Amal quiere culminar su odisea en Gipuzkoa

La joven siria quiere emprender junto a sus hijos una nueva vida lejos de la agresividad de su marido

Amal quiere culminar su odisea en Gipuzkoa
Beatriz Campuzano
BEATRIZ CAMPUZANO

«Necesito ayuda» es la frase que más se repite en la conversación entre Amal -nombre ficticio que se le dió para preservar su seguridad- y Sara Pineda, de la oenegé Pasaportes para Siria. Repasar ese intercambio de mensajes es pasar de los corazones a las notas de audio en las que los 'thank you for the money' se mezclan con las pocas palabras de castellano que los niños de Amal pueden pronunciar.

La historia de Amal es conocida: mujer refugiada que huye con su marido y sus hijos de la guerra de Siria en 2016. Llegan a Turquía y de ahí, como los miles de refugiados y migrantes que se vieron forzados a abandonar su país, cruzan a Grecia en un bote. En el país heleno, en vez de empezar una nueva vida lejos del miedo y del estruendo de las bombas se encuentra, una vez más, con la agresividad de su marido. Vuelve a pegarla, pero esta vez en Europa. Y algo cambia. Sara Pineda e Itziar Villalba, dos voluntarias guipuzcoanas, son las primeras en encontrarse con el testimonio de esta joven en la isla de Chíos. Han pasado dos años desde entonces y ahora piden ayuda porque «su marido le ha encontrado y la ha amenazado de muerte porque quiere recuperar a sus hijos. Su vida está en peligro», relata Villalba.

La situación no es la misma que hace dos años y Amal, por su situación de extrema vulnerabilidad en la que vive debido a su doble condición de refugiada y de víctima de la violencia machista, busca compartir su historia. Lo primero que hace es mostrarse a rostro descubierto porque Amal ya no es Amal. Se llama Safa, tiene 28 años y no esconde su identidad. El miedo lo sigue teniendo y ahora por partida doble. A las secuelas de la guerra, que siguen presentes en su día a día, se le suma el terror de encontrarse de frente, al salir de su casa en Atenas, con su marido maltratador sobre el que recae una orden de alejamiento.

Ya no se esconde

Safa ha dejado a Amal atrás y se abre para contar su vida. Sara Pineda e Itziar Villalba han recibido el testimonio de esta joven siria y lo han compartido con este periódico en busca de solidaridad. La historia de Safa es el relato de una niña obligada a convertirse en mujer a los once años. Es hacerse mayor de golpe. Es no poder decidir y ver cómo su vida cambiaba de la noche a la mañana al verse obligada a casarse con la persona que su familia había decidido. Safa vivía en Aleppo con su marido y regentaban un restaurante. «Ella cocinaba y él llevaba lo demás hasta que las deudas de su marido les obligaron a cerrar el negocio», narran las voluntarias. Entonces estalló Siria. Lo que comenzó como un levantamiento pacífico contra el presidente Bashar al Asad en marzo de 2011 se convirtió en una brutal y sangrienta guerra civil. Como muchas familias sirias, decidieron emprender el camino hacia Europa para hallar la paz y dejar a un lado el miedo a la muerte. Pero ese temor a morir no ha desaparecido, sino que ha aumentado desde hace una semana cuando después de dos años, juicios y denuncias, el marido de Safa ha vuelto a aparecer. Y con él, la inseguridad.

