La revolución olímpica

El 12 de octubre del año 1968, justo hace medio siglo, comenzó en la Ciudad de México, a 2.240 metros de altura, una cita en la que se batieron 14 plusmarcas mundiales en atletismo. Fueron unos Juegos Olímpicos para el recuerdo

Enriqueta Basilio se dirige a encender el pebetero, el 12 de octubre de 1968. Fue la primera mujer en hacerlo en la historia olímpica. /Reuters
Enriqueta Basilio se dirige a encender el pebetero, el 12 de octubre de 1968. Fue la primera mujer en hacerlo en la historia olímpica. / Reuters
Karel López
KAREL LÓPEZ

Hace hoy exactamente medio siglo comenzaron los Juegos Olímpicos del cambio. El 12 de octubre de 1968, la Ciudad de México fue el escenario en el que arrancó una cita en la que se vieron decenas de plusmarcas mundiales, catorce en un solo deporte: el atletismo.

Fue una auténtica revolución olímpica. Por diferentes razones, algunas previas y otras que se vieron durante el evento, fueron unos Juegos revolucionarios, diferentes a los vistos anteriormente. Ciudad de México cogió el testigo de Tokio 1964 y no defraudó. Los Juegos se prolongaron hasta el 27 de octubre y más de 5.500 deportistas dejaron allí, de una u otra forma, su sello.

Por primera vez, esta competición polideportiva llegó a un país en vías de desarrollo y a América Latina. También se habló mucho de la altitud de la capital mexicana. Los 2.240 metros a los que se encuentra ayudaron en gran medida a la consecución de grandes registros por parte de muchos atletas, aunque lo cierto es que también jugaron alguna que otra mala pasada. Y si no, que se lo digan a Abebe Bikila. El etíope sufrió el mal de altura y tuvo que retirarse en el maratón cuando aspiraba a hacerse con su tercer entorchado.

Opinión

Fueron los Juegos Olímpicos de la primera vez. Se emplearon pistolas en las salidas; colchonetas de espuma para aterrizar tras los saltos; tartán en el Estadio Olímpico Universitario; cronometrajes con sistema electrónico en ciclismo, piragüismo, remo, natación y atletismo; 'photosprint' (para ver quién había cruzado en primer lugar la línea de meta); se realizaron controles antidopaje y de género; se usaron paneles táctiles para los cronos parciales y finales en natación; se transmitió vía satélite a televisiones de todo el mundo; una mujer (Enriqueta Basilio) encendió el pebetero; las Alemanias compitieron por separado... Todo... ¡por primera vez!

¡Y voló! ¡Y siguieron volando!

Además de los numerosos avances tecnológicos, el gran protagonista de aquellos Juegos que arrancaron hace cinco décadas fue el atletismo. O, mejor dicho, los hombres y mujeres voladores. Aprovechando la altitud, sobre el tartán cayeron la friolera de catorce récords (34 en total en todos los deportes).

Para el recuerdo siempre quedará el gran brinco de Bob Beamon. El saltador de longitud estadounidense voló hasta los 8,90 metros, mejorando en 55 centímetros la anterior plusmarca mundial, en posesión de su compatriota Ralph Boston y del soviético Igor Ter-Ovanesjan desde 1965 y 1967, respectivamente. Solo Mike Powell (8,95 en 1991), 23 años después del conocido como el 'salto del siglo', ha caído más lejos que Beamon, al menos en un intento válido.

Bob Beamon, en México 1968.
Bob Beamon, en México 1968. / AP

Pero él, aunque su salto haya quedado grabado en la retina de la mayoría, no fue el único que sacó las alas a pasear en la Ciudad de México. De hecho, el concurso más espectacular de aquellos Juegos Olímpicos se vivió también en el foso, aunque en otra disciplina: el triple salto masculino. Tres atletas batieron el récord mundial en cinco ocasiones: una en la calificación y cuatro en la final. Seis saltadores mejoraron la plusmarca olímpica. Los datos hablan por sí solos.

En 1960, el polaco Józef Schmidt se convirtió en el primer hombre capaz de superar los 17 metros (17,03). Su registro desapareció de los libros de récords el 16 de octubre de 1968, cuando el italiano Giuseppe Gentile, en su última tentativa y tras dos nulos, saltó 17,10 metros en la calificación. Un día le duró... Aunque en la final él fue el que comenzó mandando (17,22, nuevo récord), el soviético Viktor Saneyev le batió por un solo centímetro. El donostiarra 'Pipe' Areta, que se lesionó en aquella final acabando 12º, pudo ver en primera persona cómo el brasileño Nelson Prudencio, ya en la quinta ronda, saltó 17,27. Pero, cinco minutos más tarde llegó el 'boom'. Otra vez Saneyev cayó en 17,39. Fue el primero de sus tres títulos. El brasileño se llevó la plata y el italiano, el bronce.

Un gesto de protesta y orgullo por el que fueron amenazados

Los afroamericanos Tommie Smith (oro y récord del mundo de 200 con 19.83) y John Carlos (bronce) subieron al podio con guantes negros y alzaron uno de sus puños mientras miraban al suelo y sonaba el himno estadounidense. Era una protesta por los derechos de los negros en su país. El australiano Norman (plata) se solidarizó con ellos. Tras el gesto, elCOI pidió su expulsión de la Villa y cuando regresaron a su país llegaron incluso a ser amenazados de muerte. El saludo del Poder Negro les costó ganarse muchos enemigos (también a Norman en Australia), pero también fueron capaces de defender los derechos de muchas personas. Ese momento siempre será recordado.

A pocos metros de ese pasillo mágico, en la colchoneta de altura, el que se convirtió en mago fue Dick Fosbury. El saltador estadounidense rompió con lo establecido. Dijo adiós al pasado 'patentando' un estilo, el 'Fosbury Flop', que se sigue empleando hoy en día y que él se atrevió a usar por primera vez en una gran competición. El rodillo ventral, la vieja técnica, dejó de tener sentido tras ver cómo, de espaldas, Fosbury ganaba con 2,24 metros (récord olímpico).

Dick Fosbury, con su estilo, en los Juegos de 1968.
Dick Fosbury, con su estilo, en los Juegos de 1968. / EFE

Tampoco estuvieron nada mal los 9.95 de Jim Hines en 100 (primera vez que se bajaba de 10 con cronometraje eléctrico), los 11.08 de Wyomia Tyus también en el hectómetro, los 43.86 de Lee Evans en la vuelta al anillo o el 1:44.40 de Ralph Doubell en 800.

Cero medallas, ¿o no?

La delegación española que acudió a los Juegos no pudo estrenar el medallero (dominado por Estados Unidos con 107) dentro del programa oficial.Sin embargo, uno de los deportes de exhibición fue la pelota vasca. Y aquí sí, llegaron cuatro preseas: dos oros, una plata y un bronce. No se volvió a jugar en el frontón hasta Barcelona 1992.

 

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