«La agresividad no debe verse como algo normal en un adolescente»

Desde Gaztedi afirman que la «prevención» es la mejor herramienta para no llegar a situaciones extremas, y recomiendan «actuar ante cualquier señal»

Aiende S. Jiménez
AIENDE S. JIMÉNEZ

Las situaciones en las que un hijo agrede a su padre o madre suelen ser el límite para muchas familias, aunque desde la asociación de Gaztedi, que ofrece un servicio integral de apoyo a adolescentes con problemas y sus familias en Gipuzkoa, aseguran que estas se pueden reconducir si se realiza un trabajo terapéutico especializado con ambas partes. «Trazamos un plan individualizado para cada caso, para favorecer la maduración adecuada de los chavales y ayudar a sus padres a generar unos estilos educativos y unas relaciones positivas», señalan.

Lo primero que dejan claro desde Gaztedi es que la agresividad no debe ser vista como «algo normal» ni en un adolescente ni en un adulto. «La violencia solo busca control y poder, no desaparece dejando pasar el tiempo por sí sola, aunque en ocasiones se espacia en el tiempo. Justificarla desde la adolescencia sería caer en la suposición de que los adolescentes son violentos y eso evidentemente no es así», recalcan. La mejor medicina para no llegar a estos extremos es «la prevención», por lo que recomiendan acudir a un profesional o pedir ayuda en cuanto aparecen «pequeños indicadores» de dicha agresividad.

Una vez que una familia acude a un programa como el de Gaztedi, el primer paso es verbalizar lo que está ocurriendo, algo difícil tanto para los jóvenes como para sus padres. «Se aborda una intervención en una situación de conflicto, pero un conflicto muy especial por la carga emocional que implican los vínculos de parentesco. Abordamos cuestiones difíciles de expresar desde lo racional, ya que tienen que ver con sentimientos, la impotencia y los aspectos más profundos de la relación entre padres e hijos», explican desde la asociación. «La actitud de la persona menor de edad ante el profesional suele ser correcta, colaboradora y conectada en la mayoría de los casos», aseguran no obstante los terapeutas.

Por fases

En este caso su programa consta de varias fases. Una inicial de unos 40 días en la que se conoce el caso y se entabla relación entre el terapeuta, los padres y el menor. Tras esta primera toma de contacto se inicia la fase central, de unos cuatro meses, en la que se aborda el problema. «A las familias se les ofrece una sesión semanal de una hora en caso de ser individual y de una hora y media en caso de ser familiar. Por otro lado, también se marcan durante la mayoría de las sesiones tareas que la familia intentará llevar a cabo durante la semana», explican.

La fase final puede prolongarse un mes, y en ella se evalúa la evolución de la familia y se otorga a sus miembros herramientas para mantener los resultados obtenidos durante el tratamiento. Además, una vez finalizado el programa, el terapeuta mantiene un contacto periódico con la familia para realizar un seguimiento de los resultados.