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¿Por qué a los de Errenteria les llaman galleteros»?

¿Por qué a los de Errenteria les llaman galleteros»?

La culpa fue de esta empresa de origen francés, instalada en la villa guipuzcoana desde 1886 hasta los años 60

ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEA

Quizás se hayan preguntado ustedes alguna vez por qué a los oriundos y vecinos de Errenteria se les llama galleteros, o la razón de que uno de los barrios de esta localidad guipuzcoana tenga un nombre tan curioso como Olibet. Así se llamó una gran empresa dedicada a la fabricación de galletas que durante 80 años inundó las calles renterianas de dulce aroma a mantequilla. Desde 1886, años en el que se construyó su factoría, hasta finales de los 60, Olibet fue una marca puntera del sector galletero y pionera en la fabricación de productos tan emblemáticos como las galletas María mucho antes de que despegaran otras competidoras como la bilbaína Artiach o Cuétara.

De la importancia en Errenteria de la fábrica de Olibet, llamada «La Ibérica», habla el hecho de que desde principios del siglo XX sus habitantes fueran llamados comúnmente «galleteros». El actual barrio de Olibet se asienta en los antiguos terrenos de la empresa, estratégicamente situada en su momento junto a la estación de tren y el río Oiartzun: gracias al ferrocarril llegaban las cargas de trigo de Castilla, mientras que el cercano puerto de Pasajes suministraba el azúcar importado de Cuba. El resto de ingredientes (leche, huevos, mantequilla) venían de productores cercanos, de modo que Galletas Olibet se convirtió en un importante foco de prosperidad y trabajo para la zona. «La Ibérica, Gran Manufactura Española de Bizcochos de Lujo y Galletas» fue el nombre original de una sociedad de capital extranjero montada gracias al empeño emprendedor de dos franceses: Jean-Honoré Olibet y su hijo Antoine-Eugène Olibet (1844-1915). El primero, un panadero hijo de marino, comenzó en Burdeos en torno a 1840 la producción de aquellas galletas secas que, a base de harina, sal y agua, constituían uno de los alimentos principales a bordo de los barcos.

Su hijo Antoine-Eugène se desplazó durante varios años a Inglaterra para aprender de primera mano cómo los británicos habían convertido las galletas marineras en un artículo de lujo: las biscuits inglesas, enriquecidas con huevo, azúcar y mantequilla llevaban por entonces varios años revolucionando el sector alimentario europeo gracias a su delicioso sabor y gran capacidad de conservación. Después de haber aprendido los secretos de su fabricación, el joven Olibet volvió a Francia y convenció a su padre para abrir la primera fábrica de galletas finas del país con maquinaria inglesa. Los Olibet abrieron su primera gran factoría en 1872, muy cerca de Burdeos, y después de una operación de captación de inversores se expandieron a la región de París, luego a Lyon y finalmente a Errenteria en 1886.

Lo novedoso de sus instalaciones, equipadas con las máquinas más modernas de su tiempo, y la exquisitez de sus productos atrajeron rápidamente la atención de los clientes. Tan pronto como en 1888, La Ibérica vendía galletas en toda España y se anunciaba ya como proveedora de la Casa Real con almacenes comerciales en Madrid, Sevilla y Barcelona. La reina María Cristina fue una de las grandes valedoras de las galletas Olibet y durante sus largas estancias en San Sebastián era habitual verla visitar la fábrica de Rentería. La empresa, sabedora del empuje comercial que daba el que la reina fuese fiel consumidora, no tardó en aprovechar su debilidad por la marca sacando ediciones especiales de sus latas estampadas con la cara de su hijo Alfonso XIII.

Olibet e hijo fueron pioneros, además de en la fabricación nacional de las galletas marías (bautizadas por los ingleses en honor de la gran duquesa María de Rusia, casada con un hijo de la reina Victoria en 1874), también en la utilización de la publicidad gráfica para popularizar sus productos. Enseguida usaron carteles, calendarios, cromos, catálogos u otros soportes como herramientas de promoción y gracias a sus postales comerciales podemos saber se trabajaba en su factoría guipuzcoana, cuando Rentería olía a mantequilla.