Carmen Maganto: «Si a un hijo no se le dedica tiempo, se sentirá solo y no querido»

Carmen Maganto, antes de su comparecencia del mes pasado en la jornada sobre soledad organizada por el Teléfono de la Esperanza de Gipuzkoa./Lusa
Carmen Maganto, antes de su comparecencia del mes pasado en la jornada sobre soledad organizada por el Teléfono de la Esperanza de Gipuzkoa. / Lusa

La psicóloga alerta de los «muchos casos» de soledad en menores y reivindica que no se infravalore su malestar

Estrella Vallejo
ESTRELLA VALLEJO

Pensar que niños, adolescentes y jóvenes están exentos de todo trastorno emocional es una idea muy extendida que la doctora en psicología, especialista en psicología clínica, Carmen Maganto lleva años tratando de deshacer. Los menores, independientemente de la edad, se preocupan, sufren y se sienten solos. «Mucho más de lo que la gente piensa», advierte esta profesora de la UPV/EHU que hace unos días impartió una charla en Tabakalera, en el marco de las jornadas 'La soledad duele', organizadas por el Teléfono de la Esperanza de Gipuzkoa.

- ¿A qué se refiere con que hay más casos de los que la sociedad cree?

- Una cosa es la soledad social, cuando un joven -normalmente adolescente- no tiene amigos. Esta cuestión se debería abordar con mayor ahínco en los centros educativos para evitar que a la hora del recreo un alumno se quede solo en el patio. Y otra, cuando el niño se siente solo a nivel emocional, pese a estar acompañado a nivel familiar o de cuadrilla. Y de éstos hay muchísimos más casos de los que pueda parecer.

- Pongamos el ejemplo de un niño de ocho años. ¿A esa edad tan temprana es posible tener un sentimiento de soledad tan agudo?

- Por supuesto. La soledad tiene que ver con el afecto, se tenga la edad que se tenga, y llega cuando una persona no se siente importante ni querida. Puede darse por un contexto familiar complejo; o lo más habitual, porque los padres tienen muy poco tiempo y mucho trabajo, están muy estresados y cuando llegan a casa cansados, en el trato con sus hijos, van a lo esencial: a que coman, duerman, estudien, no hagan gamberradas, se acuesten cuanto antes, no hagan ruido y les dejen estar tranquilos. Es decir, que esa rapidez del día a día se traduce en poco tiempo para interesarse por su vida, para observar y escuchar.

- ¿Y así es como lo reciben los menores?

- Una vez pregunté en clase a niños de 11 años qué significaban sus padres para ellos. Uno se quedó callado, pensando, y tras insistirle dijo: «Mi padre es una tarjeta de crédito, porque solo le digo 'Aita quiero esto' y él la saca, pero no tiene tiempo de escucharme». Así de claro y así de crudo.

- Defiende que la soledad no es mala compañera pero, ¿cuándo se convierte en un aspecto negativo?

- En la adolescencia, la soledad es necesaria para conocerse uno mismo, saber lo que uno busca. Ahora bien, a la edad que sea, cuando es emocional, impuesta y cronificada no es buena. Y, menos aún cuando va acompañada de ansiedad y depresión.

- ¿Se detectan más casos de estos trastornos en edades tempranas?

- Están mejor identificados. Antes no se creía que los niños pudieran tener depresión o ansiedad. Hoy sí, y puede que un médico de familia, si tiene vista, sepa identificar que un niño coge demasiados catarros, gripes o no quiere salir de casa... No sé cuántos niños hay que no se atreven a decirles a sus padres que en el colegio sufren bullying. Pero si no hay una cercanía, un contacto habitual y una confianza, si no se le dedica tiempo a un hijo, conseguir que de la noche a la mañana se siente y se sincere es muy difícil.

- ¿Cómo se puede retomar esa confianza?

