Ciclismo

El Tour de Francia se enfrenta a su espejo

Tres policías reducen a una mujer, mientras la carrera reemprende la marcha una vez retiradas las balas de paja de la calzada./AFP
Tres policías reducen a una mujer, mientras la carrera reemprende la marcha una vez retiradas las balas de paja de la calzada. / AFP

Alaphilippe bate a Gorka Izagirre en una etapa detenida por una protesta y corrida de forma aséptica

Iñaki Izquierdo
IÑAKI IZQUIERDO

Una profunda sensación de tristeza dejó la etapa del Tour de Francia de ayer. Tanta, que cabe preguntarse si el Tour sigue siendo el Tour, la carrera de la gente y la que recorre Francia pueblo a pueblo, puerta a puerta, la que dibuja la geografía del país con los nombres de los héroes que ha ido dejando la carrera a través de tres siglos. O si se ha convertido en un producto de lujo más, de consumo aséptico, global, un contenido premium para diferentes plataformas.

Ayer, este Tour empaquetado, impermeable y aséptico -que representa como pocos el Sky con su funcionamiento acorazado- se topó con la Francia sin internet. Y fracasó. Unos agricultores cortaron la carretera con balas de paja. Alguno se enteraría en ese mismo momento de que aún existen cosas así. Y de entre todas las respuestas que podía elegir, el Tour escogió la peor. Golpes y gases lacrimógenos de la policía. Hasta apartaron a las ovejas de mala manera para llegar a los peligrosos campesinos, que mantenían en alto su pancartas con un mensaje tan subversivo como 'Para que la región de Piege viva'.

El corte de carretera sucedió en los 30 kilómetros iniciales de la etapa. Un grupo de agricultores que protestaban contra la bajada de algunas ayudas económicas a su sector cortó la ruta y las fuerzas del orden recurrieron a los gases lacrimógenos para dispersar a los manifestantes, causando de esta manera molestias a varios corredores, entre ellos el líder, Geraint Thomas (Sky). La dirección de carrera decidió neutralizar la etapa momentáneamente para que los ciclistas afectados fuesen tratados. Los médicos del Tour distribuyeron cápsulas de colirio entre los ciclistas.

La imagen que devolvió el incidente fue como si el Tour, enfrentado a su propio espejo, no tuviera una respuesta. Como si su propio éxito, su gigantismo, estuviera canibalizando la carrera.

Con seguridad, el de ayer fue un incidente minúsculo -en 17 minutos la etapa volvía a estar en marcha-, pero se une a lo sucedido en Alpe d'Huez y al ambiente negativo con determinados equipos y corredores que se genera cada año en el julio francés, desde hace un tiempo. A veces, da la sensación de que el Tour no puede controlar su propia velocidad, su crecimiento vertiginoso hasta ser el evento más seguido del mundo después los Mundiales de fútbol y los Juegos Olímpicos. Como si en esta carrera hubiera dejado atrás lo que le hizo grande a lo largo de la historia. Como si el ciclismo fuera ya lo de menos.

Rodillo Sky

El Tour -eso también es verdad- está inmerso en una reflexión sobre este asunto. La etapa de hoy -65 kilómetros de montaña- da fe de ello. Busca novedades, soluciones que saquen a la carrera de un guion previsible, por otra parte muy difícil de alterar desde los tiempos de Miguel Indurain. Un equipo dominador, que bloquea la carrera con su estilo: el conjunto del navarro repartiendo juego e instaurando la paz a base de dar vida al resto, o el modelo sin concesiones del Sky. El Giro y la Vuelta le están interpelando al Tour.

El modelo Sky ha llevado al extremo esa tensión entre el alma popular de la carrera y el gran espectáculo global. El hecho de que provenga del mundo anglosajón, con una cultura extraña y en cierto modo impermeable a la tradición ciclista, no ayuda a que el Tour mantenga sus valores originales. Todo el beneficio que este equipo ha aportado al ciclismo y a su imprescindible modernización -que ha sido enorme- flaquea por sus problemas de imagen.

Salen el lunes en el día de descanso y dicen que son «nosotros contra todos». Y ayer amarran la carrera en la primera etapa de Pirineos, en la que nadie se movió. Concedieron una escapada gigante, de 44 hombres con una lógica científica implacable. Con tanta gente por delante y los que se quedasen descolgados en el inicio de la etapa, el pelotón principal se reducía al mínimo. Más fácil de atar para sus seis gregarios.

El Tour tuvo suerte porque al final ganó la etapa Julian Alaphilippe (Quick-Step), el héroe francés del momento. Hizo una bajada circense del Portillon -la mejor noticia del día, el respeto impecable del público hacia los corredores en el puerto- y se aprovechó de la caída de Adam Yates (Mitchelton), que iba por delante.

Alaphilippe, que tiene todas las características de un ciclista francés incluida una vis histriónica cuando aparecen las cámaras de televisión, salvó el día al Tour. Pero las preguntas que no dispersaron los gases lacrimógenos de la mañana siguen en el aire. Y la reflexión es necesaria.

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