El insaciable rey del lujo

'Tintín'. De aspecto saludable y aniñado, hace tiempo que los franceses le apodaron 'Tintín'. / AFP
'Tintín'. De aspecto saludable y aniñado, hace tiempo que los franceses le apodaron 'Tintín'. / AFP

Bernard Arnault, el cuarto hombre más rico del planeta, suma Orient Express a un imperio en el que brillan Bulgari, Louis Vuitton, Dior o Dom Pérignon

IRMA CUESTA

Aunque cueste creerlo, Bernard Arnault no es un tipo ambicioso. O al menos, eso es lo que él dice. Hace unos años, siendo ya uno de los hombres más ricos del mundo, un periodista le preguntó si la codicia se encontraba entre sus debilidades. «No estoy seguro de que ambición sea la palabra correcta. Lo que amo es ganar», contestó el magnate francés; el hombre que acaba de sumar la mítica cadena de hoteles de lujo Belmond a su ya larguísima lista de fantásticas posesiones.

Arnault ha puesto tanto dinero sobre la mesa de los propietarios del antiguo Orient Express Hotels una empresa de alojamientos de lujo, trenes y cruceros, que estos no han podido rechazar la oferta. La operación, por valor de 2.800 millones de euros, estará totalmente cerrada en las primeras semanas de 2019 y es la más importante que realiza el grupo que preside desde que se hizo con el control de Christian Dior por más de 7.000 millones de dólares. Según los analistas, Belmond es también uno de los pocos pedazos de la exclusiva tarta del mercado del lujo que al millonario galo aún le quedaba por zamparse.

Arnault (Roubaix, 1949) tenía 21 años cuando, en su primer viaje a Nueva York, comprendió lo importante que podía ser una marca. Poco después de aterrizar, el joven estudiante de ingeniería en el prestigioso Instituto de Politécnico de la Universidad de París se subió a un taxi, comenzó a charlar con el conductor y se percató de que aquel hombre identificaba Francia con Christian Dior más que con ninguna otra cosa. Cincuenta años después, Dior es una de las setenta marcas de lujo que se protegen bajo el paraguas del grupo Moët Hennessy • Louis Vuitton, más conocido como LVMH, propiedad de aquel chaval que entonces no sabía lo que el destino le tenía reservado.

Bernard, el único hijo de una familia de industriales del sector de la construcción instalada en la localidad de Roubaix, junto a la frontera belga, nunca ejerció como ingeniero. Terminó de estudiar, se incorporó a la empresa de su padre y tardó muy poco en convencerlo para que vendiera el negocio por 40 millones de francos y se dedicara a la promoción inmobiliaria. La empresa con la que el hombre más rico de Europa daría sus primeros pasos fue rebautizada con el nombre de Ferinel y se especializó en la compraventa de apartamentos turísticos.

Viñedos, tenis y Chopin

Las cosas iba bien hasta que sus compatriotas votaron por un gobierno socialista y eligieron a François Mitterrand como presidente. Aquel, debió pensar Arnault, era el momento de hacer las maletas y emigrar a los Estados Unidos, el país en el que comenzaría a construir lo que hoy en día es LVMH con la compra de Financière Agache. Luego, a la vuelta de unos años, llegaría el momento de regresar y levantar su imperio. Primero se hizo con LVMH, el grupo creado tras la fusión de Moët Hennessy y Louis Vuitton, y luego con todo lo demás: Lacroix, Céline, Gucci, Kenzo, Givenchy, Alexander McQueen, John Galliano, Loewe, Marc Jacobs, Dom Pérignon ,Shefora, Chaumet, Tag Heuer, Zenith, Bulgari, Fred y Hublot,...

Con una fortuna estimada en unos 66.000 millones de euros, Arnault es el primero al que le gustar caminar por esa alfombra de lujo que él mismo ha tejido, al más puro estilo europeo: máxima calidad, pero sin extravagancias. Rodeado de fantásticas obras de arte, al cuatro hombre más rico de la tierra le gusta pasear por sus viñedos, tocar el piano (es un devoto admirador de Chopin) y jugar al tenis. Amante de la arquitectura, el buen vino y el coñac, muchos aseguran que en esa destilación de estilo, sofisticación y clase que le caracterizan, radica el éxito de sus negocios.

Monsieur Arnault se ha casado dos veces y tiene cinco hijos, algunos de los cuales ya trabajan para el imperio familiar. Y aunque hace unos años recibió una lluvia de críticas cuando se supo que tenía previsto solicitar la nacionalidad belga (el periódico 'Libération' publicó en su portada una foto de Bernard con la frase «¡Lárgate, rico gilipollas!»), ha sido reconocido con la Legión de Honor, la más alta condecoración civil francesa, por su contribución a la concordia y la cultura.

Por si eso no fuera suficiente, el rico más rico del continente es de esos hombres que colocan a su familia por encima de cualquier otra cosa. «La gente se lo imagina en su gran torre de marfil rodeado de hojas de Excel con números, pero eso está muy muy lejos de la realidad. Su verdadero interés es su familia. Por supuesto, es un adicto al trabajo. Trabaja mucho y lo ama, pero ... también se divierte con eso», asegura Antonie, uno de sus hijos mayores y quien se perfila como su sucesor.

 

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