«Me apasiona poner en evidencia a un testigo que miente»

Mari Cruz López Gascón, abogada de oficio, asegura que «hay que estudiarlo todo para descubrir el error»

Mari Cruz López Gascón /F. DE LA HERA
Mari Cruz López Gascón / F. DE LA HERA
JAVIER GUILLENEASan Sebastián

En un rincón del despacho de Mari Cruz López Gascón aguardan veinte gruesas carpetas con los más mínimos detalles del caso que lleva entre manos. Lo está leyendo todo minuciosamente. Estudia legajos, expedientes, declaraciones, fechas, relatos de los hechos, informes… Busca el eslabón débil, el punto en el que deberá presionar para lograr la anulación del proceso o la absolución de su cliente. «Hay que estudiarlo todo para descubrir el error. Las primeras escuchas telefónicas que se anularon en Gipuzkoa fue gracias a mí. Las nulidades de los expedientes me apasionan», afirma.

No es lo único que le apasiona de su trabajo. Por algún motivo especial que solo entenderán otros letrados, a Mari Cruz le parecen bonitos «hasta los delitos contra la seguridad del tráfico». Pero, sobre todo, lo que le gusta es ser abogada de oficio, «estar a pie de calle».

Historias

Sobreactuación.
El abogado levantó la mano en mitad del juicio y dijo con solemne indignación: «juro por mi honor y por mi toga que jamás he preparado a un testigo».
El perito.
Un perito escribió en un mismo día dos informes diferentes para una misma persona. «Cuando me di cuenta de que la fecha era la misma lo machaqué en el juicio».

Lo es desde el principio, desde que en la década de los noventa se decantó por el Derecho Penal. «Era la época de los ideales, cuando crees que puedes luchar y conseguirlo todo». Mari Cruz creía que con su trabajo «podría ser útil a los demás». Han pasado más de veinte años y sigue pensando lo mismo a pesar de todo lo que ha vivido.

«Comencé a trabajar en la época de la heroína». Como abogada penalista y de oficio empezó a entrar en las cárceles y «patear juzgados». «Conocía a gente que había estudiado conmigo y ahora se estaba muriendo en una prisión, había situaciones terribles. La primera vez que entré en una cárcel pensé que si alguna vez metían allí a alguien de mi familia yo me moría», recuerda.

Pese a que al principio cada vez que iba a una prisión «salía fatal», persistió en sus intentos de ayudar a aquella gente. «Me llamaban la reina de los gitanos», dice. De aquellos tiempos duros quedan muchos recuerdos y demasiados fantasmas. «Casi todos los clientes que tenía han muerto», afirma la abogada.

El atracador de bancos

Queda también de aquellos tiempos el recuerdo del cliente que más le ha marcado en su vida. «Era un atracador de bancos que no salía hasta 2017. Se escapó de la cárcel y cuando le cogieron le acusaron de haber robado otros seis bancos». El preso se enfrentó a seis juicios en los que el fiscal reclamaba para él otros tantos años de cárcel.

Era el primer año de Mari Cruz como abogada en ejercicio. «Aquel chico se había intentado suicidar varias veces en la cárcel, estaba destrozado, muy deprimido, y me dijo que hiciera lo que pudiera». Y lo que hizo fue aferrarse al hecho de que en las ruedas de reconocimiento todos los testigos, salvo uno, habían identificado sin ninguna duda al acusado.

Solo fueron dos sesiones. En la primera acudieron dos testigos que reconocieron al procesado. «Pedí que viniera el resto de los testigos y se suspendió el juicio. Recuerdo que ese día salí de la sesión sola, estaba lloviendo y yo no dejaba de llorar. Me había dejado la piel pero era muy inexperta y pensaba que no tenía que haber cogido ese caso. Era demasiada responsabilidad».

