Un arranque de Navidad en un escenario de ensueño
Un espectáculo de drones ilumina la bahía de La Concha y los jardines de Alderdi Eder acompañado por la música de Izaro y el encendido de Iñaki Gabilondo
La primera chispa de la Navidad prendió este viernes en Donostia con esa mezcla de magia, expectación y pellizco infantil que, año tras año, transforma la ciudad e ilumina progresivamente Gipuzkoa. La tarde caía lentamente sobre Alderdi Eder, donde los árboles parecen susurrar algo al viento y el rumor de la gente crecía como la ilusión que solo estas fechas saben convocar.
Con la semana agotándose, familias, turistas, curiosos y niños incapaces de quedarse quietos aguardaban el instante en que Donostia volvería a permitirse brillar y despuntar en iluminar al territorio de Navidad.
A las 19.30 en punto, la voz de Izaro emergió desde la terraza del Ayuntamiento, clara y cercana, como un destello abriéndose paso entre la penumbra. Interpretó algunos de los temas que componían 'Gabonetan' su trabajo más reciente, el mismo que presentó hace poco menos de un año en el Kursaal como preludio de la Nochebuena. Era un repertorio nacido para estas fechas y que encajó a la perfección con la temperatura emocional del público.
Cuando la cantante se retiró, el cielo se quedó convertido en una página en blanco. Y entonces comenzó a dibujarse el ensueño de la capital guipuzcoana:. El espectáculo 'Donostia Ametsetan' con casi 600 drones –más o menos 200 más que el show del año pasado– que ascendieron sobre la bahía con una precisión casi coreográfica.
Uno tras otro, los puntos de luz comenzaron a formar figuras que parecían flotar entre los montes y el mar: símbolos de la ciudad, edificios históricos como el María Cristina, el Peine o el propio consistorio. Emblemas como las Regatas, el Zinemaldia. Guiños a su historia, geometrías que respiraban al ritmo de la música y que sorprendieron a las masas.
El encendido
Desde Alderdi Eder hasta el paseo de La Concha, la multitud seguía la danza aérea con una mezcla de incredulidad y ternura. La exhibición, creada por Flock Drone Art Studio solo para esta tarde, tenía algo de sueño compartido: un instante que perteneció a todos y que nadie podrá reproducir exactamente igual. La brisa ligera del Cantábrico añadía un temblor poético a las imágenes luminosas que se disolvían, una tras otra, en la oscuridad.
Tras el último destello, el cielo volvió a apagarse. Y una cuenta atrás para de lo más colorida para dar la bienvenida a las fiestas.
Fue entonces cuando Iñaki Gabilondo subió al escenario simbólico para activar el encendido oficial. El periodista donostiarra se convertía así en la figura perfecta para representar la memoria de la ciudad y de la radio que la ha acompañado durante un siglo, como guiño además del centenario de Radio San Sebastián-Cadena SER que tantos oídos ha calmado. Al pulsar el interruptor, no solo iluminó calles, plazas y fachadas, porque tendió un puente entre tradición y modernidad, entre tecnología y emoción.
Con ese gesto, y un caluroso aplauso, Donostia se abrió en luz. 169 arcos, 181 motivos en farolas, 227 árboles decorados y cinco grandes elementos de suelo dibujaron un mapa brillante que invitaba a caminar sin prisa.
Ciudad iluminada
En Reina Regente, el pino de 18 metros volvió a erigirse como guardián del invierno; en la Zurriola, la Bola de Navidad recuperó su papel de refugio para fotografías, risas y encuentros improvisados. El alumbrado permanecerá hasta el 6 de enero, iluminando un mes en el que la ciudad se vuelve, de algún modo, más ella misma en todos sus registros. Porque es marítima, melancólica, cercana al mismo tiempo… y siempre dispuesta a celebrar.
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Y aunque anoche Donostia acaparó todas las miradas y dio el primer paso en la Navidad, otros puntos de Gipuzkoa también se preparan para encender estas fechas. Irun lo hará este sábado con una agenda repleta de actividades y pronto se sumarán más localidades de la provincia, prolongando la magia y la luz por todo el territorio, emulando a la gran ciudad.
Y es que Donostia no solo encendió la Navidad. Encendió también la certeza de que hay rituales que, por muchas veces que se repitan, siguen siendo capaces de maravillar.