Aprincipios de agosto de 1936, Irun se preparaba para la ofensiva. Según los partes bélicos, era cuestión de días que los sublevados contra el gobierno de la República atacaran la ciudad fronteriza. Sabían que en breve el general Beorlegui ordenaría a sus tropas entrar en Irun, tomar los puentes fronterizos, impedir la comunicación con Francia y, después, asaltar San Sebastián. Si Irun caía, Gipuzkoa quedaba sentenciada.
Así que no había tiempo que perder. Toda persona que quisiera defender Irun era bienvenida. Hombres, mujeres y adolescentes engrosaron las filas de las milicias republicanas. A todas les unía una idea: la defensa del gobierno legítimo. A medida que se sumaban, los oficiales daban unas pautas a quienes carecían de experiencia. Les enseñaban a ponerse a cubierto, avanzar entre los maizales, adentrarse en el monte, a levantar barricadas y, sobre todo, a cargar un fusil y apuntar con él. Pero también había veteranos. Entre ellos estaban los mineros asturianos, que llegaron enfundados en sus buzos azul oscuro. Su fama de expertos en el manejo de la dinamita y en la fabricación de bombas era conocida por todos.
Ese agosto, unas 2.000 personas integraron las milicias en Irun. Enseguida, ascendieron con ametralladoras a Peñas de Aya y San Marcial, parapetaron con sacos la entrada de Behobia y patrullaron los puentes fronterizos. Cuando las tropas sublevadas intentaran acceder a la ciudad, la metralla y las balas caerían sobre ellas.
La ofensiva llegó el 11 de agosto. Desde sus puestos, las milicias controlaron el avance; sin embargo, los ataques continuaron en los días sucesivos. Pronto, las balas, la dinamita y la metralla escasearon. Ante la falta de armas ofensivas, los mineros asturianos tomaron la dinamita de las canteras próximas y fabricaron sus propias bombas. Cualquier botella, caja o trapo servía para rellenarlo de dinamita o gasolina.
El 27 el ataque se intensificó. Las tropas de Beorlegui, formadas por soldados de la Legión, del Tercio de Regulares Indígenas y de requetés carlistas, venían mejor equipadas. No solo eran profesionales del ejército, sino que tenían el apoyo de barcos, tanques y aviones alemanes.
Desde el aire, los Junkers bombardearon Irun. Solo cuando el motor de los aviones dejó de oírse, las personas supervivientes fueron a comprobar los destrozos. De algunos edificios colgaba únicamente el rótulo del comercio que había estado ahí tan solo unas horas antes.
Mientras esto ocurría en Irun, en París se convocaba una manifestación para que Francia enviara armamento a los republicanos. Por su parte, el papa Pío XII imploraba plegarias por la paz. Pero nada de eso llegó.
Ante la amenaza de los sublevados de reducir la ciudad a cenizas, las autoridades evacuaron a la población a Francia. La gente escapó andando, corriendo, en carromato, en coche e incluso en bici. Algunas personas huyeron con sus pertenencias metidas en un hatillo, otras, en baúles, maletas o cestos. Nadie sabía cuándo podría regresar, ni tan siquiera si volvería.
Finalmente, el 4 de septiembre, la milicia sucumbió. De nada sirvieron las ametralladoras en los montes, los ataques desde el fuerte de Guadalupe de Hondarribia, los fusilamientos a los partidarios de los sublevados o las barreras levantadas con sacos. Eso sí, antes de abandonar la ciudad, la milicia lanzó explosivos sobre coches, fábricas y casas. Cuanto menos pudieran aprovechar los rebeldes, mejor.
Tras la retirada, la devastación era palpable. Entre el bombardeo de los Junkers, el avance de los sublevados y el incendio provocado por la milicia, la barbarie se veía en cada esquina. Las calles estaban repletas de escombros, de muebles y colchones amontonados, de coches quemados, socavones en el asfalto, fachadas derruidas y cristales rotos. Irun quedó como una ciudad fantasma. Esa ciudad devastada quedó filmada gracias a los reporteros que cubrieron la guerra. Sus grabaciones no solo informaron, sino que ahora son un testimonio de la barbarie. Por eso, la presencia de periodistas en los conflictos bélicos es tan necesaria.