Esta granja es la leche

Las vacas productoras de leche descansan en camas con colchones de látex bajo una pequeña capa de hormigón para que no sufran las ubres./
Las vacas productoras de leche descansan en camas con colchones de látex bajo una pequeña capa de hormigón para que no sufran las ubres.

Camas de látex, ventiladores, rascadores, limpieza cada dos horas, espacio para pasear... 239 explotaciones en Euskadi velan por el bienestar de las vacas

MARÍA JOSÉ CARRERO

«No habléis muy alto», pide Eva López de Arroyabe nada más poner el pie en Uriburu, la explotación ganadera que comparte con su marido, Javi Segura, en el pueblo alavés de Larrea. «Es que las chicas se asustan», añade. 'Las chicas' son las 80 vacas de leche que viven en un aireado pabellón situado en pleno monte. Uriburu es uno de los 239 establos del País Vasco que está comprometido con el bienestar de los animales. Esto significa que Eva y Javi gestionan su cuadra con métodos respetuosos con las necesidades fisiológicas y de confort de las reses. Por este motivo, su explotación ha resultado premiada en más de una ocasión. Además, por manejar del ganado con tanto mimo tienen derecho a unas ayudas económicas específicas.

Euskadi fija 10 condiciones para dar ayudas a los ganaderos que apuestan por el bienestar animal.

Pastoreo y esparcimiento. 120 días al año hay que sacar las vacas a pastar. Las explotaciones deben disponer de espacios al aire libre.

Salud. Se controla mediante un robot en la máquina de ordeño.

Cubículos. Al menos uno por vaca, con camas acolchadas.

Ventiladores. La temperatura no puede sobrepasar los 24 grados.

Cepillos para rascarse y bebederos de acero inoxidable.

Higiene. Limpieza automática cada dos horas y baños de pezuñas.

Las 80 reses están en plena producción lechera. Y lo hacen en las mejores condiciones porque sus dueños han apostado por ir más allá de la normativa existente. Aquí las vacas disfrutan de las cinco libertades definidas por la Coalición Internacional para el Bienestar de los Animales de Granja (ICFAW, por sus siglas en inglés) y que son: vivir sin pasar hambre o sed, sin malestar físico y térmico, sin enfermedades o lesiones, sin miedos y angustias e, incluso, con libertad para «expresar su patrón de comportamiento normal», que, en el caso de las vacas, no va más allá de rumiar plácidamente en una mullida pradera o en un colchón de látex.

Sí. Las reses de Uriburu descansan sobre un colchón confeccionado con láminas de poliuretano que se coloca encima de una espaciosa base de hormigón de 2,20 centímetros de largo por 1,25 de ancho. La espuma se protege con un forro de goma y sobre él, la paja. Esta cama tiene su razón de ser. Una vaca lechera carga la mayoría de su peso en las articulaciones carpianas al tumbarse. Si esta presión le causa daño, permanecerá erguida demasiado tiempo, con lo que su bienestar se ve perturbado. Además, una base acolchada sirve para cuidar sus ubres, de las que salen una media diaria de 32 litros de leche. «Dos veces al día les hacemos la cama», comenta Javi con humor. Pero es verdad. La tarea consiste en retirar la paja mojada para evitar humedades que provoquen enfermedades. «Limpiamos la goma, echamos desinfectante y secante y volvemos a poner la capa de paja».

Música clásica todo el día

Para que el bienestar sea completo, las vacas tienen música de fondo, clásica, durante las veinticuatro horas del día. Les aporta el sosiego que necesitan para hacer su trabajo sin estrés. Y es que, una vez que se estrenan como madres, tienen trece años por delante de producción casi ininterrumpida. Solo dos meses antes de parir -se inseminan todos los años- descansan en una cabaña en el monte. Comer, rumiar y pasear es su actividad diaria, su preparación para un nuevo alumbramiento. «Se trata de que lleguen al parto en las mejores condiciones», resalta Eva.

A las 24 horas de nacer, las crías se apartan de la madre «para evitar que se acuerden, así la separación es menos cruel». Si son machos, se venden cuanto antes porque en una explotación lechera carecen de función. Si son terneras pasan a a una zona arbolada y viven en casetas individuales de las que pueden entrar y salir. Durante los dos primeros meses se alimentan sólo de leche en polvo. A partir del medio año, las novillas bajan a la cuadra situada en medio de Larrea, de la que entran y salen a una zona de pasto. Aquí permanecen hasta que quedan preñadas por primera vez. En ese momento, pasan a hacer compañía a las adultas que están en el monte descansando para el parto.

Una vez que son madres, empieza su ciclo productivo en Uriburu, donde no tienen ni frío ni calor. Cuando la temperatura sube por encima de los 24 grados, se ponen en marcha dos inmensos ventiladores para refrescar el ambiente. Comen 45 kilos diarios de un triturado a base de alfalfa, maíz y hierba. El pienso se administra en función de su producción en raciones de 200 gramos para que no se empachen. Un ordenador en la sala de ordeño identifica a cada res por el chip que portan en el pescuezo. Esto permite tener información diaria sobre su estado de salud y la cantidad de leche que da cada una.

Después de ordeñadas, pasan por una especie de bañera en la que limpian sus pezuñas para prevenir dolencias. Están listas para volver a comer, a tumbarse, a entrar y salir del establo... Se las ve tranquilas... En Uriburu no se oye ni mu.

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