Copa Libertadores

«En Argentina, si vas a ver un partido al campo puede que no vuelvas a casa»

Martín Flea, con la camiseta de Boca Juniors, su equipo, y la bandera argentina, ayer en Rekondo. / USOZ
Martín Flea, con la camiseta de Boca Juniors, su equipo, y la bandera argentina, ayer en Rekondo. / USOZ

Martín Flea, sumiller del restaurante Rekondo de Donostia, aboga por un fútbol diferente | «Soy seguidor de Boca desde que era un niño, pero no comparto el fanatismo, debería canalizarse de otra forma que no sea la violencia»

Enrique Echavarren
ENRIQUE ECHAVARREN

Tiene 42 años -el domingo 23 cumple 43-. Nació en San Cristóbal, en la provincia de Santa Fe, a 800 kilómetros de Buenos Aires, y se declara seguidor de Boca Juniors. «En Argentina la mayoría es de Boca o River, y luego del equipo de la zona», declara. Su pasión por el fútbol se la inculcó su padre, acérrimo seguidor xeneize. «Cuando tenía ocho años me llevó a la boutique -tienda oficial- del club y salí vestido de futbolista, botas incluidas. Estaba como en una nube», recuerda con nostalgia.

Lleva 17 años afincado en Gipuzkoa. «Soy de campo, estudié cuatro años en un instituto en Argentina y como sacaba buenas notas conseguí una beca. Era técnico electrónico, trabajaba en una empresa eléctrica, pero me gustaba la cocina. Valoré si irme a Buenos Aires o a Bariloche, donde estaban las mejores oportunidades, pero un día se me ocurrió subir a un avión y cruzar el charco». Recaló en el restaurante de Martín Berasategui para iniciar su currículum. «Empecé trabajando en la sala y luego comencé a interesarme por los vinos, un mundo increíble que desconocía por completo. Con Martín estuve seis años. Un día le pregunté dónde podía comer un asado y me dijo 'vete a Rekondo'. Lo hice y aquí sigo como sumiller desde hace más de una década».

Flea reconoce que «hace unos años era un fanático de Boca, pero ya no comparto ese fanatismo tan enfermizo. Se puede canalizar de otra forma que no sea la violencia. Los argentinos vemos el fútbol de otra manera, pero estar en Europa te permite hacerlo desde una perspectiva más humanizada. Me encanta ver a un brasileño hacer una gran jugada, a pesar de la rivalidad que tenemos. Amo el fútbol, me gustan los equipos que juegan bien, como la Real o el Celta. Estoy en contra de la hegemonía de los grandes, que están acostumbrados a ganar títulos. En cambio, cuando lo hace uno pequeño, sea el campeonato que sea, me alegro mucho. Me encantó la victoria del Eibar sobre el Real Madrid. Era algo inpensable y se hizo realidad».

Se declara seguidor del Barcelona «por Messi. Acabo de recibir en casa una camiseta del Barcelona firmada por él y voy a enmarcarla. He visto a Maradona y, después de esto, como argentino, ya me puedo morir».

La conversación cambia radicalmente cuando se aborda el tema de la violencia en el fútbol argentino y la necesaria erradicación. A su juicio, la solución es muy complicada. «Allá hay muchas cosas que arreglar, pero al parecer los dirigentes no quieren hacerlo. Aquí, en cambio, se han sucedido cosas relativas a la violencia en los estadios de fútbol y se han erradicado con el paso del tiempo. Allí, no. Sería una forma de dejar de ser tercermundistas».

Desidia gubernamental

«La culpa es de los gobernantes, no aprenden de los errores cometidos con anterioridad -añade-. El problema es que si tienen mano dura contra los violentos, estos no les votarán en las siguientes elecciones. Les gusta el poder, por eso miran hacia otro lado. En el siguiente Boca-River sucederá lo mismo. Las imágenes de esa mujer ocultando bengalas en el cuerpo de su hija antes del partido de vuelta en el Monumental me parecen inauditas».

Califica el partido de vuelta de la final de la Copa Libertadores entre su equipo del alma y el River Plate, del domingo en el Bernabéu como «un acontecimiento histórico». Pero recela. «Hace veinte años podrías pensar en ir a ver un Boca-River, pero yo no lo haría a día de hoy. Después de lo que ha pasado, quiero que se juegue, se termine y que todos vuelvan a casa. En Argentina, si vas al campo puede que no lo hagas». La elección de Madrid como escenario tampoco es una garantía de que no se produzcan incidentes. «La gente que se quiere matar a palos le da igual que sea en España o en Mendoza. No vienen a tomarse un pintxo, vienen a pegarse. Lo necesitan. Allí puedes perder un partido por 2-0, pero al final siempre acaba en empate porque hay dos personas asesinadas del equipo contrario».

Lo verá desde la distancia. «Este tipo de partidos se disfrutan más por la televisión que en el campo. Si voy con mi hijo, mi mujer estaría preocupada. En el fútbol argentino no van los niños al campo, solo asesinos. De ninguna manera llevaría a mi familia, sería ponerles en peligro. Y en Brasil pasa lo mismo. Me da envidia cuando veo un derbi entre la Real y el Eibar y a los aficionados compartiendo las gradas, con camisetas de distintos colores. Eso en mi país es imposible».

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