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Mari Karmen Mitxelena fue una de lasprecursoras de las ikastolas en Donostia. JOSE MARI LÓPEZ
Mari Karmen Mitxelena | Precursora de las ikastolas

«En la clandestinidad nunca pensamos que las ikastolas llegarían a lo que son hoy»

Cientos de niños estudiaron en euskera durante los años del franquismo por la labor de profesores que esquivaron la represión policial

Ander Balanzategi

San Sebastián

Jueves, 20 de noviembre 2025, 01:00

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El régimen franquista ejerció una intensa represión hacia el euskera y hacia quienes ejercieron su labor de enseñanza. Una opresión que no frenó a profesores comprometidos y militantes abertzales para poner en marcha las primeras ikastolas. En pisos y burlando el control policial. Con la amenaza de terminar en la cárcel de Martutene. Una de esas docentes es Mari Karmen Mitxelena, que 50 años después de la muerte del dictador Francisco Franco, recuerda «tiempos duros» y una labor que no sabe si era fruto de «valentía o de inconsciencia». «No celebramos su muerte, estábamos muertos de miedo», reconoce. Esta usurbildarra trabajó mano a mano con una figura tan reconocida como Elbira Zipitria, y relata desde su casa en Donostia que «en la clandestinidad nunca pensamos que las ikastolas llegarían a lo que son hoy».

Nació en 1938 en el barrio San Esteban de Usurbil y recuerda que la guerra «fue dura» para su familia. Una infancia en la que tuvo la suerte de poder hablar en euskera tanto con sus amigas como en el colegio: «Nuestro profesor era abertzale y allí hablaban euskera hasta los que venían de Salamanca», asegura. Era buena estudiante y eso le llevó a cursar el bachiller en Donostia. «Cuando fui con la ama al oculista porque se me cansaban los ojos, él dijo: ¿una mujer estudiar?, ¿para qué?». En la capital guipuzcoana fue otro cantar. Estudió magisterio y fue entonces cuando, a través de un compañero, conoció a Elbira Zipitria, educadora zumaiarra que sembró la semilla de las ikastolas. «En los colegios de San Sebastián no se daba nada en euskera», apunta. Zipitria llamaba a Mari Karmen y a las demás docentes «malas maestras españolas. Porque habíamos estudiado en castellano y porque consideraba que el sistema para aprender magisterio en el Estado estaba atrasado», recuerda con cariño.

«Yo no sabía que se daban clases en euskera ni que existían las ikastolas», reconoce Mari Karmen. «Elbira tenía una ikastola en casa y me dijo que si quería formar parte de ese sistema tenía que sacarme el título de magisterio y hacer un año de prácticas con ella», explica. Así lo hizo. Después, Mari Karmen alquiló un piso en Donostia, lugar en el que impartía las clases. Allí empezó a meter a diez niños por las mañanas y otros diez por las tardes, luego pasarían a ser tres grupos. Fueron 11 años de enseñanza en la clandestinidad y las anécdotas incontables. «Muchos niños venían del Antiguo y yo les recogía en el túnel con mi 600. Entonces eran otros tiempos y se subían todos los que entraban», afirma.

Una de las labores más importantes era la de despistar a la Policía. «Les decíamos a los niños que no viniesen todos juntos, que hubiese un cierto disimulo...», dice Mari Karmen, pero admite que no era suficiente: «Los agentes venían a tocar la puerta muchas veces y les decíamos a los niños que cruzasen a casa de la vecina y que se escondiesen». También le paraban a ella cuando cogía el coche para volver a Usurbil. «Siempre me registraban cuando salía de la Parte Vieja o cuando llegaba a Errekalde». En los años 68-69 fue imposible mantener las clases en el mismo piso por la presión policial, señala Mari Karmen, y «varios padres se comprometieron a dejarnos sus casas». «Por las mañanas me llevaba a los niños a un piso del Boulevard y por la tarde a uno en la calle Salamanca».

Ayuda del párroco

Cuando la situación se volvió insostenible, los profesores clandestino pidieron ayuda al párroco. «Logramos unas instalaciones muy precarias, pero necesitábamos algo. Recuerdo que a veces aparecían ratas y yo las perseguía con las escobas», apunta entre risas. Con menos alegría recuerda los boicots recibidos. «Nos ensuciaban los baños, nos pintaban el yugo y las flechas...», denuncia.

De esa época rememora otra anécdota que le marcó. «Vino una inspectora de Educación a pasar examen a nuestros alumnos. A Jon, uno de los niños, le preguntaron tres veces cómo se llamaba y no paró hasta que respondió que su nombre era Juan. Después que cuál era su patria, y respondió que Euskadi. Sobre Franco, dijo que era un hombre y que no sabía qué colores tenía la bandera de España». Tras esos controles, Mari Karmen se temió lo peor. «Nos reunimos profesores, padres, y el párroco, por menos algunos habían acabado en Martutene», señala. Finalmente, la inspectora dijo que tenían buen nivel de estudios y la anécdota no pasó a mayores. «Les dijimos que el espíritu nacional se debían trabajar en casa y no en la ikastola», apostilla.

«No celebramos la muerte de Franco, estábamos muertos de miedo», rememora Mari Karmen. Y resalta que «nos habían tratado muy mal y no nos hicieron más porque nos defendimos a nosotros mismos y a las ikastolas». Los niños, que replicaban lo que escuchaban en casa, «mostraban felicidad, aunque a nosotras nos tocaba decirles que no había que alegrarse por la muerte de nadie». Reconoce que la «esperanza se encendió» con la muerte del dictador después de haber realizado «tanto trabajo por la enseñanza y por el euskera». Mari Karmen trabajó después en la ikastola Orixe de Donostia, de la que fue directora.

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