AGUA

Arantza Furundarena
ARANTZA FURUNDARENA

En el país del '¡Agua va!' ahora nos quieren escatimar tan primordial elemento. Las asociaciones de consumidores la reivindican gratis y del grifo. Pero los hosteleros defienden la embotellada de pago. Yo, sin ser hostelera, les entiendo un poco a los dos. En esto me encuentro igual que Paco de Lucía: entre dos aguas... Y eso que mi devoción por el agua abarca todos sus ámbitos. Como bebedora habitual de vasos de agua, bordeo la adicción (desde niña). Mucho antes de que se impusiera la moda de los dos litros diarios, a mí ya me parecía la mejor bebida del mundo, muy por delante de los empalagosos y pegajosos refrescos. Nada quita la sed como el agua. Es más, suspendo momentáneamente la escritura de este artículo para echarme un par de traguitos. ¡Qué rica está! No. A mí no hay que forzarme a beber agua. Ni mucho menos a sumergirme en ella. En eso soy prácticamente anfibia, según me dice una amiga. Del agua me gusta la lluvia... Y hasta los andares, si tuviera patas. Agua. La propia palabra, melosa, etérea, jugosa y sugerente, es una de mis favoritas de la lengua castellana.

Que algo tan maravilloso (y cada vez más escaso) sea gratis, qué quieren que les diga, me parece un lujo ficticio. De hecho, a todos nos llega a fin de mes el famoso recibo del agua. ¿Por qué deberían entonces regalarla los bares y restaurantes cuando a ellos también se la cobran? Pues quizás por elegancia, por hospitalidad y porque es de buen estilo e incluso tiene categoría de cita bíblica eso de «dar de beber al sediento». Y porque además negar un vasito del líquido elemento a quien lo pide suena al viejo dicho de «al enemigo, ni agua». Y a un cliente, en cualquier bar, incluso en esos que se reservan el derecho de admisión, de entrada se le supone un amigo.

Es su capacidad de acogida lo que engrandece el negocio de la hostelería. Los hoteles que presumen de ella y quieren hacernos sentir como en casa acostumbran a regalarnos las zapatillas. O, al menos, eso nos hacen creer. Hágannos creer pues que nos regalan el agua. Que luego ya repercutirán el gasto en otros conceptos. Aprendan de los hoteles con las zapatillas y del Gobierno y los bancos con las hipotecas. Verán cómo, además de beber, tragamos.

 

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