«Espero que guste y sirva de algo»
Aitor Francesena publica su libro más íntimo, una lección de honestidad y superación donde la oscuridad se convierte en horizonte
Aitana Ábalos
Lunes, 10 de noviembre 2025, 18:47
El mar fue su refugio y también el lugar donde le cambió la vida. Aitor Francesena 'Gallo', el surfista de Zarautz que desafió a las ... olas, publica 'Surfear la vida' (Espasa, 12 de noviembre de 2025), el libro más íntimo de su carrera. A los 55 años, seis veces campeón del mundo de surf adaptado y fundador de la primera escuela estatal de surf, comparte su historia «como nunca antes»: sin filtros, sin maquillaje y con una claridad que nace desde dentro.
«Me impulsó a escribirlo el deseo de ayudar y de transmitir que todo se puede», explica. «He trabajado con gente joven toda mi vida y, viendo cómo están ahora las cosas, pensé que era importante sacar algo para ellos. No es un libro dedicado a las redes ni de frases bonitas, es una historia real, contada desde la experiencia. Y si alguien la escucha, igual en un momento dado le puede ayudar».
Francesena habla con la misma naturalidad con la que surfea: directo, sincero, sin prever la siguiente ola. «Soy una persona sin filtro, para bien o para mal, y creo que falta eso hoy en día», dice. «Todo el mundo cuenta solo lo bonito, lo que interesa. Yo, si me haces una pregunta, te contesto como me sale de dentro, sin pensar».
Esa autenticidad es la que caracteriza 'Surfear la vida', un libro que toma el surf como metáfora de la existencia: «Cuando vas a surfear, observas el mar, eliges la ola y aprendes de cada caída. La vida es igual. Todos los días te pone retos, unas olas más grandes que otras, y tú decides si te subes, si esperas o si sales del agua».
La ola que cambió su vida
«¡Me he quedado ciego!», gritó Aitor el 23 de julio de 2012. Aquel día, mientras entrenaba a sus chavales, el canto delantero de su tabla se clavó en el agua y el impacto le reventó el globo ocular. La ola que más amaba lo había dejado en la oscuridad.
Pero Gallo no se quedó en la orilla. «Cada caída me ha enseñado algo», recuerda. «El accidente fue durísimo, pero no fue el único momento crítico. También casi me muero en la Policlínica, o en casa con el coronavirus, o cuando era niño y vivía entre hospitales. Cada etapa me ha dejado una cicatriz, pero también una lección».
Escribir sobre aquello fue, dice, como una terapia. «Cada vez que terminaba una sesión de escritura sentía que me quitaba un peso de encima. Como si hubiera ido al psicólogo y me desahogara contando mi vida. Cuando sueltas ese lastre, te sientes mejor. Si además puede servir a alguien, entonces tiene sentido».
Aprender a vivir sin vista significó reaprenderlo todo. «El oído es ahora mis ojos», confiesa. «Con el sonido sé si el mar está duro, si las olas son fuertes, si la corriente me empuja o no. El mar me sigue hablando, solo que de otra manera».
En su libro relata cómo empezó volviendo al agua apenas veinte minutos, luego media hora, cuarenta y cinco minutos… hasta volver a coger olas. En 2016, apenas cuatro años después de quedarse ciego, se proclamó campeón del mundo. No se detuvo: repitió título en 2020, conquistó el circuito mundial AASP cuatro años seguidos y el US Open de California dos veces.
Más allá de los trofeos, lo que reivindica es la capacidad de volver a ponerse en pie. «La primera meta fue ser feliz, no volver a surfear», confiesa. «Y lo fui cuando nació mi hija».
Si hay un personaje esencial en 'Surfear la vida' es su hija, Uxue, de 21 años. «Si me abres la cabeza, me salen corazones», dice mientras ríe. «Ella es lo más grande que tengo en la vida. Es quien me guía, me acompaña y me enseña todos los días».
El valor de la disciplina
Para el surfista, la superación no es solo una cuestión de fortaleza mental. «La disciplina es lo que sostiene todo», afirma. «Soy extremadamente ordenado porque lo necesito. Si no, no sabría dónde tengo las cosas. Pero también porque me da estructura: hago ejercicio, viajo, doy charlas… Si no fuera disciplinado, no podría con todo».
Esa organización es su método para mantenerse «a la altura de todas las circunstancias». «Cuando estoy con la gente, tengo que dar mi mejor versión: fuerte, sonriente, vivo, con energía. Para eso hay que estar bien física y mentalmente».
Cuando se le pregunta por una frase que resuma el espíritu del libro, no duda: «Espero que te guste y te sirva de algo».
Así de simple. Así de Gallo. Un hombre que perdió la vista pero no la mirada. Que escucha las olas, aunque ya no las vea. Y que sigue enseñando que la vida, como el surf, se trata de esperar la ola buena, remar con fuerza y mantenerse en pie.
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