Iñigo y Marta, cuando el talento regresa a Donostia

Marta Álvarez e Iñigo San Aniceto pasean por la pasarela del Náutico en San Sebastián./LUIS MICHELENA
Marta Álvarez e Iñigo San Aniceto pasean por la pasarela del Náutico en San Sebastián. / LUIS MICHELENA

Resaltan el dinamismo británico, con muy alta movilidad, y advierten de que si aquí se pretende personal cualificado «hay que pagarle bien y darle flexibilidad y seguridad» Él acaba de fichar por CAF y ella, por Polymat. Procedentes de Cambridge, saben que han tenido «mucha suerte»

JULIO DÍAZ DE ALDASAN SEBASTIÁN.

El lasarterarra Iñigo San Aniceto y su novia Marta Álvarez -albaceteña de nacimiento y, según confiesa divertida, gran enamorada de los pintxos y de los paseos por la bahía La Concha- son el paradigma de eso que está en boca de todos desde hace algún tiempo en el mundo empresarial -Adegi lo evidenció el viernes- y también entre las administraciones de Euskadi: la necesidad de retornar el talento vasco 'expatriado' por el mundo para sentar las bases de la industria del futuro.

Hace casi un suspiro compartían sus vidas como pareja en la sombría Cambridge (a unos 100 kilómetros de Londres), donde, recuerdan ahora entre risas, «en invierno anochece a las tres y media y no hay absolutamente nada que hacer en la calle porque está todo cerrado».

Lo rememoran en la pasarela junto al Náutico donostiarra y rodeados de un gentío que observa curioso a la pareja y al fotógrafo y que hace que su anterior lugar de residencia parezca aún más aburrido. Ingeniero de telecomunicaciones por Tecnun él e ingeniera química por la Universidad Politécnica de Valencia ella, han rizado el rizo al lograr ambos trabajo aquí en solo unos meses. El primero en CAF y ella en Polymat, un instituto de investigación de la Universidad del País Vasco que da soporte al tejido productivo mediante la investigación en el campo de los polímeros.

En su llegada a San Sebastián han contado con la ayuda de Gipuzkoa Talent, una iniciativa de la Diputación Foral que, entre otras cosas, pone en contacto a demandantes de empleo en empresas del territorio con esas ofertas y, al tiempo, facilita asuntos legales, trámites administrativos o cuestiones inmobiliarias a esas personas (guipuzcoanos o no) que vienen.

Iñigo y Marta son conscientes de su fortuna -«hemos tenido mucha suerte al coincidir», apuntan- pero una larga charla con estos jóvenes profesionales (32 y 30 años, respectivamente) revela aspectos de esa pelea por el talento de los que, quizás, no seamos tan conscientes en casa. Cuestiones importantes que tienen que ver con la enorme distancia que, aparentemente, separa los mercados laborales del norte de Europa (británico en este caso) del vasco y el español.

¿En qué sentido? En el de que ambos son felices por el regreso (Iñigo, además, a su casa) pero dejan patente que son su valía y experiencia las que les han traido hasta aquí y, sobre todo, que en Euskadi queda bastante por aprender en lo que se refiere a ese mercado laboral continental o mundial si se apuesta por atraer (no solo a 'expatriados', claro) y retener a profesionales altamente cualificados.

Aterrizaje

La historia comienza allá por 2012, cuando los dos 'aterrizan' por separado en Cambridge. Iñigo, procedente de Madrid, donde completaba su doctorado en la Universidad Complutense, comenzó a trabajar en MathWorks, líder mundial en desarrollo de 'software' para cálculo técnico. Desde allí pasó en 2016 a Teradata, una firma con base en Londres que está especializada en bases de datos y Big Data y en la que realizaba una labor más parecida, explica, a la de «un profesor». «Iba dando cursos a clientes nuestros o a terceros de desarrollos de la empresa o de 'software' libre por todo el mundo; viajaba muchísimo: Japón, China, Europa, Estados Unidos...», apunta.

