TRES GIROS EN LA ÚLTIMA RECTA

La ebullición de Vox se adueña de un 28-A al límite, con Rivera fiándolo a que Casado y Abascal se despedacen y PNV y Podemos pugnando con Sánchez para que no les achique

Lourdes Pérez
LOURDES PÉREZ

1Hasta los debates, la Moncloa era el ama de llaves de la campaña electoral. Una campaña adormecida bajo los pasos de Semana Santa y la oleada de encuestas que han venido otorgando al PSOE una victoria cuya holgura resultaba impensable hace apenas dos meses, cuando los independentistas lanzaron el órdago de tumbar los Presupuestos. Los de Santiago Abascal arrancaron en Covadonga y todo parecía incluso más excéntrico, más en la periferia del sistema. Pero llegaron los debates y su polémica previa, el ruido ambiental superó el silencio de las procesiones, los candidatos 'oficiales' se desgastaron unos a otros -con la excepción de Pablo Iglesias- y la excitación 'voxera' comenzó a inundar los mítines, las redes sociales y los sondeos diarios. Sánchez conoce bien el tirón potencial de esa efervescencia entregada y emocional -así le birló las primarias a Susana Díaz-, como también lo sabe Pablo Iglesias: ambos están donde están gracias, en buena medida, a ese bullicio contagioso de 'la gente'. Votar a Vox -y confesarlo- ha dejado de ser un tabú. La incógnita de hasta dónde llegará Abascal se ha adueñado de una jornada electoral insólita, con la izquierda y los nacionalistas rezando para que no ocurra como en Andalucía, donde pensaban que las derechas eran vasos restantes y acabaron siendo vasos sumantes. Aunque nadie parece tener más motivos para la plegaria que el PP de Pablo Casado, que se arriesga a un vaciamiento sin parangón por insuficiente autenticidad para el electorado más derechizado y por exceso de radicalidad para el moderado.

2 Ahí, en ese estrato fluctuante del centro, se dirime el segundo giro de los últimos días. Ahí, al menos, pretende jugárselo Albert Rivera, que ha efectuado dos movimientos encadenados después de exhibirse, para lo bueno y para lo malo, en los debates televisivos: uno, robarle al PP al expresidente de Madrid, Ángel Garrido, hiriendo por el flanco más templado a su rival y haciendo evidente el malestar latente entre los relegados y purgados por Casado; y dos, asegurar en una entrevista que no quiere gobernar con «las posiciones ultras», casi al tiempo que el líder del PP ofrecía a Abascal asientos en un eventual Consejo de Ministros de coalición. Ciudadanos aspira a que Casado y Abascal se despedacen entre ellos y pescar en el río del centro abandonado por los populares y en el de aquellos socialistas con menos arraigo sentimental que recelan de la españolidad de Sánchez. Rivera necesita captar indecisos y que Vox consuma al PP para intentar saltar por encima de las encuestas y hacerse decisivo en la gobernabilidad. Que tal y como están las cosas, puede ser lo mismo que actuar de crupier en la ruleta de una posible repetición electoral.

3 El tercer vuelco argumental lo han protagonizado -necesidad obliga- los dos socios más estrechos de Sánchez: Unidas Podemos y el PNV. Ambos han pasado de una campaña monotemática centrada en el miedo a las derechas a agitar contra Sánchez la bandera de un hipotético acuerdo postelectoral con Ciudadanos, que Rivera sigue descartando mientras ninguno de sus adversarios le cree y al que presidente dice un día que 'ya veremos', otro que 'no' y al tercero, 'que bueno'. Iglesias y Ortuzar precisan contener el voto útil hacia Sánchez mientras confían, al tiempo, en que sume para retener la Moncloa. Con el nuevo estatus desaparecido en esta campaña, un escoramiento de España hacia las tres derechas o hacia una mayoría PSOE-Cs socavaría las balizas de Sabin Etxea y Ajuria Enea ante las pulsiones internas más soberanistas.