- Nuevamente, con tiempo. Mi hijo necesita contarme lo que le ha pasado a lo largo del día por mucho que para los adultos sean tonterías. Me tiene que contar que le han pegado y que el resto se ha reído. Y en lugar de decirle que carece de importancia, deberíamos empatizar con él y decirle «jo, vaya disgusto». Escucharlo, entenderlo y devolverle ese feedback para que sienta que estás de su parte. Por eso tengo un lema que siempre digo a los alumnos: Ante los problemas de las personas, lo afectivo es lo efectivo.

«Demostración de cariño e interés, tiempo y contacto deben ser imprescindibles entre padres e hijos»

«A muchos padres les da apuro controlar el móvil de sus hijos. Eso puede derivar en situaciones de riesgo»

- ¿Qué indicios deben alertar a unos padres?

- Cuando su hijo o hija se encierra en su cuarto, no quiere hablar con ellos, no cuenta nada sobre su vida, su cara de tristeza o indiferencia, la forma en la que ha empezado a vestirse, el tatuaje o piercing que se ha hecho... Hay muchas señales y a veces no entiendo cómo los padres no se dan cuenta.

- Hay quien puede escudarse en que su hijo es muy tímido...

- Puede ser. Pero el problema es que los niños más tímidos, sobre todo, los adolescentes, son los que más utilizan las redes sociales, donde se comportan de manera más atrevida y descarada. Las utilizan como válvula de escape de sus limitaciones de fobia social y del rechazo que sienten por parte de sus compañeros y eso les expone a muchos riesgos que los padres ignoran, entre otras cuestiones, debido a la brecha digital que aún existe. Les da corte coger su móvil, porque creen que no tienen derecho a saber en qué están metidos. Y los casos de 'sexting', 'grooming' o similares no son tan aislados.

- ¿El uso no apropiado de las redes sociales en adolescentes está perjudicando el desarrollo de sus habilidades sociales?

- Las redes sociales me parecen maravillosas, pero requieren de un acompañamiento y de un trabajo que no se está haciendo. Es raro ver a un grupo de adolescentes en el que no estén casi todos más pendientes del móvil. Tienen una necesidad de contacto continuo, pero esa comunicación es de lo más superficial. Se mandan mensajitos cortos, «Hola», «jiji», emoticono, frases cliché. No tienen una verdadera comunicación profunda.

- ¿Convendría que los centros escolares estuvieran más alerta de casos de soledad emocional o los trastornos que ha mencionado?

- Sí, convendría, pero están muy limitados. Si el colegio cuenta con un psicólogo, aunque esté más enfocados a trastornos del aprendizaje, puede ser una forma de identificar algunos casos. Pero de lo contrario, si un profesor detecta que una niña no está bien, llama a sus padres, que tampoco están muy por la labor de enterarse de qué va la historia y se escudan en que son cosas de críos. Este profesor puede hablar con la niña un día o dos, pero no puede acompañarla a diario. Y eso siempre que se detecte, porque se han dado casos de asumir que una alumna es maravillosa, tranquila, no da problemas, aunque suspenda, y resultar que la pobre tenía una depresión de libro. Esto no ocurre en la mayoría de los casos, pero tampoco puede obviarse que también sucede.

- La solución parece compleja y de difícil puesta en práctica.

- Hay cuatro factores imprescindibles: tiempo, contacto y demostración de cariño e interés. Si un adolescente llega un día a casa con un piercing o un tatuaje, los padres en lugar de montarle una bronca, quizás deberían preguntarle qué significa para él, por qué se lo ha hecho, si es por un amigo al que ha querido imitar, si se siente menos por no llevar las 'insignias' del grupo... Normalmente, cuando un adolescente hace eso es porque tiene ganas de diferenciarse o llamar la atención por algo. Así que sí, el tiempo es fundamental, pero también lo es que los adultos seamos conscientes de que aunque nuestros hijos lo tengan aparentemente todo, también tienen problemas y preocupaciones que les angustian.