Gipuzkoa Basket

Este equipo no entiende de grises

Este equipo no entiende de grises
JOSÉ MARI LÓPEZ

Al Delteco se le aparece la Virgen y las cinco mil almas que fueron a Illumbe siguen hoy frotándose los ojos | Pasa de estamparse a resucitar. Es lo que tiene este equipo, una capacidad inusitada para enamorar y distanciar a la vez

Álvaro Vicente
ÁLVARO VICENTE SAN SEBASTIÁN.

Tendrá que ser así. Alguna divinidad habrá querido que el Delteco pague por sus pecados a golpe de sufrimiento, envuelto en la agonía. Más que la vivida ayer es impensable. Una fiesta total con cinco mil almas en las gradas. Un prodigio de confianza. Los jugadores, en sí mismos. El público, en ellos. Impresionante. Ya era hora que este equipo nos diera una alegría después de tanto sube y baja. Pasamos de una primera parte de sombras, el Estudiantes que ve una vacuna salvadora a su alcance, el público que no quiere ni imaginarse en otro escenario que no sea la ACB, a una reacción tras el descanso para ganar por algo tan aparentemente superfluo como un punto, tras pararse los corazones con la última posesión en la que el donostiarra del Estudiantes, Darío Brizuela, erró el tiro ganador. A diez o veinte centímetros. No más. Es lo que separa que un balón pegue en el aro o lo trague la red.

Tan apasionante desenlace supuso el colofón a un envite trepidante. Menos mal que en el tramo de la verdad, con medio pabellón ya con las uñas en carne viva, Delteco se aplicó lo suficiente atrás. Mereció la pena. Hizo saltar la banca tras el descanso. Son cosas que está teniendo este equipo esta temporada, una capacidad inusitada para enamorar y distanciar. De estamparse a resucitar. Otra vez viviendo al filo, porque cuando no defiende bien se convierte en un conjunto vulgar, pero si lo hace, como en la sensacional segunda parte, puede darse un festín pantagruélico. El parcial de 35-20 en el tercer cuarto queda para el recuerdo. Quizás sea el billete para seguir en la ACB. Anotó más puntos que en la primera parte.

Al Delteco le van las situaciones extremas. Durante esa primera mitad eterna para la tropa de Valdeolmillos, falló todo. El castillo se descompuso. Como si alguien hubiera dado el cambiazo. La impotencia del Delteco resultaba evidente en cada ataque. Pérdidas, lanzamientos forzados en el último suspiro de la posesión. Imposible. ¿Dónde se metió en esos minutos? Formó sucesivos quintetos, todos con probado pedigrí y reputada prestancia. El problema es que cada uno de ellos se asemejó a meros fantasmas. Los dorsales estaban bien. Las siluetas parecían las de los jugadores del Delteco. Todos pesaron por la cancha como meras sombras. Brazos caídos, gestos alicaídos. No se entiende. Nadie defendió. Con todo lo que había en juego. Por no hablar de su falta de pegada, la escasa potencia de su crochet, el minimalismo ofensivo lo encerraron en un cuarto oscuro del que no supieron salir.

De la nada al todo

El Estudiantes, sobrado en muchos tramos, fue superior en todos los aspectos del juego. Firmó mejores porcentajes, se empleó con mayor firmeza atrás, impuso su músculo en el cuerpo a cuerpo, acertó con el pase, aplicó mayor nervio a cada movimiento... Vamos, que dominó de cabo a rabo a su oponente. Tuvo tiempo para pensar, mascar cada movimiento y ejecutar. Siempre con un pase de más. El 12 de 19 en triples del Estudiantes es clarificador. Por no hablar del rebote. Al Delteco se le acumularon los problemas desde el momento en el que su dirección y su defensa de escaparate hicieron aguas por todas partes. El Estudiantes encontró a un equipo nervioso que abusó del juego individual y que llegó a perder de 24 puntos (29-53, minuto 18). En silencio Illunbe recibía atónito el aluvión ofensivo.

Pero luego la cosa cambió. Vaya sí lo hizo. Estudiantes no supo salir de las distintas presiones a las que le sometió Delteco. Necesitaba encadenar al menos dos ataques con resultado positivo para romper la peligrosa dinámica en la que se había metido el choque y no fue hasta la segunda parte cuando lo consiguió.

Quedaba un mundo y el Delteco solo podía recurrir a la épica para salir de Illunbe con dignidad. La desidia defensiva había sido tal que los indicios incitaban al desánimo. Quedaba el consuelo de reeditar algún episodio ya conocido de mutación total. Para remontar los veintidós puntos de desventaja al descanso era absolutamente necesario un cambio coral sin concesiones. Y se hizo grande volviendo a ser pequeño, en un ejercicio de generosidad en el esfuerzo y fe. Actuaciones valientes de jugadores como Burjanadze, reivindicaciones como la de Zeisloff, el orgullo de Bobrov o la lucha interminable de Dani Pérez. Todo este esfuerzo titánico le sirvió al Delteco para seguir teniendo opciones de seguir en la ACB. Con empeño, dedicación, amor propio, una buena defensa y un acierto cegador desde la línea de triple se sobrepuso: del 3/11 de la primera mitad al 14/31.

Delteco puso en entredicho la lógica y la estadística. Consumó la gesta que parecía inalcanzable. El mérito hay que adjudicárselo a un equipo que jugó con arrestos y dosis enormes de ambición (solo en la segunda parte). Y por si fuera poco el equipo que tartamudeaba en los clímax apretados, dinamitó ese sambenito. En el instante justo. Cuando una gélida ráfaga de inquietud comenzaba a apoderarse de Illumbe. Está vivo.