Cómo ayudar

Con el objetivo de 3000 euros para pagar 5 meses de alquiler, desde la oenegé Pasaportes para Siria piden colaboración
DONACIONES
mediante una cuota mensual fija (cantidad voluntaria) durante 3 meses para pagar el alquiler de un piso para la familia.
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aportaciones económicas en el nº de cuenta ES23 3035 0332 25 3320011365 de Laboral Kutxa
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- un piso vacío en Atenas

Su marido «la maltrató desde el primer día y fruto de las continuas violaciones nacieron los cinco hijos del matrimonio, que también han sido víctimas de malos tratos por parte del padre», describe Villalba, que acaba de volver de Atenas y se muestra preocupada por la situación que atraviesa la joven. «Está muy asustada, sabe que su marido la ha encontrado y que está en peligro. Todo se ha complicado en poco tiempo. Por ahora, la justicia griega le ha dado la razón y ha conseguido la custodia de los hijos y la orden de alejamiento de su marido, pero tiene que venir a Gipuzkoa para estar en paz», añade Pinedo.

A Safa «se le iluminan los ojos al pensar que puede venir a Gipuzkoa», precisa Pinedo. Acabar en Atenas no ha sido fácil, pero la joven «es fuerte y está sacando a sus hijos adelante, pero desde que su marido sabe dónde viven apenas salen de casa y los niños no van al colegio», recalca Villalba. La situación actual dista de la que vivían hace tan solo unos meses cuando estaban dentro del programa griego de protección a mujeres maltratas y los niños estaban escolarizados. Echando la vista atrás, las dos voluntarias repasan el camino recorrido y esperan «que Safa pueda llegar lo antes posible a Gipuzkoa» porque desde su llegada a suelo europeo no ha estado segura.

Después de registrarse en el centro de detención de la isla y de alojarse en una tienda de campaña en el campamento de Diepethe, Safa recibió una paliza de su marido. Una oenegé que trabaja en la zona envió a Safa y a sus hijos a Atenas. El marido no fue con ellos pero no tardó mucho tiempo en cruzar a la capital griega y encontrarles. Volvió a ser agredida y esta vez tuvo que ser ingresada en un centro hospitalario. El hombre fue arrestado y posteriormente puesto en libertad, mientras que Safa y sus hijos fueron incluidos en un programa de protección del Gobierno griego. Gracias a esa medida pudieron ser alojados en una vivienda de protección oficial, pero a los pocos meses tuvieron que abandonarla. Ahí comenzó de nuevo la inseguridad y el miedo a que su marido incumpliera la orden de alejamiento.

En busca de seguridad

Volvieron a la calle y fueron destinados a un piso de Unicef en el que conviven con otras familias. En los pocos metros cuadrados que tiene la habitación hay «seis literas y en el espacio que queda guardan en cajas las pocas pertenencias que tienen. Viven en condiciones de absoluta insalubridad», detallan las dos voluntarias que han visitado el alojamiento y piden colaboración de «cualquier tipo para posibilitar que pueda vivir en un piso más seguro hasta que sea trasladada a Gipuzkoa».

La razón por la que Safa y su familia no pudieron ser reubicados se encuentra en la firma del acuerdo entre la Unión Europea y Turquía, en 2017. Llegaron unos días después de dicho tratado y se quedaron fuera de los cupos de acogida acordados por los diversos gobiernos. No obstante, la Diputación de Gipuzkoa se hizo eco de la situación de Amal y sus hijos y manifestaron por escrito la disponibilidad e «implicación de las instituciones guipuzcoanas para acoger a esta familia».

Ahora, dos años y medio más tarde, Imanol Lasa se lamenta de «lo frustrante que es ver cómo todas las gestiones y esfuerzos se estrellan contra una maraña burocrática, y terminan bloqueados a nivel estatal. Pero no es momento de bajar los brazos, sino de seguir trabajando y manteniendo la esperanza». El portavoz de la Diputación recalca que «vamos a seguir moviéndonos en los frentes politíco y diplomático, poniendo el caso en conocimiento de los parlamentarios vascos en Madrid. Ya lo hemos hecho también con la europarlamentaria vasca Izaskun Bilbao». A la espera de la burocracia tanto griega como española, Safa cuenta los días para venir a Gipuzkoa. Villalba espera que su caso se resuelva «cuanto antes porque su vida está en riesgo y estamos dispuestos a ayudar».

 

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