Vidas comunes de los nuevos ciudadanos

Cuatro mujeres se hacen un selfi tras la rueda de prensa en Tolosa tras presentar unas jornadas sobre la realidad de las mujeres de diversas procedencias. /
Cuatro mujeres se hacen un selfi tras la rueda de prensa en Tolosa tras presentar unas jornadas sobre la realidad de las mujeres de diversas procedencias.

Son inmigrantes. Dicen que los vascos no somos racistas, pero no siempre

JAVIER GUILLENEA

Estrella comprobó que los blancos no eran dioses al llegar a Barcelona. Salió resuelta del aeropuerto, avanzó junto a una larga fila de personas y abrió la puerta del primer taxi que encontró. En ese instante cientos de blancos empezaron a lanzarle imprecaciones. «La cola, la cola, me decían, y yo, ¿pero qué cola? No sabía lo que era eso, nunca había visto una, en Guinea no hay colas», explica entre risas junto al palacio Aranburu de Tolosa. Aquello sucedió en 2007. Desde entonces ha tenido tiempo más que suficiente para aprender algunas cosas sobre los blancos.

Yassine y Abdelkader dicen que en Euskadi no hay racismo o, al menos, que no lo han sentido. Pero ellos tienen una tienda y surge la duda de si sus palabras no son pura estrategia comercial. Abdelillah Krouit, Estrella Ndong y Eguavon no tienen trabajo aunque lo buscan sin cesar. Tampoco ven racismo, al menos no demasiado, pero sí lo han sentido. «La verdad es que yo no lo he visto, pero siento que aquí las personas son más cerradas. No quieren saber nada de nosotros», se sincera Abdelillah.

«¿Cómo veis a los inmigrantes aquí?». Todavía no se le ha hecho una pregunta y el nigeriano Eguavon ya se ha adelantado con la suya propia. El periodista se disponía a preguntar cómo nos ven los inmigrantes a los vascos y ahora, cogido por sorpresa, apenas acierta a responder algunos tópicos para demostrar que no es racista y que todos son bienvenidos en un país de acogida como Euskadi.

Es lo menos que se puede decir y lo que tantas veces ha escuchado Estrella Ndong que, cuando Eguavon insiste en que no ha conocido la palabra racismo entre los vascos, le responde: «ver, lo has visto». Estrella ha oído en demasiadas ocasiones esa cantinela de 'yo no soy racista' pronunciada por gente que demuestra lo contrario con su actitud. Quizás no se vea claramente, pero se ve. Es cuestión de detalles. O de susceptibilidades.

Los dos hablan después de una rueda de prensa en la que diferentes asociaciones han presentado en Tolosa un programa de iniciativas para visibilizar la realidad de la inmigración en la comarca con motivo del Día internacional del migrante, que se celebra hoy. Las jornadas 'Mundu bat Tolosaldean' ponen de relieve la realidad de las mujeres de diversas procedencias, mientras que una muestra profundiza en el drama de los refugiados. A cierre de 2015, según Ikuspegi, en Tolosa había 3.631 personas de nacionalidad extranjera, lo que significa un 7,4% de su población y más del triple que en 2004. La mayor parte, el 20,8%, proceden de Marruecos. Junto a Tolosa, otras comarcas han ganado en la última década presencia inmigrante: Goierri (del 7 al 10% del territorio), Bajo Deba (del 6% al 8%) o Alto Deba (del 5% al 7%). En Tolosa, su peso sobre el total de Gipuzkoa ha pasado del 4% al 6%.

Uno de ellos es el rifeño Abdelkader el Mansouri, que regenta en Tolosa una carnicería halal donde, además de carne sacrificada según el rito islámico, ofrece una amplia variedad de tés, especias, teteras y todo tipo de utensilios y alimentos capaces de convertir cualquier rincón de Euskadi en un pedazo de Marruecos. Sobre el mostrador varias huchas piden dinero para la mezquita. Una mujer con la cabeza cubierta por un pañuelo entra en la tienda y saluda con un Salam Aleikum que es respondido de inmediato por un Aleikum Salam. Los dos hablan en árabe, hace falta volver la cabeza y mirar al exterior para regresar de nuevo a Tolosa.

Volver a casa

Abdelkader es un marroquí que recaló hace tres años en Gipuzkoa después de una larga temporada en Barcelona y en Tudela. Asegura que nunca ha tenido problemas en Euskadi y que nunca ha visto racismo por estas tierras. Desde el exterior del comercio, Abderraman, de 16 años, escucha esas palabras mientras su padre ayuda a Abdelkader. Llegó con su familia hace cuatro años y en un castellano perfecto resume su historia y sus sueños.

