Condenado en Gipuzkoa un empresario por acosar sexualmente y abusar de una empleada de 19 años

Condenado en Gipuzkoa un empresario por acosar sexualmente y abusar de una empleada de 19 años

La había contratado por un mes para sustituir a otra trabajadora durante su período de vacaciones

DV Y AGENCIAS

Un empresario ha sido condenado a penas que suman dos años de cárcel por acosar sexualmente y abusar de una empleada de 19 años a la que había contratado por un mes para sustituir a otra trabajadora durante su período de vacaciones.

Según la sentencia, los hechos se produjeron en agosto de 2016 cuando el acusado, mayor de 65 años y que tiene una empresa que se encarga de vigilar los accesos y recepción de paquetería de otra compañía situada en una localidad del interior de Gipuzkoa, contrató a la chica, quien pretendía invertir el sueldo del mes en sacarse el carné de conducir.

La víctima, que ha sido representada en este asunto como acusación particular por el abogado José Luis Cantero, debía desarrollar sus funciones en una garita instalada en la entrada de la empresa, a pesar de lo cual, el 12 de agosto, el procesado se brindó a enseñarle las instalaciones de la empresa «sabiendo que la mayoría de los trabajadores ya se había marchado».

De esa manera, ambos llegaron a las dependencias del servicio médico, donde invitó a la chica a sentarse en la camilla, tomó un fonendoscopio, le pidió que se subiera la camiseta para auscultarla y en el momento en el que la joven se apartó le puso este aparato sobre el pecho.

Tres días después, cuando la víctima estaba sentada en una silla de ruedas en su puesto de trabajo, el inculpado entró en la garita, se situó detrás de ella y le preguntó si tenía ganas de mantener relaciones sexuales porque, según le espetó, todas las chicas de su edad «siempre» las tienen, al tiempo que le realizó distintos tocamientos en la ingle y el ombligo sin que la perjudicada pudiera moverse porque su agresor tenía la silla «agarrada».

Seguidamente, el procesado le dijo: «las chicas que fuman huelen a cenicero», mientras intentaba «darle un beso en la boca», aunque la joven se apartó, «de tal modo que el hombre le dio el beso en la mejilla», tras lo que se marchó diciéndole: «voy a por pintura y te voy a pintar entera».

La jornada siguiente, el 16 de agosto, la perjudicada se encontraba nuevamente en su puesto, «vistiendo una camisa que le dejaba parte de la espalda descubierta, dejando visible del sujetador», cuando entró su jefe y, «acercándose por detrás» le indicó que iba a hacerle «un masaje», instante en el que «le desabrochó el sujetador de tal modo que la joven cruzó las manos, tapándose los pechos para que no quedaran descubiertos».

La víctima aclaró al hombre, quien en ocasiones se dirigía a ella con expresiones como «churri» y «rubia», que esa actitud «no le hacía gracia» por lo que éste «le abrochó el sujetador y se marchó».

Ese mismo día, al acabar la jornada laboral, la perjudicada fue acompañada por el acusado a la estación del tren y, al llegar a su parada, donde la esperaba su madre, le dijo que no quería volver más al trabajo, le confesó lo que le había sucedido y, después de hablar con el padre, la familia decidió denunciar los hechos ante la Ertzaintza.

Para condenar al hombre, la sentencia otorga ahora total credibilidad al «coherente» y «persistente» testimonio de la joven, en el que no encuentra «ánimo espurio, de venganza o resentimiento», además de resultar «verosímil», «certero» y «sin contradicción alguna».

La resolución rechaza además la existencia de una finalidad económica en la decisión de la víctima de denunciar lo sucedido, como sugirió la defensa y que, según la sentencia, «no se sostiene en modo alguno», ya que la chica «ni tan siquiera» acudió a la empresa «a recoger su finiquito».

«La víctima no conocía al acusado y decidió interponer una denuncia, no porque ella inicialmente tomase la iniciativa sino porque su madre detectó que algo raro le pasaba, y decidió ir a juicio con la única prueba de su testimonio, con lo que cabe entender que no hay más motivo o razón en su denuncia que sacar a la luz lo sucedido», zanja el escrito judicial.

La sentencia considera que estos hechos son constitutivos de un delito de acoso sexual y otro de abuso sexual, por los que impone al hombre penas que suman dos años de prisión y dos de libertad vigilada.

Asimismo, el inculpado no podrá aproximarse a la chica ni comunicarse con ella durante cinco años y deberá indemnizarla además con 4.000 euros por las secuelas psicológicas y los daños morales causados.