miguel López de Legazpi que tanto como navegante como militar conseguirá confirmar las teorías de Urdaneta sobre la nueva ruta segura hacia Asia y asegurar el archipiélago de las Islas Filipinas. Una escala fundamental para las naos que hacen desde entonces ese largo, pero lucrativo, viaje desde Oriente hasta el Virreinato de Nueva España y de allí a Europa.

Así tres navegantes guipuzcoanos culminaron, en muy pocos años, ese gran prodigio náutico que ninguna otra provincia de aquel vasto planeta descubierto y surcado por ellos podría reclamar, con la Historia en la mano, como propia.

Todo eso, en realidad, es lo que ahora, por el momento, recuerda ese gran casco de la nao San Juan que se mece, otra vez, en las aguas sobre las que se escribió esa parte de la Historia de Europa, del Mundo, tan extraordinaria. Tan única en realidad.

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