El modelo de cantera

El ciclismo vasco ha completado un buen Tour con corredores veteranos, fruto de la tradición y el buen hacer en la base que debe seguir siendo la clave de trabajo en busca de los nuevos talentos

Gorka Izagirre, en la crono de Ezpeleta. /
Gorka Izagirre, en la crono de Ezpeleta.
Iñaki Izquierdo
IÑAKI IZQUIERDO

La actuación del ciclismo vasco en el Tour ha sido más que notable, con una etapa ganada y una presencia en los puestos altos de la general a la altura de las grandes escuelas tradicionales. Esos resultados los han conseguido ciclistas veteranos, casi todos con pasado en el equipo Euskaltel. Omar Fraile, el ganador en Mende, no llegó a vestir de naranja porque cuando iba a dar el salto desapareció el equipo. Sí lo hicieron los hermanos Izagirre, Castroviejo, Landa, Nieve y Sicard. Imanol Erviti se ha desarrollado en la estructura de Unzue, hoy Movistar.

El ciclismo vasco ha atravesado momentos de dificultad, pero nunca ha dejado de sacar corredores. La tradición y una filosofía compartida de trabajar la base son los motivos por los que no se ha detenido la rueda. La aparición del Euskadi-Murias y su salto a la categoría Continental Profesional -que le va a permitir correr este sábado la Clásica de Donostia y el mes que viene la Vuelta a España- ha sido un soplo de optimismo, de esperanza. Lo mismo que la presencia de la Fundación Euskadi un peldaño más abajo, dando así la oportunidad de correr arriba a un buen número de ciclistas que en otras condiciones lo tendrían mucho más difícil.

Pero la clave verdadera está más abajo, en la increíble red que compone el ciclismo vasco, un engranaje en el que encajan organizaciones, equipos, federaciones y clubes que permite, de febrero a octubre, tener un calendario completo para que todo joven con talento pueda ir subiendo peldaños hasta lo más alto. Ese es el gran tesoro del ciclismo vasco, que aquí parece algo normal, pero no hay más que escuchar a las decenas de ciclistas que viajan cada fin de semana a Euskadi para perseguir su sueñ o. Ellos tienen muy claro que es un lujo.

No hay ciclismo sin ciclistas, eso está claro, pero tampoco sin carreras, sin los clubes que las sustentan y los voluntarios que las llevan adelante. Ni sin federaciones. Esa es la seña de indentidad del ciclismo vasco -y del deporte vasco en general-, el modelo de cantera. Cómo trasladar eso al máximo nivel es otra historia, porque el ciclismo de élite se ha convertido en algo prohibitivo. Es una liga mundial y deja poco sitio a los artesanos de toda la vida.

Sin esa maravillosa red de base, el ciclismo vasco sería inviable porque se perdería el talento. Salvando las distancias, el sistema es similar al de los equipos de fútbol, que tienen convenios con los clubes de todos los pueblos. La mayoría no saca nunca un jugador para la Real para el Athletic. Pero si, un día, en cualquier rincón, hay un chaval que vale, lo van a ver. Y eso justifica la existencia y el cuidado del sistema.

Y el ciclismo vasco hace bien en profundizar en esa idea, la que ha tenido siempre. Ser una red tupida de detección del talento y de ofrecerle salidas. El calendario de aficionados sigue siendo un referente, pero no es un camino de rosas. A veces se nota el desgaste. Una carrera que falla aquí, otra allí. Poca cosa, aún existe un calendario completo, pero sí se nota que es un ecosistema delicado. Hay que cuidarlo, porque de ahí surgen las figuras. Que luego haya arriba una salida es muy importante, pero el camino es vital. Por ahí transitaron los que ayer volvieron del Tour y ahora avanzan los Alex Aranburu, Julen Irizar y compañía.

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