China y Estados Unidos buscan en Pekín la paz arancelaria

Exterior del Ministerio de Comercio chino donde se celebran las negociaciones./EFE
Exterior del Ministerio de Comercio chino donde se celebran las negociaciones. / EFE

Los representantes de ambos países esperan lograr al menos un principio de acuerdo cuando cierren hoy los dos días de negociación

ZIGOR ALDAMA CORRESPONSALSHANGHAI.

En un año que ya de por sí se presenta tormentoso, la guerra comercial que enfrenta a Estados Unidos y China desde mediados del año pasado amenaza con convertirse en un grave problema para la economía mundial. No en vano, la del gigante asiático comienza a resentirse ya. Si se cumplen los pronósticos, Pekín habrá cerrado 2018 con uno de los crecimientos económicos más bajos de las últimas tres décadas, y no son pocos los analistas que vaticinan un 2019 lleno de malas noticias para el país más poblado del mundo.

No obstante, todo podría cambiar si llegan a buen puerto las negociaciones entre las dos superpotencias, que comenzaron ayer en Pekín y concluirán hoy. Es la primera vez que delegados de ambos países se ven las caras desde que anunciaron una tregua de 90 días, y un cauto optimismo flota en el aire. «China se comporta de buena fe, según los principios de respeto e igualdad, y busca resolver las fricciones comerciales bilaterales», apuntó uno de los portavoces del Ministerio de Asuntos Exteriores chino.

«Estoy seguro de que llegarán a algún acuerdo concreto. Y, si lo logran, no deberían imponerse nuevos aranceles», comentó ayer el profesor de Economía de la Universidad de Hong Kong, Lawrence J. Lau, al diario South China Morning Post. «Los puntos de fricción son sobre todo dos: la política industrial y las violaciones de la propiedad intelectual», añadió en la BBC Julian Evans-Pritchard, economista de Capital Economics.

Pekín habrá cerrado 2018 con el crecimiento económico más bajo de las últimas tres décadas CONSECUENCIA DEL CONFLICTO

Donald Trump, que disparó la primera bala de este conflicto, exige a China que importe más y exporte menos para equilibrar la balanza comercial y reducir el enorme superávit que caracteriza sus relaciones con Estados Unidos. De momento, Trump ha gravado productos chinos por valor de 250.000 millones de dólares, y Pekín ha contraatacado con impuestos similares que afectan a un volumen de productos americanos estimado en 110.000 millones de dólares. Pero si no se llega a un acuerdo, Trump ha amenazado con decretar nuevos aranceles a todo lo que su país compra en China.

Y hay mucho más. Porque Trump también afirma que Pekín roba habitualmente propiedad intelectual -en ocasiones obligando a las empresas extranjeras que quieren implantarse en China a hacerlo con un socio local- para hacer avanzar tecnológicamente a sus empresas y competir así con más garantías a nivel global. Además, considera que algunas de las tecnológicas chinas, como Huawei, son un peligro para la seguridad nacional del mundo occidental porque sirven de espías para el régimen comunista.

Los grandes, a la expectativa

Pekín niega la mayor y critica que la guerra comercial es una cortina de humo para esconder el verdadero objetivo de Trump: poner fin al auge de China en un momento en el que amenaza la hegemonía estadounidense. Y engloba en esta estrategia el reciente caso del arresto en Canadá de la vicepresidenta de Huawei, acusada de haber violado las sanciones que Washington impone de forma unilateral a Irán. Por si esto no fuese suficiente, ayer Estados Unidos anunció el envío de buques de guerra a las aguas que reclama China, y el presidente Xi Jinping volvió a exigir al Ejército que se mantenga listo para entrar en combate.

Afortunadamente, ayer también hubo algunas noticias positivas. Elon Musk viajó a Shanghái para poner la primera piedra de la gran fábrica en la que producirá los Tesla, la primera fuera de suelo norteamericano. Cuando esté completada, en verano, comenzará a ensamblar hasta 250.000 vehículos al año, una cifra que podría duplicarse en una segunda fase. Sin duda, para empresarios como Musk, y para gigantes como Apple, que las dos mayores potencias económicas del mundo logren entenderse es vital. Y puede que también lo sea para el resto del planeta.