Los escraches vuelven al diccionario

El intolerable acoso radical a la derecha se convierte en arma arrojadiza y ancla definitivamente la campaña en lo gestual

Pancarta desplegada por Cs en Madrid en la que recrea un diálogo ficticio por el móvil de Pedro Sánchez con Arnaldo Otegi o Carles Puigdemont./EFE
Pancarta desplegada por Cs en Madrid en la que recrea un diálogo ficticio por el móvil de Pedro Sánchez con Arnaldo Otegi o Carles Puigdemont. / EFE
OLATZ BARRIUSO

Aprendimos la palabra escrache en 2012, cuando miles de españoles afrontaban el viacrucis de la crisis. Los desahucios se convirtieron en argumento central de los informativos y la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) bautizó con ese término, habitual en Argentina para referirse a las manifestaciones contra quienes habían protagonizado los horrores de la dictadura, las concentraciones frente a los domicilios o lugares de trabajo de los políticos. En muchas ocasiones, aquellas 'performances' traspasaron el umbral de la libertad de expresión y rozaron la intimidación y el acoso. El americanismo fue elegido 'palabra del año' por la Fundéu y después cayó en un cierto olvido, una vez que el eco de las caceroladas del 15-M se fue apagando.

Hasta ahora. Los escraches han vuelto al particular diccionario de los partidos en campaña, aunque con un significado y trasfondo distintos. La coartada de los radicales ya no es señalar a nadie como presunto cooperador necesario de la miseria de otros sino más bien señalar (y punto) al que piensa diferente. Y eso se llama de otra forma. «Fascismo», se dolió ayer el socialista Patxi López. Intolerancia e involución democrática, sin duda. Porque eso y no otra cosa es lo que ha sucedido este fin de semana y siguió coleando intensamente ayer, tras el hostigamiento a Albert Rivera, Maite Pagazaurtundua y Savater en Rentería, a Abascal en Bilbao y San Sebastián y a Cayetana Álvarez de Toledo, unos días antes, en la Universidad Autónoma de Barcelona.

Rivera espera que la Fiscalía actúe de oficio, y si no denunciará él mismo, contra quienes quisieron impedirle tomar la palabra en una de las localidades más castigadas por ETA, un síntoma preocupante cuando una de las grandes conquistas de la derrota del terrorismo fue la posibilidad de que todo hijo de vecino pudiera defender su proyecto político en igualdad de condiciones. Es evidente que llevar allí la campaña de Ciudadanos tiene mucho de márketing político (exitoso, por cierto: ayer 'Rentería' estaba al mismo nivel que 'Juego de Tronos' en ese termómetro de la realidad que es Twitter). Pero también es lógico que, si los partidos encuentran dificultades para exponer su proyecto sin trabas, el asunto adquiera una justificada gravedad. Aunque los nacionalistas y Podemos hablen de «provocación» o de «incendio» de la convivencia.

El problema es que en una campaña donde lo gestual ha ganado definitivamente por la mano a lo racional el acoso radical, propio o ajeno, se ha convertido en arma arrojadiza para descalificar al adversario. O para tratar de arrebatarle la iniciativa como ha hecho Ciudadanos al llevar ante la Fiscalía el acoso a la candidata popular por Barcelona antes que el propio PP. Aunque sea con ataques de trazo grueso como los de Pablo Casado al acusar de «silencio cómplice» al PSOE y a Pedro Sánchez.

El ruido de cacerolas se convierte en argumento emocional en el que cabe todo, desde el ataque a a los fundamentos de la democracia que supone boicotear un mitin a un encontronazo entre cofrades y manifestantes prorrepublicanos el Domingo de Ramos en Valladolid. Entre los que celebraban el 14 de abril iba un miembro de la lista del PSOE al Ayuntamiento y eso le bastó a Teodoro García Egea para hablar ayer de «escrache» y lamentarse con una frase que resume las resonancias del teatro del absurdo que empiezan a teñir la campaña: «No sé qué tienen los socialistas contra el Niño Jesús».

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