Pelota

Irribarria, campeón del Manomanista

Final manomanista, Irribarria Urrutikoetxea
Irribarria, con la txapela que le acredita como ganador. / Jose Mari López

El de Arama se impone a Urrutikoetxea en una final emocionante

JOSEBA LEZETABilbao

Ogueta y Rubén Beloki ganaron su segunda txapela manomanista con 23 años; Juan Martínez de Irujo alcanzó el doblete con 24; Hilario Azkarate, con 25, los mismos que tenían Olaizola II y Bengoetxea III; Retegi I y Retegi II lo consiguieron con 26. Iker Irribarria también ha roto ese registro. Es bicampeón a los 22. Otro récord que cae, como el de pelotari más precoz en vencer la competición reina de la pelota, a los 19 años, en su poder desde 2016.

La txapela vuelve a Arama y a la cabeza de uno de los pelotaris más dotados de la historia para esta disciplina. El tiempo, juez implacable en el deporte y en muchas facetas de la vida, dirá hasta dónde es capaz de aprovechar el zurdo de Arama unas aptitudes innatas que trata de perfeccionar y asentar: esa zurda poderosa a bote, ese sotamano descomunal, esa volea exuberante, esa derecha solvente, ese saque que ayer le funcionó tan bien como en la semifinal contra Elezkano II...

Esas cualidades le condujeron a un triunfo complicado y laborioso frente a un Mikel Urrutikoetxea tenaz en una potente final. Irribarria resolvió un choque de trenes intenso, aunque no exento de alguna que otra pifia de los dos maquinistas. Ambos se vendieron en varias oportunidades. Concedieron al contrario el saque y la ventaja para cobrar diferencia o remontar. Sin embargo, en el balance del partido pesaron más sus virtudes, su trabajo, su pegada, sus ganas de éxito. La final colmó paladares exigentes, aunque los más sibaritas ponen todavía algún que otro pero horas después de que el zurdo de Arama subiera a lo más alto del podio de un frontón Bizkaia entregado.

Irribarria, un prodigio, vuelve a ser campeón manomanista. Viéndole jugar, viendo cómo suelta la zurda con una combinación asombrosa de fuerza y tranquilidad, parece coser y cantar. Por eso se le pide siempre un poco más y queda la sensación de que podría vencer con mayor autoridad.

Pero no. Tuvo enfrente un gran pelotari, un Urrutikoetxea que varió el saque, defendió una barbaridad y empleó de lujo el sotamano de derecha. Elevó un escalón el buen nivel exhibido primero frente a Bengoetxea VI y después en la semifinal contra Ezkurdia. Lo necesitaba para inquietar a Irribarria. De hecho, lo tuvo arrinconado. Sobre todo en el 15-10. Pudo aumentar esa renta a seis tantos porque el contrario le dejó la pelota en disposición de conectar un gancho asequible. Metió la zurda y, con todo a favor para sumar un nuevo tanto, la pelota botó en la contracancha. Lamentará esa acción.

Casta y poso

Dos saques perfectamente colocados en la pared izquierda irrestables hasta para el mejor restador de la actualidad, Urrutikoetxea, proporcionaron el 15-13, ánimo, fortaleza y tranquilidad a un Irribarria que demostró casta y poso en ese momento crucial. Ahora o nunca. Era el momento.

Estaba por ver su mejor versión en la final. Dominó y acabó de gancho el 15-14. Cobró el 15-15 gracias a un sotamano enorme, si bien no tan grande como el rebote que firmó en el 4-4 mientras el de Zaratamo se limitaba a seguir la pelota con la mirada.

Perdió Irribarria el siguiente tanto al fallar un gancho en su intento de saque-remate (16-15). Pero no perdió el orden. Porque tras el 17-15 recobró el mando de las operaciones. Dos tantos que rebasaron la decena de pelotazos cayeron de su lado, resueltos con una sorprendente dejada de derecha (17-16) y otro zarpazo atrás (17-17). Una volea en el ancho le sirvió para ponerse de nuevo por delante. No ocurría desde el 7-7.

El desgaste hacía mella y Urrutikoetxea denotaba más cansancio que un Irribarria enrachado y pleno de confianza. Sometido a otro bombardeo, el de Zaratamo se defendió de volea desde el siete y la pelota cayó en escapada hacia el txoko. No llegó a tiempo Irribarria y el 18-18 subió de manera inesperada al marcador.

La txapela volvía a estar en el aire del templo bilbaíno de Miribilla. Urrutikoetxea, cuando más caro se pagan los errores, se vendió en el txoko y le rebasó Irribarria. La tensión subía de tono. Un cruce de Irribarria provocó la mirada poco amistosa de su rival en el 18-20, que segundos después se convertía en 18-21 gracias a un pelotazo bien dirigido por el goierritarra a la pared izquierda.

Pese a la escasa renta, la txapela parecía de Irribarria. El público aplaudió su carrera hacia el último saque... segundos antes de que los seguidores de Iker se llevaran las manos a la cabeza. Urrutikoetxea dejó pasar la pelota y botó detrás de la raya del siete. Falta. 19-21. Vuelta a empezar.

Esos detalles marcan a veces la línea entre el fracaso y el éxito. Los deben cuidar todos. Incluido Irribarria. Porque el gran manomanista requiere conceder poco al rival, no darle respiro. Ese instinto ganador.

El de Zaratamo puso en ebullición el frontón y de paso a la afición vizcaína con la dejada de zurda al txoko que valió el 20-21. Pero no. Irribarria devolvió el siguiente saque, entró en el peloteo y Urrutikoetxea se adelantó cuando no debía y su intento de botepronto resultó infructuoso.

La txapela tomaba rumbo a Arama, a casa de ese manomanista con mayúsculas, a ese pelotari que se ha sobrepuesto al peligro que entraña el éxito prematuro en el deporte, a ese delantero todavía en periodo de aprendizaje por parejas y en el cuatro y medio. Un campeón.