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La huida y la lucha contra el hambre

El estallido de la Guerra Civil obligó a la población a escapar de los combates, con los menores afectados por la escasez de alimentos

Documental · 3 min.

Ana Galdós Monfort

San Sebastián

Jueves, 20 de noviembre 2025

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Tras el estallido de la Guerra Civil, la población huía de localidad en localidad. Escapaban de las bombas, de los combates cuerpo a cuerpo, de los saqueos y de la falta de alimentos. A finales de julio, San Sebastián comenzó a recibir mujeres, niños y ancianos que lo habían perdido casi todo. Pronto se hizo necesario organizar a las personas refugiadas. Había que darles alojamiento, ropa, alimentos, medicinas y, en muchas ocasiones, preparar el exilio a Francia. Para ello, las autoridades republicanas habilitaron locales, escuelas y hoteles.

El hambre era un enemigo contra el que había que luchar. Además de las granadas y de los fusiles, la falta de pan, huevos, leche, legumbres o cereales mataba a la población civil. La carencia de alimentos se convirtió en otra arma que el enemigo usaba para castigar a la población civil.

Desde el primer momento, las autoridades donostiarras controlaron el abastecimiento de alimentos. Su objetivo era que los menores de ocho años tuvieran leche y que en ningún hogar faltase el pan y los huevos. Un día, en el puerto, repartieron anchoas de forma gratuita. El pescado también formaba parte de los alimentos básicos.

Para las personas refugiadas, se abrieron comedores en escuelas y locales. En mesas corridas, voluntarias colocaban los platos, las cucharas, los vasos y las jarras de agua. A continuación, la gente se sentaba y esperaba a que una mujer les sirviera un plato de garbanzos, una sopa o un guiso de ternera. Después de comer, aquellas personas que se vieron forzadas a abandonar sus hogares se entretenían charlando, jugando a cartas, fumando o soñando con dejar de oír el bombardeo y los disparos.

Para las milicias, las autoridades acondicionaron las salas de los hoteles. Tan solo en el Hotel Central llegaron a servirse 6.000 comidas diarias en cuatro turnos. Esa intendencia requería muchas manos: en ese comedor trabajaban 240 camareros y 150 cocineros, muchos de ellos procedentes de otras localidades. La ayuda humanitaria era esencial para frenar el hambre.

La población infantil era la más vulnerable. La escasez de alimentos y el mal estado de algunos de ellos debilitaba la salud. Las diarreas, el sarampión o el tifus se podían propagar con facilidad en una ciudad bombardeada, con familias desplazadas y en malas condiciones de higiene. A la vista de esta situación, las autoridades organizaron guarderías y, también, la salida al extranjero de una parte de los menores.

Además, cada vez eran más numerosos los niños y las niñas que perdían a sus padres en la contienda. Estos huérfanos necesitaban cuidado sanitario, alimentos y cobijo. Por eso, se habilitaron escuelas donde se les protegía de la barbarie y del sufrimiento. Ni las calles ni los parques eran lugares para el juego. En esas escuelas las maestras trataban de que el día transcurriera de la forma más normal posible.

En San Sebastián, la guerra civil duró 58 días. Durante ese tiempo, los aviones y los buques de los sublevados bombardearon la ciudad en varias ocasiones. Cada día había que atender a las víctimas de la guerra en alguno de los hospitales que se habían habilitado. Uno de ellos fue el Hospital de Sangre, que se instaló en el Hotel Londres.

En esos hospitales, los heridos más leves recibían las curas, mientras que los más graves entraban en quirófano. En el peor de los casos se les amputaba un brazo o pierna. Con todo, médicos y enfermeras se afanaban para salvar la vida de los combatientes.

Sin embargo, los heridos eran tan numerosos y los recursos tan escasos, que la ciudadanía hacía donativos para que en los hospitales no faltaran vendas, gasas, jeringuillas, alcohol, mantas y toallas. Asimismo, donaban sangre para que los quirófanos pudieran seguir funcionando.

Pero los hospitales también respondían a las necesidades de la población civil, que seguía precisando los servicios de cirugía, oftalmología, dermatología y ginecología. Y si a alguien había que atender era a las embarazadas, porque a pesar de la guerra, incluso en medio de la destrucción, la vida continuaba.

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