Marta, por su parte, llegó procedente de Estocolmo, donde realizó la tésis de su máster. En Cambridge encontró trabajo en TWI (The Welding Institute), una compañía de ingeniería y desarrollo de I+D centrada en procesos de soldadura, metales, polímeros o nuevos materiales. Ahora -con una beca europea- trabajará en baterías de litio.

Habían salido de España en un momento de crisis profunda en el que, como recuerda Marta, «a mis compañeros les pagaban 300 euros por ocho horas; era una risa...». Quizás por eso buena parte de sus amigas acabó en el extranjero. En lugares como Dublín, Bélgica o Estados Unidos. Algo parecido le sucedió a Iñigo, cuya cuadrilla de siempre se repartió al 50% entre quienes se quedaron en Donostia y quienes se marcharon.

Una vez en Cambridge, como muchos de sus amigos, que eran de diferentes países, apostaron por sus carreras profesionales y pusieron toda la carne en el asador. Iñigo logró aprovecharse de las ventajas de una de las características que aún no predominan en Euskadi o en España, la del teletrabajo.

«Mi empresa estaba en Londres, pero yo, la verdad, iba a allí una vez al mes, con eso era suficiente, el resto del tiempo trabajaba desde casa. Aquí lo que veo es que hay mucho presencialismo», afirma. Iñigo y Marta explican que en Reino Unido «el meter horas extra o más tiempo del establecido está muy mal visto». «Eso se entiende que demuestra o una alta ineficacia o que existe una mala organización», añaden.

No es la única diferencia. Y es que, resaltan cuando se les pregunta por cómo y por qué han vuelto, el mercado laboral británico es tremendamente dinámico. Algo habrá tenido que ver, sin duda, la crisis, pero tambien otra forma de ver las cosas. «Allí - aseguran- se cambia de trabajo muy rápido». «En general; si en un año y medio o dos tu ves que no te han promocionado o no lo van a hacer, cambias. Te vas y ya está», sentencian. «Si tu pones en LinkedIn que estás buscando, lo normal es que te frían a ofertas», subrayan.

«Aquí es diferente; si tienes algo bueno te quedas y no te planteas nada más, pero allí siempre hay algo mejor», afirma.

¿Y cómo ha sido el regreso? Más o menos a finales del año pasado decidieron regresar. No pensaron primero en San Sebastián, pues sería muy difícil, y sopesaron la idea de Bilbao, Madrid o Cataluña. «Antes de eso muchos amigos nuestros se habían ido, pues Reino Unido es un lugar con mucha itinerancia, y pensamos que ya era hora de asentarnos. O lo hacíamos ahora o nunca», relatan. A Iñigo le llamaron en marzo de CAF para trabajar en el desarrollo del tren digital.

«No busqué, me buscaron ellos», recalca, y añade que pidió unos meses para que Marta encontrara algo. Y hubo suerte. Aunque, matiza ella, «después de enviar miles y miles de currículums». Fue a finales de julio cuando sonó la flauta. En este punto ella asegura que apenas el 10% de sus candidaturas le fueron respondidas. «Salvo Tecnalia, que eso lo hace bien, el resto lo normal es que ni responda...», lamenta. Y añade, junto a Iñigo, la queja de que «aquí se peca un poco de 'titulitis' y no se analiza bien tu carrera profesional real y lo que has hecho de verdad».

A la pregunta de qué han ganado y qué han perdido, la respuesta es unívoca: «Ganamos menos dinero que allí pero un buen sueldo para aquí, y tenemos mejor calidad de vida». «¡Y hay gente por la calle a las siete!», añaden, divertidos.

Marta, que no para de reir al recordar que «el Zinemaldia está guay» y que ambos vieron al actor Ryan Gosling «al volver del empadronamiento», explica que sus padres dicen que «mientras me puedan ir a ver en coche, todo bien». Iñaki, que ya sueña con hacer surf en Gros, tiene por fin a su familia cerca; pero recalca que quienes quieren volver «aceptan dar un paso atrás pero no un salto». «No se pueden pedir doctorados, idiomas y experiencia y luego no pagarlo; así quien esté en el extranjero no querrá venir. Hace falta pagar bien, y dar flexibilidad y seguridad», concluye.

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