Pero llegó la segunda sesión y gracias a aquel único testigo que no había identificado al presunto atracador logró anular las ruedas de reconocimiento y su cliente fue absuelto en los seis juicios. El preso volvió a la cárcel para cumplir su condena anterior y mantuvo «una especie de amistad» con su abogada. Le escribía cartas y le contaba sus progresos. «Lo trasladaron a Nanclares, empezó a hacer teatro y se echó una novia. Creo que al final le ayudé». Hace tiempo que ya no le escribe y que no sabe nada de él. Supone que ya ha salido de prisión pero no lo ha preguntado. Prefiere no hacerlo por lo que se pueda encontrar.

Que su cliente sea inocente o no es algo que no le preocupa demasiado, al menos desde un punto de vista profesional. «Yo no estoy para juzgar sino para defender los derechos de mis clientes. Los que juzgan son los jueces», repite cada vez que surge este tema en la conversación. Esa es la teoría, pero llevarla a la práctica no siempre es agradable. «He llevado casos que me repugnaban, con acusados de abusos de menores, violencia de género, y he tenido con ellos defensas buenísimas. Por supuesto que tengo miedo de que si quedan en libertad vuelvan a hacer lo mismo, pero esas personas tienen derecho a un juicio con todas las garantías».

Una sala de vistas es un espacio en el que en ocasiones se ven cosas como jueces tratando de contener la risa, letrados que sobreactúan, frases rotundas, negativas tajantes que se desmoronan, engaños flagrantes y testigos que hacen lo que pueden. En medio está el procesado, como aquel funcionario que cuando declaró «tenía muy bien aprendida su historia». «Utilizaba una voz modulada y cada vez que le preguntaban si había hecho alguna cosa respondía ¡jamás! Estuvo toda la mañana diciendo ¡jamás! con esa voz que ponía». En la sesión de la tarde le empezaron a sacar documentos comprometedores y le pidieron que revisara los expedientes con su firma. El funcionario rotundo y seguro de sí mismo desapareció por completo. En vez de ¡jamás! empezó a repetir «no lo encuentro» mientras hojeaba nervioso los documentos.

«Me apasiona poner en evidencia a un testigo que está mintiendo, yo disfruto con eso», explica la letrada irunesa. Le ocurrió con un perito que había hecho en un mismo día dos informes con datos diferentes para una misma persona. «Me di cuenta de que la fecha era la misma y le machaqué en el juicio».

Un poco de teatro

A pesar de toda su experiencia, Mari Cruz no puede evitar ponerse nerviosa. «A mí me estalla el corazón. Yo creo que todos los abogados están nerviosos antes de una sesión, incluso los que parecen más seguros. Cuando empecé había uno que tenía una oratoria maravillosa y me dijo que el día que se acaben los nervios era la hora de retirarse. Ese hombre parecía muy tranquilo pero antes del juicio no se le podía ni hablar. Es que te juegas mucho, te juegas la libertad de una persona».

Hace falta sangre fría para hablar en público y, sobre todo, para hablar convincentemente. Y si con eso no basta, nunca vienen mal las técnicas teatrales. «Tienes que poner ímpetu, hacer como que te crees lo que estás diciendo», explica Mari Cruz. Y para eso nadie como aquel letrado «que hacía muchísimo teatro». «Se indignaba mucho y se ponía muy rojo, fuera de sí. A veces te entraba la risa y tenías que aguantarte como pudieras, como cuando en un juicio el abogado levantó la mano y dijo: 'juro por mi honor y por mi toga que jamás he preparado a un testigo'. Todos nos quedamos callados, sufriendo para no reír».

A Mari Cruz le esperan las veinte carpetas de su último caso. Nunca ha dejado de ser abogada de oficio y no piensa hacerlo, aunque no siempre sea fácil trabajar con unos clientes que no confían demasiado en los abogados. «A veces tienes que trabajar solo porque el cliente pasa de ti, muchas veces ni siquiera van a los juicios». Pero ella sigue pensando que merece la pena. Sigue creyendo en ello. «Podemos ayudar a mucha gente», dice.

 

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