El refrito literario

El refrito literario
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JOSÉ MANUEL VILABELLA

El mayor delito que puede cometer un escritor en España es ser un plagiario y el segundo –para un escritor de periódicos, para un columnista- es ser un refritero. El refrito, o sea coger un artículo ya publicado de la producción propia, retocarlo, añadirle alguna cosilla aquí y quitarle otra allí y colocárselo a otro medio como si fuera un original impoluto es el amaño perfecto. 'Señor Vilabella, ¿ha practicado alguna vez tan vergonzoso acto?', me pregunta el curioso lector. Por supuesto. Nunca con quien me paga pero casi siempre con el que no lo hace. El pasar por caja es obligación del medio aunque son legión los colaboradores que publican solo por vanidad. Allá ellos.

El escritor, los ilustres y también los de tercera fila como el firmante, no se libran de hacer gratis et amore prólogos, pregones de fiestas, presentaciones de libros, catálogos de pintores, porfolios. En ese caso cuando llevas en el macuto unos miles de trabajos sacas alguno, lo cepillas, lo adecentas y lo pones, como diría Cervantes, en manos de la estampa. Ese hijo espurio es en ocasiones mejor que el primigenio. Es un trabajo que ha crecido, se ha hecho mayor. La primera versión es como un niño vestido de primera comunión y el refrito, en cambio, es todo un hombre que acaba de salir de la universidad. Yo tengo publicado un libro: 'Refritos completos', que se ha vendido muy bien y me ha permitido comprarme una gabardina en las rebajas.

Todos los escritores que admiro, desde Camba a Cunqueiro pasando por Ramón Gómez de la Serna, eran refriteros empedernidos porque este oficio es actividad de pobres y los que pretenden vivir de las letras están condenados a la mediocridad del traje raído. El refrito literario no tiene nada que ver con el sofrito/refrito cocineril. El primero se practica de tapadillo y el segundo es el principio glorioso del amplio recetario español. En nuestro país el ochenta por ciento de los platos empiezan por un refrito de cebolla, pimiento y ajo; sobre todo de ajo. Si la base de la cocina francesa son las salsas crípticas la de la española es el refrito, en las dos versiones conocidas, bien para mejorar un plato recalentado o para iniciar uno de reconocido prestigio. Los sublimes arroces secos, la mal llamada paella, empiezan por un sofrito; le siguen, en retahíla interminable, todos los demás. En la cocina de vanguardia no se practica el refrito. Está mal visto. Los cocineros de renombre, esos que desprecian las modas y los modos del ayer, los que no persiguen la suculencia y se deleitan con los vahos y las delicias olfativas son menos sutiles y van directamente al plagio porque, al final, en semejantes sitios, nadie se acuerda un día después de lo que ha comido la víspera.