«Se me hizo difícil venir aquí», confiesa ante la mirada de su padre, que le observa con ese gesto que ponen los padres cuando se sienten orgullosos de sus hijos. «Vinimos a buscar la vida, a estudiar y trabajar», prosigue Abderraman, que reside en Idiazabal y estudia chapa, pintura y carrocería en la escuela de Formación Profesional Goierri. «Me llevo bien con todos, mis amigos son de Idiazabal, Beasain y Ordizia», asegura ante una satisfecha y paternal mirada.

Todo va bien, por eso sorprende el sueño de Abderraman. Lo que él quiere es regresar a Marruecos, donde nació, donde también están sus otros amigos. «Quiero volver. Es mi pueblo y quiero ir», insiste. Su padre susurra: «mejor abrir un taller aquí».

A las nueve de la mañana las calles de Villabona y Zizurkil se ven surcadas por madres con sus esforzados y cargados hijos tras ellas camino al colegio. Algunas de esas familias son de color. En los últimos años se ha producido en la localidad un importante incremento de nigerianos. «Vienen bastantes inmigrantes a Villabona, cada vez más, y ahora muchos nigerianos», dice Yassine en su locutorio, donde escucha cánticos del Corán a través de internet. Él tiene dos hijos pequeños que estudian en la ikastola y ya hablan euskera. Sabe lo que es el racismo porque lo ha vivido. Hace años trabajó en el limón en Murcia y aquello debe de marcar mucho porque no duda ni una milésima de segundo en asegurar que prefiere esto a aquello. «Aquí son menos racistas, puedes hablar con la gente. Al principio cuesta pero tengo amigos vascos. Pocos, pero los tengo».

Abdelillah Krouit, responsable de la mezquita de Tolosa, también tiene amigos, y más desde que habla euskera tras un paso de tres años por el euskaltegi, porque aquí saber euskera parece que inmuniza contra el azote del racismo. A veces vende camisetas de Kontseilua y nota que la gente se le acerca aunque manteniendo las distancias no sea que el árabe comience a regatear. «Están tensos», dice. Pero, maravillas del idioma, todo cambia en un instante. «Cuando empiezo a hablar en euskera se acercan más. Si no, se quedan lejos».

«Los prejuicios van a más»

Abdelillah, que acaba de participar en la rueda de prensa de Tolosa, libra una batalla contra los prejuicios de quienes piensan que «los marroquíes somos todos unos ladrones que viven de la ayuda del Gobierno Vasco». Admite que él también cobra esta ayuda desde que la crisis lo dejó en el paro, pero insiste en que busca trabajo y se ha inscrito en un curso de electricidad. «Nosotros venimos aquí a trabajar», repite con no demasiada esperanza de que alguien le escuche. «Los prejuicios van a más, a peor».

«Soy una de esas niñas pobres de África a las que les mandaban ropa que nunca nos llegaba porque acababa en los mercadillos», afirma Estrella, que ahora está sin trabajo y ejerce ocasionalmente como cuentacuentos. Narra historias de Guinea Ecuatorial, un país en el que «cada vez que llegaba un blanco todos los niños nos poníamos a bailar alrededor de él. Nos habían educado para tener la mentalidad de que los blancos eran como dioses y la gente de mi familia que no ha salido de allí aún tiene esa idea».

Estrella Ndong tiene 30 años y dos hijos. Un día paseaba con un carrito de bebé por un parque cuando un niño cayó al suelo frente a ella. «Me acerqué a levantarlo pero su madre me dijo que no lo hiciera». Ella lo ve como un ejemplo de racismo, aunque quizás aquella madre únicamente quería que su hijo se levantara solo. ¿Son ellos demasiado susceptibles? ¿Somos nosotros racistas aunque estemos convencidos de no serlo? Es difícil saberlo.

Eguavon, uno de los cerca de cien nigerianos empadronados en Tolosaldea, preside la recién creada asociación Unidad de Africanos. «Cuando hacemos alguna fiesta en Zizurkil viene gente que nunca nos saluda en la calle a probar la comida gratis que ponemos y se lo pasa muy bien, pero esa misma gente no nos hace caso al día siguiente», se lamenta. Puede que Eguavon sea demasiado susceptible. O quizás es que tardan en llegar los resultados de sus esfuerzos «para crear un punto de encuentro». «Hay muchas cosas que ellos no saben de nosotros pero creen que saben», dice