Diez años del estallido de la peor crisis conocida

Diez años del estallido de la peor crisis conocida

El próximo sábado se cumple un decenio de la quiebra del banco de inversión Lehman Brothers, la 'zona cero' del desplome

Julio Díaz de Alda
JULIO DÍAZ DE ALDASAN SEBASTIÁN .

El sufrimiento ha sido tanto y tan generalizado que nos nos hemos dado cuenta del paso del tiempo. El próximo sábado se cumplirán diez años de la quiebra del banco de inversión Lehman Brothers, el hito que se ha considerado como la 'zona cero', el arranque de la peor crisis económica que se recuerda. Más, incluso, que aquella de 1929 que se convino en llamar 'la Gran Crisis'. El aniversario llega en un momento en el que el frenazo se da por completamente superado y hasta se aprecian ya algunos síntomas de desaceleración. La economía nos demuestra una vez más que sus ciclos son imparables.

La caída. El derrumbe de Lehman Brothers fue consecuencia de un juego desaforado en el que los 'tiburones' de Wall Street se dedicaron a trocear hipotecas de personas con pocos recursos y altas probabilidades de impago para, tomando un poco de aquí y otro poco de allá, crear unos productos complejos con los que inundaron los mercados.

4,9%
de caída interanual
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marcó el Producto Interior Bruto PIB) vasco en el tercer trimestre de 2008; eran los momentos más duros de la primera recesión en Euskadi.
7.963
empresas -y sus empleos- desaparecieron en Euskadi a lo largo de la crisis.
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puntos
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llegó a marcar la prima de riesgo española a finales del julio de 2012, a un paso del rescate.
936.334
afiliados
a la Seguridad Social había en Euskadi al cierre del pasado agosto, que fue un mes pésimo
Aún faltan por recuperar 31.976 para igualar la cifra de diez años atrás.

Estados Unidos había emitido ya algunas señales -el rescate de Bear Stearns y la intervención de las hipotecarias Fannie Mae y Freddie Mac-, pero nadie movió un músculo hasta Lehman; un icono cuyo hundimiento desató el pánico. Un miedo acrecentado por la capilaridad del mercado (medio mundo tenía en su balance productos 'subprime') y por el derrumbe general del precio de los activos. Con la imagen de los trabajadores de Lehman -tan guapas y guapos todos- con sus enseres en cajas de cartón aún en la retina, la reacción a uno y otro lados del Atlántico fue muy diferente.

Distintas velocidades. El presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, y el secretario del Tesoro, Paul Paulson, -primero con George Bush y después con Barak Obama en la Casa Blanca- reaccionaron muy rápido. Bajaron los tipos a cero y aplicaron un plan de rescate y de compra de activos de 700.000 millones de dólares, que se devolvieron a velocidad de vértigo comparado con lo que sucedió en el Viejo Continente.

Estados Unidos, con una economía y una arquitectura instucional y económica mucho más ágil que la de la UE, dio la vuelta a la situación en tiempo récord, también lo que se refiere al empleo y a la economía real, aunque (también, marca de la casa) con las desigualdades sociales llevadas al extremo.

A este lado del Atlántico todo tardó mucho más en resolverse. Y es que una respuesta a la crisis unívoca en una Unión Europea que se demostró más Europea que Unión no fue nada fácil. Al contrario. En lo que se refiere a España, el país -se podría decir el Gobierno de aquel entonces- se enteró tarde, muy tarde, de la crisis.

El peso del ladrillo. Hoy casi suena a broma aquello de que «no hay crisis, solo una pequeña desaceleración». Además, teníamos nuestro propio pecado original. El ladrillo había hinchado artificialmente los balances de la banca y los ingresos o la riqueza aparente de administracciones y particulares. Y la burbuja reventó en el peor momento, con efectos demoledores para toda la economía. No es que en la zona euro, al principio, la cosa fuera mejor, pues aún hay quien recuerda la subida de tipos de 2011 de Jean Claude Trichet... El despiste era notable.

