Ciclismo

Pirineos, donde se unen tradición y modernidad

Chris Froome y Geraint Thomas, ayer en su comparecencia en Carcassonne. / AFP
Chris Froome y Geraint Thomas, ayer en su comparecencia en Carcassonne. / AFP

El Tour mezcla en tres días sus puertos más clásicos y una etapa de montaña nunca vista de solo 65 kilómetros |

Iñaki Izquierdo
IÑAKI IZQUIERDO

En Bagnères-de-Luchon comenzó todo en 1910. En Bagnères-de-Luchon comienza todo hoy. Tres etapas pirenaicas de quitar el aliento y una contrarreloj en carreteras vascas para decidir el ganador del Tour. La carrera francesa acomete los Pirineos, la primera cadena montañosa que atravesó en los tiempos heroicos. La etapa Luchon-Baiona aún resuena en los sueños de los aficionados. Hoy se corre la Carcassonne-Bagnères-de-Luchon y la semana avanzará por todos los clásicos, pero no será una carrera tradicional.

En los Pirineos se van a dar la mano la tradición y la modernidad, con los nombres que han levantado la historia del Tour y una etapa posmoderna, un sprint de 65 kilómetros entre Bagnères-de-Luchon (cómo no) y el inédito Col du Portet, la continuación de Saint-Lary-Soulan. El Tour, siempre reacio a los cambios, conservador, se la va a jugar con una etapa sin precedentes.

Hoy, final complicado

La primera etapa pirenaica incluye hoy tres subidas clásicas del Tour, en los últimos 70,9 kilómetros. Portet-d'Aspet, Menté y Portillon, antes de un vertiginoso descenso a Luchon. Son tres puertos serios y el final en bajada puede condicionar las tácticas. El descenso del Portillon es técnico, por buena carretera pero peligroso.

La etapa más novedosa de este Tour llega mañana, los 65 kilómetros entre Luchon y el Col du Portet, que ya está lleno de autocaravanas y tiendas de campaña. El puerto más temido de este Tour, al que Christian Prudhomme calificó como «el nuevo Tourmalet».

Son 16 kilómetros al 8,7% de media, con siete kilómetros por encima o rozando el 10%. Un coloso. Antes se habrán pasado Peyragudes (la parte alta del Peyresourde, y Val Louron-Azet, un puerto que se pega más de lo que parece.

El jueves, los corredores se tomarán un respiro camino de Pau. Etapa llana para reponer fuerzas antes de la traca final, la etapa clásica por excelencia del Tour, con Aspin, Tourmalet y Aubisque. Poesía pura. El mismo camino que emprendieron los pioneros de 1910, encabezados por el ganador, Octave Lapize, que cruzó el Tourmalet a pie, con la bici en la mano. Y que siete años después murió en la I Guerra Mundial, cuando su avión fue derribado en combate. Un héroe francés con todas las letras.

Territorio Froome

El terreno que le falta a este Tour es territorio Froome. Desde hace un año, más o menos, el británico no corre contra sus rivales sino contra la historia. Decidió que no podía convertirse en un grande ganando solo el Tour. Que así, nunca se sentaría en la misma mesa que Anquetil, Merckx, Hinault e Indurain. Se fue a la Vuelta, a doblegar la voluntad de la ronda española. Y la ganó. Y se sintió grande.

Acosado por su resultado anómalo en un control antidopaje, se fue al Giro. Y lo conquistó de forma legendaria. Con un ataque en el camino sin asfaltar de la Finestre que devolvió a los aficionados a épocas ya olvidadas. Su carrera contra la historia la estaba ganando. Le queda el quinto Tour.

No sería extraño que este Froome, que se mide en la máquina del tiempo con los grandes y solo responde ya ante los libros, eligiera la etapa del viernes para ganar. Porque así lo hizo Eddy Merckx en 1969, en una situación que a Froome le puede parecer similar a la que él afronta ahora con Geraint Thomas.

Aquel día, uno de los gregarios de Merckx, Martin Vandenbossche, que quería volar solo y anunció que dejaba el equipo Faema, atacó en el Tourmalet. El 'Caníbal' no admitió la subordinación, se fue a por él y, de pasó, destrozó el Tour. Quedaban 140 kilómetros hasta la línea de meta, con el Aubisque de por medio. Dio igual. La tentación llama a la puerta de Froome. ¿Geraint Thomas es Vandenbossche?

Ayer, en el día de descanso, Froome dijo que «mientras haya un maillot amarillo del Sky en París, estaré contento». Pero no es su última palabra. Tiene aún mucho que decir. Esa la tiene el Tourmalet.

Llegados a este punto, el ensimismamiento es la única posición posible para los corredores. No hay fuerzas para más cuando todavía falta lo más duro hasta llegar a los Campos Elíseos. La carrera entra en el terreno de la agonía pura.

Geraint Thomas corre tranquilo, lleva días poniéndose la venda de la tercera semana antes de la herida. Es líder y es el más fuerte, pero no le sobra. Le persiguen el ganador de cuatro Tours y el vencedor de un Giro. No hay rivales peores. Si gana el Tour, será un triunfo grande.

Tom Dumoulin (Sunweb) impone. Impone su planta, impone su palmarés, impone su forma de correr e impone su determinación. Es una apisonadora. Es el futuro. Y vuela contrarreloj.

Y luego está Primoz Roglic (Lotto-Jumbo), el hombre sin miedo. Le llevan demasiado suelto. No es favorito para ganar, no es corredor de tres semanas, no sube... Y enumerando las razones por las que no puede ganar sus rivales no se han dado cuenta aún de que está cuarto. No tiene ataduras.

¿Y Mikel Landa? Está a tiro de hazaña.

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