Mañana

Mañana
LUCA CORSI

Se hace duro el Tour. Muchos kilómetros, todos los días cambio de hotel, empezar de nuevo cada mañana, agobios, tensión, aglomeraciones... Y eso, en coche. Mejor no pensar lo que tiene que ser hacerlo en bici.

Es la hora de recoger los bártulos y qué mejor sitio que París. Nunca pensé que llegaría cuando entré al despacho del director a proponerle venir de enviado especial al Tour. En realidad, nunca pensé que levantaría el culo de mi silla, allá en el periódico. Lo recuerdo como si fuera hoy y fue hace un siglo, en junio. Que a ver si puedo ir al Tour. Pues vete.

Como tenemos tiempo, vamos al Pompidou. No por los cuadros, sino por las escaleras mecánicas. Van por la fachada y se ve bien París. De un tal Jean-Jacques Lebel, que según pone en los carteles es un importante «pintor de la transversalidad no he oído hablar en mi vida». Pero las escaleras no defraudan. Ha merecido la pena esta incursión cultural. En París uno sube su nivel, aunque no quiera.

Comemos en la brasserie Le Second Empire, porque está al lado y hay sitio. Tiene pinta de caro (concepto que en París cobra otra dimensión), pero qué pasa. Es el último día, nos lo hemos ganado. Luego resulta que no, que no es tan caro.

Pensaba que mi jefe se cansaría y me haría volver en una semana. Pero he ido mandado crónicas cada día y me imagino que no le habrán disgustado del todo porque no me ha preguntado más de tres o cuatro veces a ver qué hago por aquí dando vueltas. Hoy es el último día y casi he terminado la página a falta del nombre del ganador de la etapa. Quedan 14 kilómetros. Suena el móvil. Es mi jefe.

Oye, que hoy no hay sitio. Mañana retomamos el tema.

¿Cómo?

Sí, hombre. Tú tranquilo, que te dejo sitio para que te luzcas con la etapa de mañana, hombre.

Mañana.

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