Encarrilar las actuaciones para combatir la crisis costó tiempo, sudor y muchas lágrimas, sobre todo en los países del sur, atacados por los especuladores y por la desconfianza los norteños y poderosos, como Alemania, que siempre exigieron enormes sacrificios para cualquier muestra de solidaridad.

En boca de todos. Fueron, sobre todo entre 2009 y 2014, años muy duros. Con una doble recesión que, dada la particular estructura productiva vasca, muy centrada en la industria, llegó a Euskadi con cierto retardo. El mismo decalaje con el que -tras grandes sacrificios, sobre todo en términos de empleo y de supervivencia de empresas- se logró salir con una fortaleza quizás más firme y constante que en el conjunto de Estado.

Al echar hoy la vista atrás -con la tranquilidad relativa que dan un PIB creciendo al 2,8% interanual y una tasa de paro en claro descenso y camino del 10% en Euskadi-, nos damos cuenta de la cantidad de tecnicismos y términos financieros aprendidos. Y entre todos, uno: la prima de riesgo. Hubo un tiempo en el que hasta niños y mayores hablablan de ella, ya que todos mirábamos cada mañana su 'temperatura', pues era el modo de medir la cercanía del rescate a España. Incluso de la eventual ruptura del euro y, con ello, de la propia UE. Ahora da escalofríos, pero estuvo cerca.

Fue Mario Draghi, quien con aquella célebre frase de «el BCE está preparado para hacer todo lo necesario para preservar el euro. Y, creánme, esto será suficiente», salvó la papeleta. Fue el 26 de julio de 2012. Afortunadamente, lo peor no llegó, pero el peaje fue considerable. El miedo irracional que inundó el mercado -poniendo contra la pared a la banca española y disparando la deuda pública- hizo que, de la noche a la mañana, (algunos empresarios guipuzcoanos lo confesaban atónitos y desesperados) las líneas de crédito desaparecieran. La econonía se quedaba sin la necesaria sangre.

Rescate y contrapartidas. Si Europa no rescató finalmente a España, sí acudió en auxilio de su sistema financiero. Fue un rescate diferente a los de, por ejemplo, Grecia o Portugal, pero que manchó de manera indeleble el prestigio del país y le alejó (hasta hace muy poco) de los grandes sanedrines europeos.

El ajuste en la banca -sobre todo entre las cajas de ahorros, que se demostraron el coladero y el caladero de las malas prácticas por su ligazón a la política local o regional- fue drástico. Y aunque las entidades vascas sacaron sobresaliente en cuantos exámenes se les quisieron imponer, por aquí aún se acuerdan de los hombres de negro, que también viajaron a Euskadi para, como en el resto del Estado, imponer nuevas normas de solvencia. Ese fue, en realidad, el gran cambio para un hoy concentradísimo negocio financiero; el de la superregulación. No hubo rescate en mayúsculas, pero hubo ajustes impuestos y tijera, mucha, bajo la denominación de reformas estructurales. La más importante, la del mercado laboral, que aunque otorgó flexibilidad dejó una precarización creciente en los contratos.

Desde Euskadi. El director general de Confebask, Eduardo Aréchaga, lamenta la desaparición en estos años de casi 8.000 empresas, «que en muchos casos comportó también la de todo el patrimonio de sus empresarios», dice, y que «115.000 personas tuvieran que transitar por el desempleo y asumir sacrificios en el salario para ajustarlo a la caída de las ventas». Reconoce el apoyo que el Ejecutivo de Ibarretxe tuvo hacia el tejido productivo, al activar una línea de crédito de 500 millones cuando se secó el grifo, y aboga por mimar tres aspectos de cara al futuro: «la competitividad, la nueva cultura del compromiso y el talento».

El doctor en Ciencias Económicas y Empresariales por Deusto y responsable del Servicio de Estudios de Laboral Kutxa, Joseba Madariaga, entona su trocito de 'mea culpa': «No lo supimos ver». Y, mientras alaba a Draghi y celebra la macrosupervisión financiera, lamenta «el impacto social que ha dejado la crisis» y el «surgimiento de los populismos».

 

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