Vuelta España

Quinientos kilómetros para pensar

Albasini y Howson escoltan a Simon Yates ayer camino de Lleida. / EFE
Albasini y Howson escoltan a Simon Yates ayer camino de Lleida. / EFE

Simon Yates, Valverde y Enric Mas se juegan el triunfo final en la Vuelta entre hoy y mañana en Andorra |

18ª ETAPA IÑAKI IZQUIERDO

Los ciclistas han dormido en Lleida, a quinientos kilómetros del monte Oiz. Desde la cima vizcaína tuvieron el miércoles un largo trayecto a los hoteles y ayer por la mañana, otra kilometrada hasta la salida en Egea de los Caballeros. A continuación, más que una etapa, un traslado hasta Lleida en bici -ganó Jelle Wallays (Lotto Soudal) al llevar la escapada hasta la línea de meta con el pelotón encima-. Hombres de acción, los ciclistas tuvieron mucho tiempo para pensar.

Había cosas en que pensar.

La más importante, quién va a ganar la Vuelta a España. La carrera se va a decidir entre hoy y mañana en otro país, en Andorra. Simon Yates (Mitchelton) defiende 25 segundos sobre Alejandro Valverde (Movistar), en el que debería de ser el duelo natural por la victoria. A 1:22 aparece el futuro, Enric Mas (Quick-Step), a quien ya nadie se atreve a descartar, pese a sus 23 años.

El escenario es importante. La batalla final comienza hoy en un puerto clásico, La Rabassa, 17 kilómetros al 6,6%. Una subida de las de toda la vida, muy exigente al principio y más tendido al final, una amenaza para quien flojee porque la velocidad será alta y es la velocidad la que hace diferencias. El camino desde Lleida a Andorra es todo ascendente y castigará al grupo antes del puerto propiamente dicho.

Mañana llegará la traca final, con una etapa muy corta (97 kilómetros) y seis puertos, tres de primera y uno especial, La Gallina, donde estará la meta. Se subirá de salida la Comella (4,3 kilómetros al 8,7%, de 2ª categoría) y no habrá un metro de llano hasta la meta: se encadenarán Beixalis (7,1 al 8%, 1ª), Ordino (9,8 al 7,1%, 1ª, de nuevo Beixalis, Comella por el otro lado (3,6 al 6,3%, 3ª) y La Gallina, una subida del ciclismo moderno (3,5 al 8,7%, Especial).

No es fácil entrar en la cabeza de los ciclistas ante los momentos decisivos. Podría pensarse que a Yates, rodando junto a los molinos de viento del siglo XXI, los aerogeneradores, le viniera ayer a la cabeza el Giro de Italia. Se puede dar por hecho que no perdió ni un segundo en ello. La mente de los campeones no funciona como la del resto de los mortales.

Es casi seguro que Alejandro Valverde no dedicó muchos esfuerzos a planear su estrategia para hoy y para mañana. Uno como él, que ha construido una carrera de leyenda a lomos del talento natural, no prepara los momentos importantes de la vida como una persona normal porque la inspiración ata los cabos sueltos.

Enric Mas no solo es bueno sino que es joven. Que algo pueda salir mal no se le pasa por la cabeza. A esa edad nada puede salir mal.

Un kilómetro más atrás, en la fila de los coches, la realidad era bien distinta. A los directores, que peinan canas por los nervios y por los disgustos, el doblete andorrano les quita el sueño. Imaginan mil escenarios posibles y llenan las hojas de tachones. Nada cuadra, ven peligros por todas las esquinas. Se les pregunta por Pinot (Groupama), a cinco minutos y medio, y dan un respingo. Desglosan veinte motivos por los que el francés es un adversario temible y dan treinta razones por las que no se le puede descartar.

Todo eso se iba rumiando ayer camino de Lleida. Había cosas en que pensar.

La más importante, Andorra, sí, pero había más.

El ciclismo vasco, por ejemplo.

Iturria aclara conceptos

Aclaró conceptos Mikel Iturria (Euskadi-Murias), cuando se metió entre las torres del Quick-Step y el Bora para tratar de echar abajo la fuga. La víspera, el urnietarra había hecho lo mismo en la subida al Balcón de Bizkaia. Entonces (en compaía del errenteriarra Bagües) dio un mordisco de dos minutos y medio a la escapada. No sirvió. Ayer (rodeado de belgas gigantes), tampoco. Pero el ciclismo vasco es eso: una escuela, una ética de trabajo, la búsqueda del talento y la seriedad. Aunque el premio sea incierto.

Está bien el espectáculo colorista -el deporte profesional del siglo XXI es show en gran parte-, están bien las jornadas especiales como Oiz, las ikurriñas y la autocaravanas, pero el futuro se construye en el día a día. Sería injusto que el resumen del ciclismo vasco en esta Vuelta fueran las imágenes del monte Oiz y las felicitaciones de los ciclistas extranjeros a la afición. Injusto, porque lo relevante es que hay un ciclista entre los diez primeros (Ion Izagirre), una presencia notable en los equipos World Tour (Gorka Izagirre, Markel Irizar, Fraile, Bilbao, Castroviejo...), prometedores jóvenes (Alex Aranburu...) y un equipo del país que ha vuelto a una de las tres grandes del calendario (Euskadi-Murias).

Todo eso surge del increíble trabajo diario, voluntario y desinteresado de las estructuras de base, que hacen de Euskadi un oasis ciclista en el sur de Europa, con un calendario completo, carreras, equipos, organizadores, de los que surge el talento. Subir a Oiz (o a los puertos del Tour) es sencillo.

A todo eso se le iba dando vueltas camino de Lleida. Hoy habrá poco tiempo para pensar.

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